miércoles, 29 de abril de 2015


José Guadalupe Posada:
La Portentosa Vida De La Muerte

Por: Santiago Mutis Durán

Tomado de la separata Ciudad Viva-El Magazín. N° 56.
Bogotá D.C., Agosto de 2009.


José Clemente Orozco comienza el relato de su vida con el grabador popular José Guadalupe Posada:

No hay nada [en mi Autobiografía] de [...] hazañas [...] hechos heroicos [...] extraordinarios [...] milagros. Sólo las continuas y tremendas luchas de un pintor mexicano por aprender su oficio y tener oportunidades de trabajar. Lo mejor de mi existencia se ha desarrollado durante la época llamada revolucionaria y en esta feroz suerte guerrera de convulsiones espantosas [...]. Nací [1883-Zapotlán el Grande] en Jalisco. Mi familia [salió de allí] cuando tenía yo dos años [...] estableciéndose [...] en Guadalajara y más tarde en la ciudad de México [1890). Por ese año ingresé [...] en la Escuela Primaria [...] a pocos pasos de [la imprenta] de Vanegas Arroyo, donde [...] Posada trabajaba sus grabados. Vanegas Arroyo fue el editor de extraordinarias publicaciones populares, desde cuentos para niños hasta los corridos, que eran algo así como los extras preriodísticos de entonces, y el maestro Posada ilustraba todas esas publicaciones con grabados que jamás han sido superados. Los papelerillos se encargaban de vocear escandalosamente por calles y plazas las noticias sensacionales que salían de [sus] prensas: El fusilamiento del general Cota o El horrorísimo crimen del horrorísimo hijo que mató a su horrorísima madre.

Posada trabajaba a la vista del público, detrás de la vidriera que daba a la calle, y yo me detenía encantado [...], camino a la escuela, a contemplar al grabador [...] a la entrada y salida de las clases, y algunas veces me atreví a entrar [...]. Este fue el primer estímulo que despertó mi imaginación.


Así empieza el gran Orozco a andar su destino, despertado por Posada; aunque primero tuvo que copiar Apolos y Manolas, en una "dura e innecesaria disciplina".

Posada despreciaba la fotografía para su trabajo de cronista de la realidad, y veía la academia como " el negocio de enseñarnos" a ser extranjeros. Es un hombre del pueblo y es el pueblo lo que le interesa.

Otro niño despertó con Posada: Diego Rivera. Fue él quien le "reveló la belleza inherente a la gente mexicana":

Por este tiempo conocí al gran artista popular [...] el más importante de mis profesores, y caí bajo su influencia. Posada no estaba conectado con ninguna academia ni su trabajo se encontraba en ninguna casa de buen tono [...]. Grababa ilustraciones para canciones, los chistes y los cuentos que los trovadores callejeros llevan al pueblo.

A la edad en la que los cachorros de artista entran a la academia, Rivera fue expulsado: "Tenía dieciséis años" y había organizado una huelga contra "un cura acusado de corrupción sexual". En realidad la protesta se dirigía contra el dictador Porfirio Díaz [quien había "implantado el terrorismo" y su perpetua reelección]. De todas las personas vivientes, Díaz era la más culpable del embrutecimiento de la vida y el arte en México". Como en Colombia, donde continuamos en guerra contra indios, campesinos, pobres y afrodescendientes (término con el que dejan de ser colombianos; no tardará algún país africano en ofrecerles pasaporte para que puedan cambiar de guerra civil y continúen sin cómo vivir, cargados de luto, y sin sus tierras colombianas legitimadas para sus victimarios por alguna nueva notaría, sembradas de palma y destinadas a un Tratado de Libre Comercio).




Al hablar del México de Posada (1852-1913), Alfonso Reyes dice que la Revolución no fue planeada, sino "un crecimiento natural", enlarvado, enconado, pudréndose en tanta violencia y exclusión. Por eso Posada terminó dibujando calaveras, que se emborrachan, bailan, venden lotería, montan en bicicleta o cortan cuellos. Niños, mujeres, campesinos... en los puros huesos: un interminable Día de Difuntos.


No creo que Posada, padre del muralismo -según Orozco y Rivera-, hiciera la apología del pueblo. Fue un espejo sarcástico: "El horrorísimo crimen del horrorísimo hijo...,": la portentosa vida de la muerte.

En Colombia, caricaturistas y  grabadores posteriores a Posada siguieron su camino: Ricardo Rendón, Luis Ángel Rengifo, Carlos Correa, Augusto Rendón. La realidad latinoamericana, más o menos similar, más o menos brutal, reclama ironía, mordacidad, humor negro... y mucha humanidad, no para alentar la revolución ("dos millones de seres humanos" murieron en México), sino para mostrar el errático camino por el que van los pueblos, empujados por sus gobiernos y por un capitalismo digno del horrorísismo Saturno -que mató a sus horrorísimos hijos-. Un dramático llamado a la razón, a la esquiva civilización, cada día más delgada y quebradiza.



Orozco (como Posada, sin "clara ideología política"), da con su pintura un paso más allá del sarcasmo del genial artesano (el espontáneo sarcasmo que merece la vida), al comprender su visión y su advertencia: la vida como lo transitorio, la muerte como lo permanente.

Dice Alma Reed: "La infinita compasión de Orozco por sus semejantes y la fuerza de su arte para tocar con mano purificadora los lugares oscuros y angustiados del corazón humano fueron esencialmente expresiones de reverencia hacia la sagrada continuidad de la vida".


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