Giovanni Papini
Un Hombre Acabado
[Fragmento Capítulo XXII – La Misión].
“…Durante la más remota
antigüedad el hombre había vivido salvaje, como un simple animal, como una
fiera vegetativa. Más tarde se había civilizado y había ascendido por la escala
de la humanidad. Había fabricado herramientas, había dominado a los animales,
al viento, al fuego; poco a poco había disociado su mente de las necesidades de
la mera conservación; había sentido la inspiración del arte y su espíritu se
había sublimado. Pero su vida aún arrastraba el lastre de supervivencias
bestiales; bajo sus maneras de gentleman y las perfecciones de la vida mecánica
se ocultaba la barbarie; los fines últimos y comunes de su vida continuaban
siendo los mismos de sus antepasados: comer bien, gozar con las mujeres más
bellas, mandar a los débiles y robar a los demás cuanto se pusiera a su
alcance. Los goces supremos y espirituales del pensamiento por el pensamiento,
del pensamiento puro y desinteresado, de la contemplación y de la creación del
arte, estaban limitados a una minoría, y en esta minoría reducidos
ordinariamente a escasos momentos.
Así, pues, la humanidad
se hallaba en un estado intermedio entre la fiera y el héroe, entre lo bestial
y lo divino. Era indispensable arrancarla de aquella ambigüedad, de aquella
contaminación. Matar, cortar, extirpar cuanto de infrahumano quedaba aún en el
hombre, para convertirle en un superhombre, no en un hombre. Acercarle a Dios,
e infundirle la verdadera divinidad, eternamente viva en el espíritu y para el
espíritu.
¿Cuál es la parte más
excelsa, más digna, más noble y pura del hombre? El alma. De proponerse actuar
en el hombre para elevarle precisaba actuar sobre su alma. Únicamente en esta
dirección espiritual es posible esperar un cambio radical, un trastorno total
de las esencias y de los valores. La parte más sublime del hombre es su única
guía hacia la altura. En la vida presente del espíritu está la semilla, el
principio de la futura vida divina del hombre. La contemplación del filósofo,
el éxtasis del místico, la creación del poeta –todo cuanto nos aleja de las
humillantes necesidades de la conservación corporal, del nauseabundo remolino
de los intereses terrenales- se halla en el espíritu. El espíritu es dúctil,
maleable, perfectible. Reserva en sí mismo promesas indefinidas, sorpresas,
sorpresas inesperadas; muestra el germen de otras aptitudes y constituye el
movimiento inicial hacia maravillosos desenvolvimientos. Si algo nuevo y
grandioso ha de surgir en la vida del
hombre, procederá del espíritu. Si queremos perfeccionar al hombre, debemos
ante todo hacer prefecto su espíritu. En él permanecen todos los valores y
todos los motivos de la vida externa, y el móvil de nuestros actos. Si de
pronto cambiase nuestro espíritu, toda nuestra vida cambiaría también. Si se
propusiese fines diversos, si destruyese ciertas preferencias y adquiriera
otras, la existencia de la humanidad sufriría un profundo cambio y se
renovaría. Todas las cuestiones –nacionales, sociales, morales- no son en el
fondo más que cuestiones anímicas, cuestiones espirituales. Al cambiar lo
interior se cambia lo externo; al renovar el alma se renueva el mundo.
Y el mundo debía ser
renovado por completo. La vida de los hombres –lenta, pesada, amodorrada,
vulgar, física, infernal- me producía cada vez más náuseas. Quería que también
los demás sintieran estas náuseas y encontraran fuerzas suficientes para salir
a flote, para vencer y despreciar la vida corporal, la vida tradicional, la
vida bárbara y salvaje, mal oculta bajo el hierro, el carbón y la electricidad.
Resultaba indispensable
una última ascensión. El nuevo volumen de la historia universal abrirse
finalmente. En un principio el hombre había sido todo carne; luego, carne y
espíritu a la vez; y ahora debía ser todo espíritu, solamente espíritu. Tras la
edad ferina y la edad humana se iniciaría la edad heroica, la edad angélica, la
edad divina. Tras la época de la fuerza amanecería la época del espíritu
liberado, de la voluntad dominante, de la mente dueña de toda fuerza.”
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