Silencio y
Represión
Por: Ryszard Kapucinski
Tomado del Magazín Dominical del Diario El Espectador. N° 518.
Bogotá, 28 de marzo de 1993.
Los sistemas
autoritarios, y hemos llegado a la hora en que en alguna medida todos lo son,
juegan con el silencio a su favor. Texto como piedra en el camino, que más allá
de los silenciosos espacios bucólicos, nos recuerda que "el silencio exige que los campos de
concentración se levanten en lugares apartados".
Silencio: Las personas que escriben libros de
historia dedican demasiada atención a los llamados momentos sonados y no
prestan la suficiente a los períodos de silencio. Se trata de una falla de intuición,
tan infalible en cualquier madre cuando se da cuenta de que de la habitación
del hijo no llega ningún ruido. La madre sabe que ese silencio no presagia nada
bueno. Que es un silencio en el que acecha algún peligro. Corre hacia allí
sabiendo que su intervención es imprescindible, corre porque siente que el mal
flota en el aire. El silencio en la historia y en la política desempeña el
mismo papel. Es señal de una desgracia y, a menudo, de un crimen. Es un
instrumento político tan eficaz como pueden serlo el esgrimir las armas o los
discursos en un mitin. Necesitan del silencio los tiranos y los ocupantes que
velan para que su actuación pase inadvertida. Advirtamos con cuánto celo lo
cuidaron y lo mimaron todos los colonialismos. Con qué discreción trabajó la
Santa Inquisición. Con qué empeño evitó toda la publicidad Leonidas Trujillo.
¡Cuánto silencio emana de los países poblados de cárceles llenas a rebosar! Del
país de Somoza, del país de Duvalier. ¡Cuánto esfuerzo le cuesta a cualquiera
de estos dictadores el mantener el ideal estado de silencio, que sin embargo,
cada dos por tres aparece alguien dispuesto a violar! ¡Cuántas víctimas causa y
qué costes ocasiona! El silencio tiene sus leyes y sus exigencias. El silencio
exige que los campos de concentración se levanten en lugares apartados.
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