El
Complot Contra la Iglesia
Julián Vélez Zúñiga
Cuando Lyndon B. Johnson
pronunció su discurso de posesión como Presidente de los Estados Unidos de
América en 1964, se refirió, entre otros temas, a que el crecimiento
demográfico de América Latina era porcentualmente superior al crecimiento
económico, de modo que el futuro mostraba un crecimiento de la pobreza, tan
característica de esta región del mundo. Era claro que esta masa empobrecida
buscaría como único recurso emigrar hacia EE.UU. causando con ello el
empobrecimiento del país del norte que vendría a ser tan subdesarrollado como
el sur.
¿Qué hacer?, ¿Cómo detener esa
inminente catástrofe?
¡Era indispensable obrar desde
ahora mismo! Hay que frenar el crecimiento demográfico de América Latina. Es
urgente implementar políticas de control natal para esa parte del mundo. Pero
esas políticas deben estar atadas y comprometidas a las ayudas económicas que
EE.UU. presta a la región.
Sea cualquiera la ayuda: un
empréstito, un subsidio, etc. debe incluir
una cláusula en la cual el país beneficiario se comprometa a implementar
programas de control natal.
Hay que pensar en qué es más
eficaz: un dólar invertido en control natal en América Latina que 100 dólares
en desarrollo económico.
Es bueno aclarar que lo del Sr.
Johnson no es original, pues el tema ya se estaba tratando desde los años
cincuenta, cuando en Colombia, Alberto Lleras Camargo hablaba de la explosión
demográfica, recomendaba el uso de anticonceptivos y por ello en los periódicos
lo bautizaron como “Mr. Pastilla”.
Para hacerle caso a las
exigencias de EE.UU. se creó «Profamilia». Se “vendió” por los medios de
comunicación la idea de la Familia Pequeña, se construyeron casas y
apartamentos “Antifamilia”, se censuró a las familias numerosas como focos de
pobreza, gamberrismo, prostitución y delincuencia.
La gente, influenciada por el
“bombardeo” de esta campaña mediática a lo largo de todo el continente empezó a
“comerse” el cuento y se empezó a “planificar”, con todos los anticonceptivos a
mano.
La píldora, el condón, el
amarre de las trompas, la esterilización de los varones, el diafragma, la T, el
ogino, etc, etc.
Aparecieron grupos de asesores
norteamericanos conformados por voluntarios, quienes muy bien publicitados, se
dispersaron por campos y ciudades haciendo campañas de vacunación contra
epidemias, haciendo cursillos sobre buenas prácticas agrícolas, en salud,
educación, vida campestre, contando con el aplauso de las comunidades que
agradecidas bendecían el “buen corazón” de los Gringos.
Pero, siempre ha de aparecer
“el pero”; en Bolivia, una comunidad indígena la cual había sido visitada por
los asesores, había sido vacunada contra las epidemias y había recibido
conferencias, empezó a notar que ya no nacían niños 5 años después de las
vacunas. Investigando el asunto se descubrió que las vacunas que les aplicaron
a las mujeres en edad fértil no eran contra epidemias sino para esterilizarlas.
Esto era lo más parecido a un
genocidio y Miguel Littin documentó este caso en una película que llamó “La
Sangre del Cóndor”.
Terminando la década de los 60’
vino a América Latina en gira, Richard Nixon. En Caracas le tiraron piedras, en
Buenos Aires huevos podridos y le recomendaron que no fuera a Lima y Bogotá. La
gira se interrumpió.
A regresar a Washington se
analizó el rechazo tan generalizado a las políticas de «la Casa Blanca». ¿La
revolución cubana? Quizá. ¿La muerte del Che Guevara”? Quizá. ¿El mayo
francés? Quizá. ¿La oposición de la Iglesia Católica a la anticoncepción?
Quizá. La Iglesia Católica es mayoritaria en Latinoamérica, tiene mucho
ascendiente o influencia en la población y maneja muy bien las tradiciones.
Ideológicamente la Iglesia Católica es determinante en esta parte del mundo y,
lo más grave, no depende de EE.UU. sino de Roma. Norteamérica controla la
economía mundial pero no a la Iglesia Católica. Su imperialismo aún no llega
hasta la Iglesia, hasta el Papa.
¿Qué hacer? Los cerebros, las
eminencias grises del Departamento de Estado y del Pentágono al analizar en
todos sus pormenores el asunto, concluyeron: hay que socavar el prestigio de la
Iglesia Católica y así reducir a cero su control y dominio ideológico sobre la
masa poblacional latinoamericana. Hay que crear iglesias cuyo centro nervioso y
control esté bajo el dominio norteamericano. Así, el imperio consolidará su
dominio en toda el área y podrá libremente, sin estorbos ni ataduras para
implementar sus políticas hemisféricas.
Fue a partir de los años 70’
que fueron apareciendo unos jovencitos rubios, de ojos azules, pantalón negro,
camisa blanca, acento extranjero, maletín «007» en mano. Eran los Mormones.
Después otros con maletín también sin saco, con corbata, las mujeres de traje
talar, también con maletín, tocando en todas las casas, eran los Testigos de
Jehová. También aparecieron los Pentecostales, los “Cristianos”, solo ellos,
como si los Católicos no fueran seguidores de Cristo. Se puede decir que hay
tantas iglesias, cuantos portones y garajes haya.
En Colombia desde el siglo XIX
han estado presentes las confesiones religiosas de los Protestantes luteranos y
Calvinistas, los Presbiterianos, los Bautistas, ellos han ejercido su fe, tienen sus templos y hacen sus ritos
sin ser molestados, con libertad de conciencia y de cultos.
La explosión de iglesias que
ahora vemos, todas con casa principal en EE.UU. tienen una consigna: acabar con
la Iglesia Católica en América Católica.
Las agencias de prensa
permanecen alertas buscando pecados en el Clero Católico para publicarlos con
el mayor escándalo posible. La televisión, la radio, la prensa escrita, el cine,
todos los días y las noches también hablan de curas pedófilos, de abusadores y
hasta les agregan más pecados de los que puedan tener. En verdad hay sacerdotes
que pecan pero, ¿Cuál es el porcentaje
de los virtuosos? Los sacerdotes son seres humanos y como tales también pecan.
¿Y será que las virtudes tienen
visa de residente sólo en Estados Unidos?
Todos pecamos, pero hay un pecado más grave aún: destruir la Iglesia Católica. Es obra satánica. Pero ya lo dijo Cristo al darle la potestad a Pedro: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».
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