Capítulo
II
MISA
DEL DOMINGO
Tomado del Libro «Allá En Mi
Pueblo» (2006) del escritor victoriano Roberto Núñez Abadía
El cantar de los gallos y la
voz de mi madre nos despertaban.
Se olía el aroma del café que
muy temprano se levantaba a preparar una de mis hermanas.
Mi madre entraba cantando con
el pocillo en sus manos, para mi padre que se aprestaba a partir. Dejaba un
suave aroma de flores del campo su cabello húmedo al pasar.
¡No era día de clases! ¡Qué
alegría!
Era domingo, día de ir a misa a
la Parroquia del Pueblo. Allí se reunían las muchachas o colinos, como se les
llamaba.
Iban engalanadas con sus trajes
almidonados de organdí o crespón, claveles rojos o cintas en sus cabellos.
Para mí era un día especial;
pues solamente el domingo podía calzarme los zapatos únicos que tenía y que me
había estrenado el día de mi Primera Comunión.
Y el mismo vestido ya viejo,
que mi padre, sastre del pueblo me había confeccionado, no sé cuánto tiempo
hacía.
Pasaba muy aburrido durante la
celebración de la Santa Misa. Solamente me llamaba la atención el observar las
muchachas al lado derecho en unas bancas largas de madera, que el sacristán
había ordenado especialmente para ellas. Había una especialmente que me había
robado el corazón desde el momento que la vi. Era la hija de un señor Quintana,
hombre acaudalado que había llegado al pueblo, aún muy joven, cosechando allí
su fortuna a costa de su trabajo. Se había casado con una señorita de la
aristocracia, y de esa unión nacieron tres hijas, la menor era mi elegida.
Se celebraba la Eucaristía y
cerca de mí ella me miraba con sus grandes ojos color miel, y en ellos me decía
que sí me quería.
Yo no escuchaba lo que decía el
Sacerdote, un Reverendo anciano, venido hacía muchos años y que se había ganado
el afecto de muchos de sus feligreses por su Santidad. Se alcanzaba a observar
debajo del atuendo utilizado para la celebración de la Santa Misa, unos zapatos
viejos y sucios, y parte de su sotana negra desteñida por el tiempo.
Terminada la Santa Misa,
salíamos en orden, dando paso por supuesto a los ancianos y a las jovencitas,
que una a una iban saliendo, dejando el suave aroma de sus perfumes en el
recinto sagrado, que poco a poco quedaría desierto hasta el próximo domingo.
En la calle el sol iluminaba y
resplandecían sus rayos en los vidrios de las ventanas y en los automóviles que
pasaban, haciendo sonar sus bocinas, para abrirse paso entre las personas que
salíamos de la iglesia.
Busqué con mis ojos a aquella
niña, la vi subirse en un auto que la esperaba en el atrio de la iglesia. ¡Era
su padre!
Me miró al alejarse y con su
mano me dijo: ¡Adiós! No sabía cuando la volvería a ver.
Me fui cabizbajo hacia mi casa.
Pensaba: - Qué hermoso fuera poder visitarla y verla de cerca. Pero, era
imposible, ella era muy rica, y yo… con un vestido viejo y unos zapatos que
solo los disfrutaba los domingos. ¡No podía pensar más en ello!
El pito de un auto me despertó
de ese sueño. - ¡Hazte a un lado me gritó el chofer!
Proseguí mi marcha, dándole
puntapiés a las piedras que aparecían a
mi paso, olvidándome que estaba estropeando los únicos zapatos que tenía.
Sumido en mi sueño no me había dado
cuenta que estaba cerca de mi casa. Vi en la puerta a mi madre vestida con un
delantal blanco, lucía unas trenzas largas adornadas con una cinta negra, que
se confundía con el color de su pelo. Su piel canela y sus ojos verdes hacían
un hermoso contraste.
Era la hermosa campesina,
adoración y orgullo de mi padre.
A llegar me sonrió, poniendo su
brazo en mi hombro y entramos juntos por un corredor largo adornado de helechos
y claveles rojos, que ella cuidaba con mucho esmero.
¡El sol comenzaba a declinar
allá en el horizonte, de otro domingo, día de Misa, que se extinguía!
Ya en la noche, después de la
cena, nos reuníamos con mi madre para la oración vespertina, que se hacía todos
los días con sumo respeto; cuando escuché la voz de una de mis hermanas: -
Roberto, lo busca el joven Ciro, entró diciendo.
Ciro era el hermano de aquella
niña que se despidió con su mano aquel domingo de misa. El y un hermano suyo me
aceptaban como cuñado, quizás porque yo les ayudaba en sus tareas; el mayor,
Saúl, utilizaba mis cuadernos para copiarlas, yo no me molestaba por ello, lo
hacía muy gustoso.
Salí, lo invité a entrar. - No
gracias, debo regresar pronto - dijo, entregándome una carta - ahí le envía mi
hermana. Recibí la encomienda. – Gracias - le dije, y se alejó por un camino
oscuro hasta perderse de mi vista.
Entré a mi cuarto y abrí la
carta, olía a su perfume. Observé que era su letra, y en esas letras leí:
«Roberto, mañana parto para Quintero (era una aldea cercana a La Unión, Valle).
Mis padres nos llevan a pasar las vacaciones – continué leyendo – si deseas despedirte
de mí, salimos a las cinco de la mañana, nos veremos en el embarcadero. Te
quiero. Ofelia.»
Busqué consuelo en la soledad
de la noche y fue difícil conciliar el sueño.
Me desperté muy temprano, creí
que era aún de noche, porque estaba muy oscuro y había mucha niebla. Miré al
reloj que colgaba en la pared; juez del tiempo, y pensé: - Ya es hora de irme.
Me vestí y salí sin hacer
ruido, para no llamar la atención. Caminé, no sé cuánto tiempo, el frío me
helaba los huesos y la visibilidad era muy poca.
El resplandor de la luna
grande, hermosa por cierto se reflejaba en sus turbulentas aguas, cual espejos
brillando con su luz; esto me indicaba que ya había llegado.
Ya en la orilla del río, miré
allá en la distancia y vi varias personas abordando la barca, para pasar al
otro lado del río (aún no había puente para ir de La Victoria a La Unión.)
Sólo había una barca grande en
la que se transportaba ganado, autos, mulas y por supuesto personas con sus
mercados, pues había familias que vivían al otro lado del río.
Iban subiendo señores con sus
trajes blancos y sombreros (era la moda), señoras con sus vestidos largos,
sombrero y guantes, muy elegantes.
Y allí iba ella, miró hacia la
orilla y al verme me dijo adiós con un pañuelo blanco en la mano, como aquella
vez al subirse al auto con su padre. Y por supuesto, yo levanté mi mano y
también decía muy quedo: - Adiós, adiós - y se iba alejando la barca y también
las posibilidades de volverla a ver. Ya era imposible ver, traté de observar
algo y me dije: - ¡No te volveré a ver!
Regresé a mi hogar, aún no se
habían levantado mis padres ni mis hermanas.
Nunca los supieron, y jamás la
volví a ver, pues yo también partiría de mi pueblo unos días después.
Solo queda el recuerdo de todo
aquello, todo es efímero en la vida, un sueño.
Ella solo fue un espejismo
de la bruma y de las aguas del río, que seguirán su curso, sin detenerse, como
vagan nuestros pensamientos en nuestra mente soñadora.
***