viernes, 25 de noviembre de 2016

Jorge Franco
«El Mundo de Afuera»
[Fragmento]


«Isolda sale al jardín con la minifalda roja. Lleva una blusa blanca anudada arriba del ombligo y unos zapatos de tacón alto de su mamá. Camina sobre el piso adoquinado como un potro recién nacido. Abre los brazos para mantener el equilibrio. Está sonriente y feliz de haberse librado de sus vestidos de muñeca antigua.

La institutriz la llama desde adentro con alaridos en alemán, pero Isolda no le hace caso. Trata de caminar más rápido, apoyada al muro y muerta de la risa.

(…) Nosotros seguimos intentando bajar los racimos de corozos con una vara larga de guadua. Ya tenemos suficientes, pero queremos más. Nos subimos en hombros, aunque lo que ganamos en altura lo perdemos en estabilidad. Mientras más enredo, más risa nos da. De pronto nos sorprende una música a todo volumen. No es como la que suena normalmente en el castillo. Esta es tropical, de parranda, más parecida a la que Guzmán pone bajito en su radio mientras jardinea. La canción  se corta. Isolda sale de la casa de muñecas con la misma vestimenta pero con la cara muy maquillada. Da unos pasos hacia los arbustos donde estamos escondidos. Ella abre los brazos y dice en voz alta:

-Señoras y señores, bienvenidos al show más original del continente. Desde las termas de Caracalla, pasando por el teatro Lido de París, ahora, finalmente en Medellín, ¡el gran show de Isolda!

Termina el anuncio y vuelve a entrar a la casita. Nos miramos perplejos. ¿Nos hablaba a nosotros? Corramos, dice alguno, pero nadie, ni siquiera el que lo dijo, se mueve de donde está.

Isolda vuelve a salir, descalza y con un tocadiscos portátil, de esos que están muy de moda. Y otra vez camina hacia nosotros. Nos miramos y creemos que, ahora sí, debemos salir corriendo.

-Atención, por favor –dice ella- , Your attention, please. Darf ich um Ihre Aufmerksamkeit bitten. Votre attention s’il vous plaît.

Pone el tocadiscos en el suelo y, con el mismo volumen de antes, suena la canción que habíamos oído hace un momento. El jardín se llena de música caliente e Isolda empieza a moverse con los ojos cerrados. Voltea las manos, dobla las rodillas y balancea la cabeza. Menea tímidamente la cadera, pero cuando suenan las trompetas suelta los pies, abre los ojos, sube los brazos, sacude el pelo y arranca a contonearse sin freno.

Alguno de nosotros se ríe pero ella no lo oye, o se hace la que no lo ha oído. Boquiabiertos, la vemos subir y bajar, contonearse y zarandear los hombros. Se envuelve en ella misma y el pelo la sigue en espiral. Gira con naturalidad, como si el viento la ayudara a desenvolverse, y da dos pasos a un lado, otros dos al lado contrario, luego adelante, después atrás, metida en su baile, meneando siempre su minifalda roja.

Sin darnos cuenta vamos saliendo de los arbustos. Isolda sigue girando. Gira y gira, sacude los hombros y los brazos hasta que termina la canción. Agitada, se agacha y levanta la aguja del tocadiscos. Se pone de pie, muy derecha, y se acomoda la minifalda, que se le había escurrido un poco. Parece que espera un aplauso, pero ninguno de nosotros se atreve. Nos miramos sin saber qué hacer. A alguno se le escapa, otra vez, una risa y ella baja la cabeza, achantada. El pelo le cubre parte de la cara.

-¡Corran! –dice uno de nosotros.

Algunos salen en carrera y los que quedamos no entendemos por qué se fueron. Isolda levanta la mirada, todavía jadeando por el cansancio, separa su pelo y se lo echa hacia atrás. De los tres que estamos solo me mira a mí. A los ojos. Y antes de que yo pueda entender qué me dice con su mirada, detrás de ella aparece Guzmán con un machete en alto y grita, ¡fuera, lárguense, fuera de aquí! A pesar de que nos conoce, cubre a Isolda como un escudo, volea el machete al aire y grita otra vez, ¡váyanse de aquí, culicagados! La toma del brazo y la escolta hasta el castillo. Mientras se la lleva, Isolda no deja de mirarme.

(…) Aunque solo la vimos nosotros, todos terminaron por enterarse del show que nos hizo Isolda con la minifalda roja. Alguno se lo habrá comentado a una hermana, y ella a la mamá, y la mamá a la vecina, y así se habrá regado la historia que yo quería guardar con tanto celo. Nadie mencionó, de todas maneras, los segundos eternos que Isolda se quedó mirándome. De eso no le hablé a nadie, aunque sí me habría gustado que se hubiera sabido. Mi timidez no me da para ufanarme de una mirada.

También volvieron a insinuar que Isolda estaba loca por el encierro, que había heredado los genes atrevidos de su mamá alemana, que se había vuelto hippie, que a nadie se le hacía raro luego de los peinados con los que aparecía a veces. Yo la he defendido lo más que he podido, sin que se me note que a partir de aquella mirada, mi vida es distinta.

Todas las tardes voy hasta el lindero por si sale de nuevo y la espero hasta las seis a ver si ella sube al bosque. Pero ni siquiera la he vuelto a ver asomada a la ventana. A veces me silban de algún lado y me emociono porque creo que es una señal de ella, pero el silbido se pierde entre los árboles y cambia de un lugar a otro.

(…) Subo hasta donde termina la cerca y me encuentro unos matorrales muy espesos alrededor del bosque. Logro entrar pero no sé hacia dónde ir. Busco el centro, o lo que creo que es el centro del bosque. Avanzo y veo una senda. De pronto aparece ella, viene de más arriba, corriendo entre los árboles. Se asusta cuando me ve. Mejor dicho, nos asustamos los dos. Tal vez yo más porque no la reconozco. Tiene su vestido de viaje y los zapatos de charol sucios de tierra. Tiene la misma mirada que cruzó conmigo cuando nos bailó, la misma tristeza, pero trae el pelo corto, así como el mío, y desordenado, como si se lo hubieran cortado a tijeretazos. Sobre los hombros le quedan mechones largos que el viento se lleva. Me mira mientras toma aire para reponerse. Hola, le digo por decir cualquier cosa. Camina hacia mí, decidida, me agarra la cara duro con las dos manos y me estampa un beso rápido en la boca. Luego corre bosque abajo, hacia donde vienen las voces que la llaman, apúrate, Isolda, que nos va a dejar el avión.

Me parece que la siguen unos conejos entre los arbustos.

(…) La muerte se enamoró de la princesa de quince años, se le metió en el cuerpo, le invadió el sistema nervioso y se la llevó sin que pudiera despedirse de sus padres, sin que yo pudiera verla por última vez, sin que ella misma se diera cuenta de que moría.

La noticia voló loma abajo y como no la creí, corrí hasta el castillo para desmentir semejante despropósito. Había mucho silencio. No se oía ni el bosque. Ni yo mismo oía mis jadeos por el cansancio. Ni el agua en las fuentes ni la que baja por el arroyo. Ni un solo pájaro. Era como si todo se hubiera muerto en el castillo. No vi a nadie afuera ni detrás de las ventanas. Hasta que el misterio lo rompió un llanto desgarrado. Venía de adentro y se quedó pegado en el aire tanto tiempo que tuve que taparme los oídos para volver al silencio. No podía ser sino de su madre.

Regresé a mi casa hecho un nudo y allá no se hablaba de otra cosa. Supe, por primera vez, del mal que se había llevado a Isolda. Un síndrome que cada quien pronuncia a su manera. Guillain-Barré, así lo escribían en la enciclopedia.

Vi en el techo de mi cuarto, una a una, las imágenes que conservo de Isolda. Corriendo, trepando, bajando en bicicleta, perdiéndose en el bosque, con los pies metidos en la fuente y el vestido levantado hasta los muslos y, la más importante, la del beso brusco en la mitad del bosque. No podía imaginarla muerta, pero antes de dormirme, muy en la madrugada, por fin entendí que solo podía morirse de una muerte rara, como una princesa de cuento.

Quise volver al castillo, después de salir del colegio, pero me contaron que don Diego y su esposa se habían ido muy temprano y con equipaje. Que no se sabía nada más. De todas maneras subí y al único que vi fue al nuevo jardinero, que cortaba todas las rosas de los rosales.

Pasó una semana. Escuché que los señores regresaban con el cadáver de Isolda, el viernes, en el último vuelo. ¿Y si todo es mentira? ¿Si es un chisme como los que suben y bajan a diario por la loma? ¿Y si Isolda está viva?, ¿tal vez enferma pero viva?

Subo a toda carrera. Hay un grupo grande junto a la reja de la entrada y muchos curiosos regados por los linderos. Adentro hay varios carros y dos familiares fumando en el porche. Se oye todo tipo de cosas: no fue una enfermedad, la mató la soledad en el extranjero. Se murió de tristeza en un internado. La traen embalsamada. Que la van a enterrar aquí mismo, en el castillo, que van a convertir la casa de muñecas en un mausoleo. ¿Eso qué es?, pregunta alguien. Debe ser como un museo, responde otro. Que la van a sentar embalsamada frente al piano, dice alguno. Que adentro hay más de cien coronas de flores. Eso sí parece cierto. Hasta afuera llega el perfume triste de los cementerios.

-¡Ahí vienen, Ahí vienen! –gritan varias personas.

El carro mortuorio trae las luces prendidas. Viene primero en la caravana, seguido por la limusina. La gente se arremolina a la entrada. El jardinero cierra la reja apenas pasa el último carro. Todos nos quedamos callados y quietos, como en misa. Los de la caravana se están bajando de los carros, también en silencio. De la limusina salen, vestidos de negro, don Diego y su señora. Casi no se les ve la cara, pero no hace falta más luz para imaginar sus expresiones. Los de la funeraria sacan con cuidado el ataúd blanco, que resplandece en la penumbra de la tarde. Me tiemblan los labios. Trato de evitarlo, pero se me encharcan los ojos. Las mujeres se limpian las lágrimas con pañuelos. Cuatro hombres, de saco y corbata, suben el ataúd por las escaleras de piedra. Detrás de mí, en algún lado, alguien se suelta a llorar. Miro y no veo a nadie. Tal vez no quiere que lo vean, y llora escondido entre los árboles.

Ya no llora, pero me parece que reza.»

Jorge Franco, Escritor Colombiano Nacido en Medellín. Autor de "El Mundo de Afuera" (2014)
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viernes, 14 de octubre de 2016

Arthur C. Clarke
La Ascendencia Del Hombre

Tomado de “Una Odisea Espacial 2001” [Fragmento]



«Un nuevo animal se hallaba sobre el planeta, extendiéndose lentamente desde el corazón del África. Era aún tan raro que un premioso censo lo habría omitido, entre los prolíficos billones de criaturas que vagaban por la tierra y por mar. Hasta el momento, no había evidencia alguna de que pudiera prosperar, o hasta sobrevivir; había habido en este mundo tantas bestias más poderosas que desaparecieron, que su destino pendía aún en la balanza.

En los cien mil años transcurridos desde que los cristales descendieron en África, los monos-humanoides no habían inventado nada. Pero habían comenzado a cambiar, y habían desarrollado actividades que ningún otro animal poseía. Sus porras de hueso habían aumentado su alcance y multiplicado su fuerza; ya no se encontraban indefensos contra las bestias de presa competidoras. Podían apartar de sus propias matanzas a los carnívoros menores; en cuanto a los grandes, cuando menos podían disuadirlos, y a veces amedrentarlos, poniéndolos en fuga.

Sus macizos dientes se estaban haciendo más pequeños, pues ya no les eran esenciales. Las piedras de afiladas aristas que podía ser usadas para arrancar raíces, o para cortar y aserrar carne o fibra, habían comenzado a remplazarlas, con inconmensurables consecuencias. Los monos-humanoides no se hallaban ya enfrentados a la inanición cuando se les pudrían o gastaban los dientes; hasta los instrumentos más toscos podía añadir varios años a sus vidas. Y a medida que disminuían sus colmillos y dientes, comenzó a variar la forma de sus cara; retrocedió su hocico, se hizo más delicada la prominente mandíbula, ya la boca se tornó capaz de emitir sonidos más refinados. El habla se encontraba aún a una distancia de un millón de años, pero habían sido dados los primeros pasos hacia ella.

Y seguidamente comenzó a cambiar el mundo. En cuatro grandes oleadas, con doscientos mil años entre sus crestas, barrieron el Globo las Eras Glaciales, dejando su huella por doquiera. Allende los trópicos, los glaciares dieron buena cuenta de quienes habían abandonado prematuramente su hogar ancestral; y, en todas partes, segaron también a las criaturas que no podían adaptarse.

Una vez pasado el hielo, también se fue con él mucha de la vida primitiva del planeta… incluyendo a los monos-humanoides. Pero, a diferencia de muchos otros, ellos habían dejado descendientes; no se habían simplemente extinguido… sino que habían sido transformados. Los constructores de instrumentos habían sido rehechos por sus propias herramientas.

Pues con el uso de los garrotes y los pedernales, sus manos habían desarrollado una destreza que no se hallaba en ninguna otra parte del reino animal, permitiéndoles hacer aún mejores instrumentos, los cuales a su vez habían desarrollado todavía más sus miembros y cerebros. Era un proceso acelerador, acumulativo; y en su extremo estaba el hombre.

El primer hombre verdadero tenía herramientas y armas sólo un poco mejores que la de sus antepasados de un millón de siglos atrás, pero podían usarlas con mucha más habilidad. Y en algún momento de los oscuros milenios pasados, habían inventado el instrumento más esencial de todos, aun cuando no pudiera ser visto ni tocado. Habían aprendido a hablar, logrando así su primera gran victoria sobre el Tiempo. Ahora, el conocimiento de una generación podía ser transmitido a la siguiente, de forma que cada época podía beneficiarse de las que la habían precedido.

A diferencia de los animales, que conocían solo el presente, el Hombre había adquirido un pasado, y estaba comenzando a andar a tientas hacia el futuro.

Estaba también aprendiendo a sojuzgar a las fuerzas de la naturaleza; con el dominio del fuego, había colocado los cimientos de la tecnología y dejado muy atrás a sus orígenes animales. La piedra dio paso al bronce, y luego al hierro. La caza fue sucedida por la agricultura. La tribu crecía en la aldea, y ésta se transformaba en ciudad. El habla se hizo eterno, gracias a ciertas marcas en piedra, en arcilla y en papiro. Luego inventó la filosofía y la religión. Y pobló el cielo, no del todo, inexactamente, con dioses.

A medida que su cuerpo se tornaba cada vez más indefenso, sus medios ofensivos se hicieron cada vez más terribles. Con piedra, bronce, hierro y acero había recorrido la gama de cuanto había aprendido cómo derribar a distancia a sus víctimas. La lanza, el arco, el fusil y el cañón y finalmente el proyectil guiado, le habían procurado armas de infinito alcance y casi infinita potencia.
Sin esas armas, que sin embargo había empleado a menudo contra sí mismo, el Hombre no habría conquistado nunca su mundo. En ellas había puesto su corazón y su alma, y durante eras le habían servido muy bien.

Mas ahora, mientras existían, estaba viviendo con el tiempo prestado.»



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martes, 4 de octubre de 2016

Vladimir Nabokov
[Fragmento de “Lolita”]

«...creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar "nínfulas" a esas criaturas escogidas.
Se advertirá que reemplazo términos espaciales por temporales. En realidad, querría que el lector considerara los "nueve" y los "catorce" como los límites -playas espejeantes, rocas rosadas- de una isla encantada, habitada por esas nínfulas mías y rodeada por un mar vasto y brumoso. Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. De lo contrario, quienes supiéramos el secreto, nosotros los viajeros solitarios, los ninfulómanos, habríamos enloquecido hace mucho tiempo. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad -o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, trastornador, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas que dependen incomparablemente más del mundo espacial de fenómenos sincrónicos que de esa isla intangible de tiempo hechizado donde Lolita juega con sus semejantes. Dentro de los mismo límites temporales, el número de verdaderas nínfulas es harto inferior al de las jovenzuelas provisionalmente feas, o tan sólo agradables. O «simpáticas», o hasta «bonitas» y «atractivas», comunes, regordetas, informes, de piel fría, niñas esencialmente humanas, vientrecitos abultados y trenzas, que acaso lleguen a transformarse en mujeres de gran belleza (pienso en los toscos budines con medias negras y sombreros blancos que se convierten en deslumbrantes estrellas cinematográficas). Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl-scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo (¡oh, cómo tiene uno que rebajarse y esconderse!), para reconocer de inmediato, por signos inefables –el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar-, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; y allí está, no reconocida e ignorante de su fantástico poder.
Además, puesto que la idea de tiempo gravita con tan mágico influjo sobre todo ello, el estudioso no ha de sorprenderse al saber que ha de existir una brecha de varios años –nunca menos de diez, diría yo, treinta o cuarenta por lo general y tantos como cincuenta en algunos pocos casos conocidos- entre doncella y hombre para que este último pueda caer bajo el hechizo de la nínfula. Es una cuestión de ajuste focal, de cierta distancia que el ojo interior supera contrayéndose y de cierto contraste que la mente percibe con un jadeo de perverso deleite.»

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viernes, 30 de septiembre de 2016

Umberto Eco
[Fragmento de “El Nombre de la Rosa”]

«…Pensé que el mundo era bueno, y maravilloso, que la bondad de Dios se manifiesta también a través de las bestias más horribles, como explica Honorio Augustoduniense. Es verdad que hay serpientes tan grandes que devoran ciervos y atraviesan los océanos, y que existe la bestia cenocroca, con cuerpo de asno, cuernos de íbice, pecho y fauces de león, pie de caballo, pero hendido como el del buey, con un tajo en la boca, que llega hasta las orejas, la voz casi humana y un solo hueso, muy sólido, en lugar de dientes. Y existe la bestia mantícora, con rostro de hombre, tres filas de dientes, cuerpo de león, cola de escorpión, ojos glaucos, la piel del color de la sangre y la voz parecida al silbido de las serpientes, monstruo ávido de carne humana. Y hay monstruos de pies con ocho dedos, morro de lobo, uñas ganchudas, piel de oveja y ladrido de perro, que al envejecer no se vuelven blancos sino negros, y que viven muchos más años que nosotros. Y hay criaturas con ojos en los hombros y dos agujeros en el pecho que hacen las veces de nariz, porque no tienen cabeza, y otras que viven a las orillas del río Ganges, y se alimentan sólo del olor de cierta clase de manzana, y, cuando están lejos de ella, mueren. Pero incluso todas estas bestias inmundas cantan en su diversidad la gloria del Creador y su sabiduría, al igual que el perro, el buey, la oveja, el cordero y el lince. Qué grande es, dije entonces para mí, repitiendo las palabras de Vincenzo Belovacense, la más humilde belleza de este mundo, y con qué agrado el ojo de la razón considera atentamente no sólo los modos, los números y los órdenes de las cosas, dispuestas con tanta armonía por todo el ámbito del universo, sino también el curso de las épocas, que sin cesar van pasando a través de sucesiones y caídas, signadas por la muerte, como todo lo que ha nacido. Como pecador que soy, cuya alma pronto ha de abandonar esta prisión de la carne, confieso que en aquel momento me sentí arrebatado por un impulso de espiritual ternura hacia el Creador y la regla que gobierna este mundo, y colmado de respetuoso júbilo admiré la grandeza y el equilibrio de la creación.»


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lunes, 26 de septiembre de 2016

De Milan Kundera

La Imagología

[Fragmento tomado de “La Inmortalidad”]


«El político depende del periodista. ¿Pero de quién dependen los periodistas? De los que pagan. Y los que pagan son las agencias publicitarias, que compran de los periódicos el espacio y de la televisión el tiempo para sus anuncios. A primera vista se diría que se dirigirán sin vacilar a todos los periódicos que se venden bien y que pueden por tanto incrementar la venta del producto ofrecido. Pero ésa es una visión ingenua del asunto. Vender el producto no es tan importante como creemos. Basta con fijarse en los países comunistas: no es posible afirmar que los millones de retratos de Lenin que cuelgan por todas partes pueden incrementar el amor por Lenin. Las agencias de publicidad de los partidos comunistas (los llamados departamentos de agitación y propaganda) olvidaron ya hace mucho tiempo el objetivo práctico de su actividad (hacer que el sistema comunista sea amado) y se convirtieron en un fin en sí mismas: crearon su idioma, sus fórmulas, su estética (los directores de estas agencias tenían antes un poder absoluto sobre el arte en sus países), su idea sobre el estilo de vida, que cultivan, difunden e imponen a las pobres naciones.

¿Objetarán ustedes que la publicidad y la propaganda no pueden compararse, porque una está al servicio del comercio y la otra al de la ideología? No entienden ustedes nada. Hace unos cien años, en Rusia, los marxistas perseguidos comenzaron a reunirse en secreto en pequeños círculos para estudiar el Manifiesto de Marx; simplificaron el contenido de esta sencilla ideología para difundirla a nuevos círculos cuyos miembros, simplificando aún más esta simplificación de lo sencillo, la transmitieron a otros y éstos a otros, de modo que cuando el marxismo se hizo conocido y poderoso en todo el planeta no quedaba de él más que una colección de seis o siete consignas, tan deficientemente ligadas entre sí que es difícil llamarlas ideología. Y precisamente porque lo que quedó de Marx hace ya tiempo que no constituye un sistema lógico de ideas, sino apenas una serie de imágenes y consignas sugerentes (un obrero que sonríe con un martillo, un hombre negro, uno blanco y uno amarillo que se dan fraternalmente la mano, la paloma de la paz que echa a volar hacia el cielo, etcétera, etcétera), podemos hablar justificadamente de la gradual, general y planetaria transformación de la ideología en imagología.

¡Imagología! ¿Quién se inventó primero este magnífico neologismo? ¿Paul o yo? Al fin y al cabo eso no es lo que importa. Lo importante es que esta palabra nos permite finalmente unir bajo un mismo techo lo que tiene tantos nombres: las agencias publicitarias, los asesores de imagen de los hombres de Estado, los diseñadores que proyectan las formas de los coches y de los aparatos de gimnasia, los creadores de moda, los peluqueros y las estrellas del show business, que dictan la norma de la belleza física a la que obedecen todas las ramas de la imagología.

Claro que los imagólogos existían antes de que hubieran creado sus poderosas instituciones, tal como las conocemos hoy. Hasta Hitler tenía su imagólogo personal, que se ponía ante él y le enseñaba pacientemente los gestos que debía hacer durante su discursos para fascinar a las masas. Sólo que si entonces aquel imagólogo hubiera dado a los periodistas una entrevista en la que hubiese divertido a los alemanes contándoles que Hitler no sabía mover las manos, no habría sobrevivido más de medio día a su indiscreción. Hoy, en cambio, el imagólogo no sólo oculta su actividad sino que con frecuencia habla en lugar de sus hombres de Estado, le explica al público lo que les ha enseñado y lo que ha logrado que olvidaran, cómo van a comportarse, de acuerdo con sus instrucciones, qué fórmulas utilizarán y qué corbata llevarán puesta. Y no debe extrañarnos su autosuficiencia: la imagología ha conquistado en las últimas décadas una victoria histórica sobre la ideología.

Todas las ideologías fueron derrotadas: sus dogmas fueron finalmente desenmascarados como simples ilusiones y la gente dejó de tomarlos en serio. Los comunistas, por ejemplo, creían que durante el desarrollo del capitalismo el proletario iba a empobrecerse cada vez más, y cuando un buen día se demostró que en toda Europa los obreros iban a su trabajo en coche, tuvieron ganas de gritar que la realidad estaba haciendo trampas. La realidad era más fuerte que la ideología. Y precisamente en este sentido la imagología la superó: la imagología es más fuerte que la realidad, que por lo demás hace ya mucho que no es lo que era para mi abuela, que vivía en un pueblo de Moravia y lo conocía aún todo por su propia experiencia: cómo se hornea el pan, cómo se construye una casa, cómo se mata un cerdo y se hacen con él embutidos, qué se pone en los edredones, qué piensan del mundo el señor cura y el señor maestro; todos los días se encontraba con todo el pueblo y sabía cuántos asesinatos se habían cometido en los alrededores en los diez últimos años; tenía, por así decirlo, un control personal sobre la realidad, de modo que nadie podía contarle que el campo moravo prosperaba cuando en casa no había qué comer. Mi vecino de París pasa su tiempo en una oficina en la que está ocho horas sentado frente a otro empleado, después coge su coche, vuelve a casa, enciende el televisor, y cuando el locutor le informe del sondeo de opinión pública según el cual la mayoría de los franceses ha decidido que su país es el más seguro de Europa (no hace mucho leí semejante sondeo), abrirá de pura felicidad una botella de champagne y jamás sabrá que ese mismo día se cometieron en su calle tres robos y dos asesinatos.

Los sondeos de opinión pública son el instrumento decisivo del poder imagológico, que gracias a ellos vive en total armonía con el pueblo. El imagólogo bombardea a la gente con preguntas: ¿cómo evoluciona la economía francesa?, ¿habrá guerra?, ¿existe en Francia el racismo?, ¿es el racismo bueno o malo?, ¿quién es el mejor escritor de todos los tiempos?, ¿está Hungría en Europa o en Polinesia?, ¿cuál de los hombres de Estado del mundo es más sexy? Y como la realidad es para el hombre de hoy un continente cada vez menos visitado y menos amado, para lo cual tiene motivos suficientes, los veredictos de los sondeos se han convertido en una especie de realidad superior o, por decirlo de otra manera, se han convertido en la verdad. Los sondeos de opinión pública son un parlamento en sesión continua que tiene la función de crear la verdad, la verdad más democrática que jamás haya existido. Como nunca entrará en contradicción con el parlamento de la verdad, el poder de los imagólogos vivirá siempre en la verdad y, aunque sé que todo lo humano es perecedero, no soy capaz de imaginar qué es lo que podría acabar con este poder.

En cuanto a la comparación entre la ideología y la imagología, querría añadir lo siguiente: las ideologías eran como enormes ruedas tras el escenario que daban vueltas y ponían en movimiento las guerras, las revoluciones, las reformas. Las ruedas de la imagología dan vueltas, pero esto no incide sobre la historia. Las ideologías luchaban unas contra otras y cada una de ellas era capaz de llenar con su pensamiento toda una época. La imagología organiza ella misma la alternancia pacífica de sus sistemas al ritmo veloz de las temporadas. Dicho con palabras de Paul: las ideologías pertenecían a la historia, mientras que el gobierno de la imagología comienza allí donde termina la historia.

(…) Si en el momento en que escribo estas páginas todos han decidido que Martin Heidegger debe ser considerado un delirante y un perro sarnoso no es porque su pensamiento haya sido superado por otros filósofos, sino porque en la ruleta imagológica se ha convertido en un número desafortunado, en un anti-ideal. Los imagólogos crean sistemas de ideales y anti-ideales, sistemas que tienen corta duración y cada uno de los cuales es rápidamente reemplazado por otro sistema, peo que influyen en nuestro comportamiento, nuestras opiniones políticas y preferencias estéticas, en el color de las alfombras y los libros que elegimos, tan poderosamente como en otros tiempos eran capaces de dominarnos los sistemas de los ideólogos.»


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jueves, 15 de septiembre de 2016

Un Cuento de Charles Bukowski

Quince Centímetros
[Fragmento]


«…Sara me redujo a quince centímetros. Me llevaba a la tienda en el bolso. Yo podía mirar  a la gente por los agujeritos de ventilación que ella había abierto en el bolso. Ahora bien, he de decir algo en su favor: aún me permitía beber cerveza. La bebía con un dedal. Un cuarto me duraba un mes. En los viejos tiempos, desaparecía en unos cuarenta y cinco minutos. Estaba resignado. Sabía que si quisiera me haría desaparecer del todo. Mejor quince centímetros que nada. Hasta una vida pequeña se estima mucho cuando está cerca el final de la vida. Así que entretenía a Sara. Qué otra cosa podía hacer. Ella me hacía ropita y zapatitos y me colocaba sobre la radio y ponía música y decía:

-         ¡Baila, pequeñín! ¡Baila, tontín mío, baila! ¡Baila, baila!

En fin, yo ya no podía siquiera recoger mi paga del desempleo, así que bailaba encima de la radio mientras ella batía palmas y reía.

Las arañas me aterraban y las moscas parecían águilas gigantes, y si me hubiese atrapado un gato me habría torturado como a un ratoncito. Pero aún seguía gustándome la vida. Bailaba, cantaba, bebía. Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede serlo más. Cuando me cagaba en la alfombra, Sara me daba una zurra. Colocaba trocitos de papel por el suelo y yo cagaba en ellos. Y cortaba pedacitos de aquel papel para limpiarme el culo. Raspaba como lija. Me salieron almorranas. De noche no podía dormir. Tenía una gran sensación de inferioridad, me sentía atrapado. ¿Paranoia? Lo cierto es que cuando cantaba y bailaba y Sara me dejaba tomar cerveza me sentía bien. Por alguna razón, me mantenía en los quince centímetros justos. Ignoro cuál era la razón. Como casi todo lo demás, quedaba fuera de mi alcance. (…) luego pasó aquella cosa repugnante, algo verdaderamente muy repugnante. Sara me cogió con dos dedos y me colocó allí, entre sus piernas; las tenía abiertas, pero sólo un poquito. Y me vi ante un bosque de pelos. Me puse rígido, presintiendo lo que se aproximaba. Quedé embutido en oscuridad y hedor. Oí gemir a Sara. Luego Sara empezó a moverme despacio, muy despacio, hacia adelante y hacia atrás. Como dije, la peste era insoportable, y apenas podía respirar, pero en realidad había aire allí dentro… había varias bolsitas y capas de oxígeno. De vez en cuando, mi cabeza, la parte superior de mi cabeza, pegaba en El Hombre de la Barca y entonces Sara lanzaba un gemido superiluminado.

Y empezó a moverme más deprisa, más deprisa, cada vez más y empezó a arderme la piel, y me resultaba más difícil respirar; el hedor aumentaba. Oía sus jadeos. Pensé que cuanto antes acabase la cosa menos sufriría. Cada vez que me echaba hacia adelante arqueaba la espalda y el cuello, arremetía con todo mi cuerpo contra aquel gancho curvo, zarandeaba todo lo posible al Hombre de la Barca.

De pronto, me vi fuera de aquel terrible túnel. (…) entonces alcé los ojos. ¿Sabéis lo que vi? Algo sorprendente. Arriba, en la pequeña hendidura que había debajo de la cabecera de la cama. Un alfiler de sombrero. Sí, un alfiler de sombrero, largo, con uno de esos chismes redondos de cristal púrpura al extremo. Subí entre sus pechos, escalé su cuello, llegué a su barbilla (no sin problemas), luego caminé quedamente a través de sus labios, y entonces ella se movió un poco y estuve a punto de caer y tuve que agarrarme a una de las ventanas de la nariz. Muy lentamente llegué hasta el ojo derecho (tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda) y luego conseguí subir hasta la frente, pasé la sien, y alcancé el pelo… me resultó muy difícil cruzarlo. Luego, me coloqué en posición segura y estiré el brazo… estiré y estiré hasta conseguir agarrar el alfiler. La bajada fue más rápida, pero más peligrosa. Varias veces estuve a punto de perder el equilibrio con aquel alfiler. Una caída hubiese sido fatal. Varias veces se me escapó la risa: era todo tan ridículo. El resultado de una fiesta para los chicos del almacén, Feliz Navidad.

Por fin llegué de nuevo a aquel pecho inmenso. Posé el alfiler y escuché otra vez. Procuré localizar el punto exacto de donde brotaba el rumor del corazón. Decidí que era un punto situado exactamente debajo de una pequeña mancha marrón, una marca de nacimiento. Entonces, me incorporé. Cogí el alfiler con su cabeza de cristal color púrpura, tan bella a la luz de la lámpara, y pensé, ¿resultará? Yo medía quince centímetros y calculé que el alfiler mediría unos veintidós. El corazón parecía estar a menos de veintidós centímetros.

Alcé el alfiler y lo clavé. Justo debajo de la mancha marrón. Sara de agitó. Sostuve el alfiler. Estuvo a punto de tirarme al suelo… lo cual en relación a mi tamaño hubiese sido una altura de trescientos metros o más. Me habría matado. Seguía sujetando con firmeza el alfiler. De sus labios brotó un extraño sonido.

Luego toda ella pareció estremecerse como si sintiese escalofríos.

Me incorporé y le hundí los siete centímetros de alfiler que quedaban en el pecho hasta que la hermosa cabeza de cristal púrpura chocó con la piel…»


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jueves, 8 de septiembre de 2016

Poema de Gracias a Monsieur Larousse

Juan Manuel Roca

Juan Manuel Roca, Escritor Colombiano (1946). Poeta, Ensayista, Crítico de Arte y Periodista Cultural.

Antes, mucho antes de entrar a una cristalería
Entré a la palabra cristal
Y salí de ella con una mirada transparente.
Alguien dejó en mi cama un libro que olía a bosques y landas,
Un almacén de sonidos
Que abría puertas secretas y selladas ventanas.
Así empecé un temprano comercio de palabras.
El Pequeño Larousse
Me enseñó a visitar regiones ignotas,
Selvas espesas, memorias olvidadas.
La palabra clepsidra, ladrona de agua,
Tuvo tiempo de gotear en mi silencio.
Yo abría el diccionario
Y pescaba palabras huidizas en arroyos y quebradas.
Veía cruzar palabras como islas,
Voces tatuadas por las huellas del mar.
Descubrí que el volcán es un gigante indefenso
Que demuestra su amor destrozando sus entrañas,
Que la palabra niebla eclipsa la palabra bosque
Para esconder sus soledades.
Bandadas de voces como langostas
Sombreaban la meseta de mi almohada.
Supe que hay palabras con harapos y muletas,
Palabras pordioseras que piden mendrugos de luz
A las puertas de las grandes catedrales del lenguaje.
Señor Larousse,
Usted me enseñó a entrar a la palabra sombra y alumbrarla.


A Pierre Larousse (1817-1875)
Lyon, octubre 18 de 2009.


Marzo de 2013

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viernes, 29 de julio de 2016

El Deseo de Dominación
Por Miguel Delibes
Tomado de ‘El Mundo En La Agonía’, Capítulo IV.   


Con el dinero —y, tal vez, incubada en él— hay, a mi entender, otra nota diferenciadora del progreso moderno: el deseo de sobresalir o, lo que viene a ser lo mismo, la ambición de poder. En este punto, la analogía del hombre con las aves en la llamada por los biólogos «jerarquía del picoteo», es patente. La aspiración de todo hombre es elevar su rango, anteponerse, no tanto acrecentando su cultura y sus facultades como amedrentando a su adversario o debilitándolo. La técnica se convierte así, no ya en una posibilidad de dinero, sino —lo que es más grave— en una posibilidad de dominación. De este modo, mientras entre los hombres se acentúa el espíritu de competencia, en la esfera internacional se plantea una cuestión de hegemonía que no se resuelve, como antaño, fabricando más espadas o más fusiles, sino buscando un arma que, llegado el caso, sea suficiente para arrasar al adversario —y, con él, a la Humanidad entera— en unas décimas de segundo. La cuestión de la supremacía no se establece ya en términos de prevalencia sino de aniquilamiento. Tal anhelo de dominación se manifiesta en las relaciones de individuo a individuo, de Estado a individuo y de Estado a Estado. ¿Cómo? Me limitaré a señalar tres extremos que son, para mí, por graves, los más representativos: 1.° Enervando al hombre desde arriba, despojándole del deseo de participar en la organización de la comunidad, dando así paso a unas autocracias que la manifiesta inhibición del hombre favorece. 2.° A nivel internacional, procurando la hegemonía a costa de convertir el noble deseo de paz, basado en la justicia y la libertad, en un equilibrio del terror. Y 3.°, encauzando la técnica hacia la fabricación de instrumentos que facilitan el allanamiento de la intimidad del hombre, o la esfera privada de las instituciones, con objeto de controlar a unos y otras.

La pedagogía universal consideró resuelto el problema de la infancia compaginando la instrucción y el deleite, aunándolos en una sola actividad. El juego instructivo o la instrucción amena hacían posible, armonizándolas, la formación y el entretenimiento de los niños, de manera que éstos «no diesen guerra», no alborotasen. Fue, quizá, nuestro Carlos III quien descubrió, con el célebre motín de Esquilache, que los adultos eran «como niños pequeños que lloran y protestan cuando se les limpia y asea». Desde entonces, mayor preocupación que hacer justicia ha sido para los gobernantes buscar la manera de entretener al pueblo para que no la pida, esto es, para que no alborote, para que «no dé guerra». El «pan y toros» ha tenido a lo largo de las edades de la Historia múltiples versiones. Pero he aquí que la era supertécnica ha venido a descubrir que también existen juguetes para entretener a los adultos y borrar de sus mentes cualquier idea de participación y responsabilidad. Es más, el ingenio de la técnica moderna descubre «el juguete» por antonomasia, merced al cual el pueblo no sólo no piensa, sino que incluso nos facilita la posibilidad de conducir su pensamiento, de hacerle pensar lo que nosotros queremos que piense. Así el interés por su juguete acaba por enervar en el hombre otros intereses superiores. La alienación se produce entonces como fenómeno general y masivo. Mas si esto, hasta cierto punto, es comprensible, no lo es, en cambio, que admitamos que esta inhibición se fomente desde arriba, mediante el control de este juguete, único alimento espiritual de un elevadísimo porcentaje de seres humanos. La difusión de consignas, la eliminación de la crítica, la exposición triunfalista de logros parciales o insignificantes y la misma publicidad subliminal, van moldeando el cerebro de millones de televidentes que, persuadidos de la bondad de un sistema, o simplemente fatigados, pero, en todo caso, incapacitados para pensar por su cuenta, terminan por hacer dejación de sus deberes cívicos, encomendando al Estado-Padre hasta las más pequeñas responsabilidades comunitarias. En este mismo sentido actúa la organización del trabajo a que antes aludía. La rutina laboral genera el gregarismo en los ocios, de forma que todos los hombres se procuran análogas distracciones y unos mismos estímulos, por lo general, no fecundadores, ni liberadores, ni enaltecedores de los valores del espíritu. El hombre, de esta manera, se despersonaliza y las comunidades degeneran en unas masas amorfas, sumisas, fácilmente controlables desde el poder concentrado en unas pocas manos. Es obvio que no en todo el mundo las circunstancias mencionadas operan con la misma intensidad pero, a mi juicio, sirven como exponentes de los riesgos lamentables que comporta la malintencionada explicación de la técnica a la política y la sociología.

La avidez de poder, a nivel internacional, desata aún mayores riesgos. La vieja carrera de armamentos ha cambiado de signo. Hoy, como he dicho, no es más fuerte quien más armas tiene sino quien las tiene mejores. El objetivo de los pueblos en competencia es acertar con un arma lo suficientemente eficaz como para resolver un conflicto en pocos minutos, aun poniendo en peligro la vida sobre el planeta. Tal arma ya está a disposición de seis o siete potencias y el resto de los países se limitan a procurar conseguirla o a observar, aterrados, los tira y afloja del juego político internacional, a conciencia de que un gesto mal interpretado o un simple error puede desencadenar la catástrofe. Se aducirá que la marcha hacia la paz es hoy más firme que hace diez años, pero como dice Marías [Julián Marías] no basta con que nadie quiera la guerra, si «se quiere poder hacerla». Porque, si bien se considera el problema, a la guerra fría de ayer ha sucedido una paz casi fría, casi más negativa que la situación anterior, ya que esta paz congelada demuestra nuestra incapacidad, o sea que, en vista de que una fraternidad cálida y universal parece fuera de nuestro alcance, nos resignamos a aceptar el miedo como garantía de supervivencia.


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miércoles, 4 de mayo de 2016

Tomado de Lo Mejor de Chumy Chúmez (1992)

La Vida Es Sueño


Ayer tuve el siguiente sueño: «Yo dormía tranquilamente cuando me despertó la inmisericorde puñalada sonora del despertador. Me levanté como un autómata, y como un autómata me lavé, me afeité y me sorbí el café descafeinado de todos los días mientras oía la radio. Luego fui a la oficina, donde ocupé mi silla de siempre, leí la prensa deportiva y ojeé unos papeles durante las interminables horas de mi aburrimiento ministerial. De repente, en el sueño, la misma inmisericorde puñalada del despertador me volvió a la vida, en la que entré sudando de angustia y con una zozobra que no puedo describir.»

A tientas, ya despierto, me levanté como un autómata, y como un autómata me lavé, me afeité y me sorbí el café descafeinado de todos los días mientras oía la radio. Luego fui a la oficina, donde ocupé mi silla de siempre, leí la prensa deportiva y ojeé unos papeles durante las interminables horas de mi aburrimiento ministerial.

Ahora estoy en casa. Ya  he vuelto a la oficina y, como siempre, contemplo las miserias del mundo a través de la televisión. Pronto me acostaré y volveré a soñar, estoy seguro, el mismo sueño de todas las noches, el sueño terrible, en el que al final sonará la citada inmisericorde puñalada que me vuelve al mundo para que, como un autómata, me lave, me afeite y sorba mi café descafeinado mientras oigo la radio. Y así será por toda la breve eternidad de mi vida. Ese es mi destino por ser hombre.

No sé cuándo estoy vivo o cuándo estoy soñando. La psicóloga de la empresa me ha dicho que no me preocupe, que a ella le pasa lo mismo, que ella también sueña todas las noches que un timbrazo sobrecogedor le despierta y que también ella se levanta como una autómata, y como una autómata se lava y se peina y toma un agrio café descafeinado mientras oye la radio. Y que va a la oficina a ver gente como yo que tiene ese sueño terrible, porque todos, absolutamente todos los empleados de la empresa en que me consumo sueñan y viven la dramática historia de la monotonía.

Me he quedado tranquilo con sus explicaciones y a partir de hoy sabré ser feliz con el destino que los dioses han elegido para que yo tenga ocasión de ensalzar su generosidad y su grandeza.



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Cerdos, Hombres, Ratas

Hace dos millones de años, mes más o mes menos, existían dos especies de homínidos: los Australopithecus robustus y los Homo habilis, que, entre otras cosas, se diferenciaban –decía Isaac Asimov en las páginas de ABC hace un par de semanas– en que los robustus eran herbívoros y los habilis comían de todo. Pues bien, el herbívoro se extinguió en un par de milenios de malas cosechas, y el habilis anda tan contento leyendo las páginas de ABC, gracias a su capacidad de deshacer todo  lo que consigue llevar a su estómago. Los omnívoros –añadía Asimov– poseen esa enorme ventaja. Y concluía con una información tenebrosa: los principales omnívoros contemporáneos somos nosotros –los hombres–, los cerdos y las ratas. Una de esas tres especies de glotones será probablemente la dueña del mundo dentro de otros dos millones de años, mes más o mes menos, como digo.

Si seguimos reproduciéndonos al ritmo con que lo estamos haciendo en los últimos tiempos y aniquilando la naturaleza con nuestra voracidad, dentro de unos años sólo quedaremos digeribles los miles de millones de hombres que poblaremos la tierra, los miles de millones de ratas que duplican, dicen, la población humana y los pobres cerdos, que serán los primeros en ser extinguidos en la fenomenal batalla que se organizará por la supervivencia.

Nosotros, desde hace milenios, ya nos estamos comiendo a los cerdos, que hasta ahora, que yo sepa, sólo se han comido un par de docenas de niños de pecho acostados en cunas mal vigiladas.

Las ratas, hundidas en las alcantarillas, viven de lo que nosotros les ofrecemos generosamente ya digerido, pero en cualquier ocasión en que el hombre flaquea salen a la calle a adueñarse de lo que creen seguramente que es suyo. Las ratas son los únicos proletarios que quedan vivos y con sentido de clase en el mundo capitalista.

Sin duda vencerá el hombre, que se comerá a las ratas y a los cerdos; y luego, tras dos o tres nuevos milenios, acabará por comerse a sí mismo, para gloria y continuación de la especie.

Y si no, al tiempo. Ya están advertidos. Coman ratas y cerdos si quieren ser algo el día de mañana.



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Yo No Soy Abyecto

El otro día un amigo, sin causa alguna que lo justificase, me dijo que yo era abyecto. No que mi comportamiento con él fuese abyecto, sino que yo personalmente era abyecto. No quise irritarle más de lo que estaba por culpa de mi lío con su mujer y sus hijas y de los veinte millones que le debo, y me callé.

Ahora, aquí en el silencio de mi estudio, una sorda irritación me invade cuerpo y alma cuando recuerdo que he sido tachado de abyecto sin serlo. Al menos yo no descubro en mí ese defecto.

Soy feo, ladrón, lascivo, egoísta, corruptor de menores, falsario, homosexual, falsificador de moneda, estafador desde mi situación financiera, servil, adúltero, homicida, instigador de los abortos de mis innumerables amantes, traficante de blancas, prestamista a intereses abusivos, prevaricador, traficante de drogas, adulterador de los productos que fabrico en mis empresas alimentarias, cruel con quienes se enfrentan a mis intereses, brutal, sádico a veces, vanidoso, difamador, codicioso y seguramente también soy portador de las pasiones que desatan los siete pecados capitales. No lo niego porque sé reconocer mis pequeños defectos. Pero con la misma firmeza que acepto ser lo que reconozco ser, niego ser abyecto. No tolero que se me acuse de algo que carece de objetividad. Yo no soy corruptor de menores, por ejemplo. Eso es un hecho objetivo. De eso me podía haber acusado mi amigo, que conoce mis relaciones con sus hijas. Yo habría aceptado dignamente su apelativo. Pero lo de abyecto no puedo consentirlo porque es una estimación subjetiva que me ofende profundamente.

¡Con qué facilidad juzgamos a los demás sin conocerlos! Aquí, desde la soledad de mi estudio, intento saber por qué me habrá llamado abyecto, por qué me acusa de abyección, qué razones le autorizan a sentirse autorizado a achacarme esa vagorosa, digamos, «abyeccidad». No lo comprendo. Me ha tratado como a un insecto.

Y eso que ignora lo de mis relaciones sexuales con su abuela.

Chumy Chúmez_En La Milicia Universitaria

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