Jorge
Franco
«El
Mundo de Afuera»
[Fragmento]
«Isolda
sale al jardín con la minifalda roja. Lleva una blusa blanca anudada arriba del
ombligo y unos zapatos de tacón alto de su mamá. Camina sobre el piso
adoquinado como un potro recién nacido. Abre los brazos para mantener el
equilibrio. Está sonriente y feliz de haberse librado de sus vestidos de muñeca
antigua.
La
institutriz la llama desde adentro con alaridos en alemán, pero Isolda no le
hace caso. Trata de caminar más rápido, apoyada al muro y muerta de la risa.
(…) Nosotros
seguimos intentando bajar los racimos de corozos con una vara larga de guadua.
Ya tenemos suficientes, pero queremos más. Nos subimos en hombros, aunque lo
que ganamos en altura lo perdemos en estabilidad. Mientras más enredo, más risa
nos da. De pronto nos sorprende una música a todo volumen. No es como la que
suena normalmente en el castillo. Esta es tropical, de parranda, más parecida a
la que Guzmán pone bajito en su radio mientras jardinea. La canción se corta. Isolda sale de la casa de muñecas
con la misma vestimenta pero con la cara muy maquillada. Da unos pasos hacia
los arbustos donde estamos escondidos. Ella abre los brazos y dice en voz alta:
-Señoras
y señores, bienvenidos al show más original del continente. Desde las termas de
Caracalla, pasando por el teatro Lido de París, ahora, finalmente en Medellín,
¡el gran show de Isolda!
Termina
el anuncio y vuelve a entrar a la casita. Nos miramos perplejos. ¿Nos hablaba a
nosotros? Corramos, dice alguno, pero nadie, ni siquiera el que lo dijo, se
mueve de donde está.
Isolda
vuelve a salir, descalza y con un tocadiscos portátil, de esos que están muy de
moda. Y otra vez camina hacia nosotros. Nos miramos y creemos que, ahora sí,
debemos salir corriendo.
-Atención,
por favor –dice ella- , Your attention,
please. Darf ich um Ihre Aufmerksamkeit bitten. Votre attention s’il vous plaît.
Pone el
tocadiscos en el suelo y, con el mismo volumen de antes, suena la canción que
habíamos oído hace un momento. El jardín se llena de música caliente e Isolda
empieza a moverse con los ojos cerrados. Voltea las manos, dobla las rodillas y
balancea la cabeza. Menea tímidamente la cadera, pero cuando suenan las
trompetas suelta los pies, abre los ojos, sube los brazos, sacude el pelo y
arranca a contonearse sin freno.
Alguno
de nosotros se ríe pero ella no lo oye, o se hace la que no lo ha oído.
Boquiabiertos, la vemos subir y bajar, contonearse y zarandear los hombros. Se
envuelve en ella misma y el pelo la sigue en espiral. Gira con naturalidad,
como si el viento la ayudara a desenvolverse, y da dos pasos a un lado, otros
dos al lado contrario, luego adelante, después atrás, metida en su baile,
meneando siempre su minifalda roja.
Sin
darnos cuenta vamos saliendo de los arbustos. Isolda sigue girando. Gira y
gira, sacude los hombros y los brazos hasta que termina la canción. Agitada, se
agacha y levanta la aguja del tocadiscos. Se pone de pie, muy derecha, y se
acomoda la minifalda, que se le había escurrido un poco. Parece que espera un
aplauso, pero ninguno de nosotros se atreve. Nos miramos sin saber qué hacer. A
alguno se le escapa, otra vez, una risa y ella baja la cabeza, achantada. El
pelo le cubre parte de la cara.
-¡Corran!
–dice uno de nosotros.
Algunos
salen en carrera y los que quedamos no entendemos por qué se fueron. Isolda
levanta la mirada, todavía jadeando por el cansancio, separa su pelo y se lo
echa hacia atrás. De los tres que estamos solo me mira a mí. A los ojos. Y
antes de que yo pueda entender qué me dice con su mirada, detrás de ella
aparece Guzmán con un machete en alto y grita, ¡fuera, lárguense, fuera de
aquí! A pesar de que nos conoce, cubre a Isolda como un escudo, volea el
machete al aire y grita otra vez, ¡váyanse de aquí, culicagados! La toma del
brazo y la escolta hasta el castillo. Mientras se la lleva, Isolda no deja de
mirarme.
(…)
Aunque solo la vimos nosotros, todos terminaron por enterarse del show que nos
hizo Isolda con la minifalda roja. Alguno se lo habrá comentado a una hermana,
y ella a la mamá, y la mamá a la vecina, y así se habrá regado la historia que
yo quería guardar con tanto celo. Nadie mencionó, de todas maneras, los
segundos eternos que Isolda se quedó mirándome. De eso no le hablé a nadie,
aunque sí me habría gustado que se hubiera sabido. Mi timidez no me da para
ufanarme de una mirada.
También
volvieron a insinuar que Isolda estaba loca por el encierro, que había heredado
los genes atrevidos de su mamá alemana, que se había vuelto hippie, que a nadie
se le hacía raro luego de los peinados con los que aparecía a veces. Yo la he
defendido lo más que he podido, sin que se me note que a partir de aquella
mirada, mi vida es distinta.
Todas
las tardes voy hasta el lindero por si sale de nuevo y la espero hasta las seis
a ver si ella sube al bosque. Pero ni siquiera la he vuelto a ver asomada a la
ventana. A veces me silban de algún lado y me emociono porque creo que es una
señal de ella, pero el silbido se pierde entre los árboles y cambia de un lugar
a otro.
(…)
Subo hasta donde termina la cerca y me encuentro unos matorrales muy espesos
alrededor del bosque. Logro entrar pero no sé hacia dónde ir. Busco el centro,
o lo que creo que es el centro del bosque. Avanzo y veo una senda. De pronto
aparece ella, viene de más arriba, corriendo entre los árboles. Se asusta
cuando me ve. Mejor dicho, nos asustamos los dos. Tal vez yo más porque no la
reconozco. Tiene su vestido de viaje y los zapatos de charol sucios de tierra.
Tiene la misma mirada que cruzó conmigo cuando nos bailó, la misma tristeza,
pero trae el pelo corto, así como el mío, y desordenado, como si se lo hubieran
cortado a tijeretazos. Sobre los hombros le quedan mechones largos que el
viento se lleva. Me mira mientras toma aire para reponerse. Hola, le digo por
decir cualquier cosa. Camina hacia mí, decidida, me agarra la cara duro con las
dos manos y me estampa un beso rápido en la boca. Luego corre bosque abajo,
hacia donde vienen las voces que la llaman, apúrate, Isolda, que nos va a dejar
el avión.
Me
parece que la siguen unos conejos entre los arbustos.
(…) La
muerte se enamoró de la princesa de quince años, se le metió en el cuerpo, le
invadió el sistema nervioso y se la llevó sin que pudiera despedirse de sus
padres, sin que yo pudiera verla por última vez, sin que ella misma se diera
cuenta de que moría.
La
noticia voló loma abajo y como no la creí, corrí hasta el castillo para
desmentir semejante despropósito. Había mucho silencio. No se oía ni el bosque.
Ni yo mismo oía mis jadeos por el cansancio. Ni el agua en las fuentes ni la
que baja por el arroyo. Ni un solo pájaro. Era como si todo se hubiera muerto
en el castillo. No vi a nadie afuera ni detrás de las ventanas. Hasta que el
misterio lo rompió un llanto desgarrado. Venía de adentro y se quedó pegado en
el aire tanto tiempo que tuve que taparme los oídos para volver al silencio. No
podía ser sino de su madre.
Regresé
a mi casa hecho un nudo y allá no se hablaba de otra cosa. Supe, por primera
vez, del mal que se había llevado a Isolda. Un síndrome que cada quien
pronuncia a su manera. Guillain-Barré, así lo escribían en la enciclopedia.
Vi en
el techo de mi cuarto, una a una, las imágenes que conservo de Isolda.
Corriendo, trepando, bajando en bicicleta, perdiéndose en el bosque, con los
pies metidos en la fuente y el vestido levantado hasta los muslos y, la más
importante, la del beso brusco en la mitad del bosque. No podía imaginarla
muerta, pero antes de dormirme, muy en la madrugada, por fin entendí que solo
podía morirse de una muerte rara, como una princesa de cuento.
Quise
volver al castillo, después de salir del colegio, pero me contaron que don
Diego y su esposa se habían ido muy temprano y con equipaje. Que no se sabía
nada más. De todas maneras subí y al único que vi fue al nuevo jardinero, que
cortaba todas las rosas de los rosales.
Pasó
una semana. Escuché que los señores regresaban con el cadáver de Isolda, el
viernes, en el último vuelo. ¿Y si todo es mentira? ¿Si es un chisme como los
que suben y bajan a diario por la loma? ¿Y si Isolda está viva?, ¿tal vez
enferma pero viva?
Subo a
toda carrera. Hay un grupo grande junto a la reja de la entrada y muchos
curiosos regados por los linderos. Adentro hay varios carros y dos familiares fumando
en el porche. Se oye todo tipo de cosas: no fue una enfermedad, la mató la
soledad en el extranjero. Se murió de tristeza en un internado. La traen
embalsamada. Que la van a enterrar aquí mismo, en el castillo, que van a
convertir la casa de muñecas en un mausoleo. ¿Eso qué es?, pregunta alguien.
Debe ser como un museo, responde otro. Que la van a sentar embalsamada frente
al piano, dice alguno. Que adentro hay más de cien coronas de flores. Eso sí
parece cierto. Hasta afuera llega el perfume triste de los cementerios.
-¡Ahí
vienen, Ahí vienen! –gritan varias personas.
El
carro mortuorio trae las luces prendidas. Viene primero en la caravana, seguido
por la limusina. La gente se arremolina a la entrada. El jardinero cierra la
reja apenas pasa el último carro. Todos nos quedamos callados y quietos, como
en misa. Los de la caravana se están bajando de los carros, también en
silencio. De la limusina salen, vestidos de negro, don Diego y su señora. Casi
no se les ve la cara, pero no hace falta más luz para imaginar sus expresiones.
Los de la funeraria sacan con cuidado el ataúd blanco, que resplandece en la
penumbra de la tarde. Me tiemblan los labios. Trato de evitarlo, pero se me
encharcan los ojos. Las mujeres se limpian las lágrimas con pañuelos. Cuatro
hombres, de saco y corbata, suben el ataúd por las escaleras de piedra. Detrás
de mí, en algún lado, alguien se suelta a llorar. Miro y no veo a nadie. Tal
vez no quiere que lo vean, y llora escondido entre los árboles.
Ya no
llora, pero me parece que reza.»
![]() |
| Jorge Franco, Escritor Colombiano Nacido en Medellín. Autor de "El Mundo de Afuera" (2014) |
***

















