Quizá Sea El Fin
[Fragmento]
Por: Ernesto Sabato
Tomado de «Antes Del
Fin» (1998)
Veo las noticias y
corroboro que es inadmisible abandonarse tranquilamente a la idea de que el
mundo superará sin más la crisis que atraviesa.
El desarrollo facilitado
por la técnica y el dominio económico, han tenido consecuencias funestas para
la humanidad. Y como en otras épocas de la historia, el poder, que en un
principio parecía el mejor aliado del hombre, se prepara nuevamente para dar la
última palada de tierra sobre la tumba de su colosal imperio.
“Indudablemente, cada
generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que
no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el
mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta en la que se mezclan las
revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las
ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo
todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al
servicio del odio y la represión”. En el ocaso del siglo XX, cómo dudar de la
veracidad de estas palabras de Camus. Sin embrago, hay quienes pretenden seguir
hablando acerca del progreso de la Historia, en un acto suicida que pretende
mirar de soslayo el patético legado racionalista.
La historia no progresa.
Fue el gran Gianbattista Vico el que lo dijo: “Corsi e recorsi”. La historia está regida por un movimiento de
marchas y contramarchas, idea que retomó Schopenhauer y luego, Nietzsche. El
progreso es únicamente válido para el pensamiento puro. Las matemáticas de
Einstein son evidentemente superiores a las de Arquímedes. El resto,
prácticamente lo más importante, ocurre de la corteza cerebral para abajo. Y su
centro es el corazón. Esa misteriosa víscera, casi mecánica bomba de sangre,
tan nada al lado de la innumerable y laberíntica complejidad del cerebro, pero
que por algo nos duele cuando estamos frente a grandes crisis. Por motivos que
no alcanzamos a comprender, el corazón parece ser el que más acusa los
misterios, las tristezas, las pasiones, las envidias, los resentimientos, el
amor y la soledad, hasta la misma existencia de Dios o del Demonio. El hombre
no progresa, porque su alma es la misma. Como dice el Eclesiastés, “no hay nada
nuevo bajo el sol”, y se refiere precisamente al corazón del hombre, en todas
las épocas habitado por los mismos atributos, empujado a nobles heroísmos, pero
también seducido por el mal. La técnica y la razón fueron los medios que los
positivistas postularon como teas que iluminarían nuestro camino hacia el
progreso. ¡Vaya luz que nos trajeron! El fin de siglo nos sorprende a oscuras,
y la evanescente claridad que aún nos queda, parece indicar que estamos
rodeados de sombras. Náufrago en las tinieblas, el hombre avanza hacia el
próximo milenio con la incertidumbre de quien avizora un abismo.
En 1951 publiqué Hombres
y engranajes. Desgraciadamente, se ha cumplido aquella intuición por la que
recibí tal cantidad de críticas por parte de los famosos progresistas que,
durante diez años, me quitaron los deseos de volver a publicar.
Más de cuarenta años han
pasado desde la aparición de aquel balance espiritual de mi existencia, escrito
en medio de las grandes convulsiones del mundo. Ahora, gran parte de lo que
allí expuse es una escalofriante realidad. Muchos de los que entonces me
atacaron y me ridiculizaron, acusándome de oscurantista, recién están
comprendiendo el mundo atroz que hemos engendrado.
Allí expuse mi
desconfianza y mi preocupación por el mundo tecnólatra y cientificista, por esa
concepción del ser humano y de la existencia que empezó a sobrevalorarse cuando
el semidiós renacentista se lanzó con euforia hacia la conquista del universo,
cuando la angustia metafísica y religiosa fue reemplazada por la eficacia, la
precisión y el saber técnico. Aquel irrefrenable proceso acabó en una terrible
paradoja: la deshumanización de la humanidad. En ese libro, hace más de medio
siglo, escribí:
Esta paradoja, cuyas últimas y más trágicas consecuencias
padecemos en la actualidad, fue el resultado de dos fuerzas dinámicas y
amorales: el dinero y la razón. Con ellas, el hombre conquista el poder
secular. Pero –y ahí está la raíz de la paradoja- esa conquista se hace
mediante la abstracción: desde el lingote de oro hasta el clearing, desde la
palanca hasta el logaritmo, la historia del creciente dominio del hombre sobre
el universo ha sido también la historia de las sucesivas abstracciones. El
capitalismo moderno y la ciencia positiva son las dos caras de una misma
realidad desposeída de atributos concretos, de una abstracta fantasmagoría de
la que también forma parte el hombre, pero no ya el hombre concreto e
individual sino el hombre-masa, ese extraño ser con aspecto todavía humano, con
ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca
maquinaria anónima. Este es el destino contradictorio de aquel semidiós
renacentista que reivindicó su individualidad, que orgullosamente se levantó
contra Dios, proclamando su voluntad de dominio y transformación de las cosas.
Ignoraba que también él llegaría a transformarse en cosa.
***
