viernes, 20 de febrero de 2015

Pensar A La Antigüita

En mi artículo de bienvenida a este nuevo Blog, explicaba que por haber formateado el computador, infortunadamente se perdieron los borradores de artículos que tenía pendientes para actualizar mi antiguo Blog. Esto pasó en gran parte por mi culpa, por no tener la precaución de guardar en discos compactos o en memorias USB, estos archivos. En adelante, voy a procurar hacer esto, para no volver a pasar por este trago amargo. Porque la verdad, la piedra, el desaliento y la frustración que se sienten es mucha.

Nunca me he considerado un gran lector, soy un lector promedio, pero sí puedo decir que hubo una época en la que era un lector compulsivo; ¡leía hasta tres libros simultáneamente! Hoy en día me he vuelto un poquito perezoso. Sigo leyendo, pero soy más pausado, sin prisa. Me apasiona la Literatura, la Gran Literatura. Pero, también me he encontrado con joyas literarias publicadas en tabloides, revistas, folletos, etc. Firmadas por autores conocidos, desconocidos o no tan conocidos; expresadas en artículos, ensayos y pequeños párrafos.

En alguna ocasión escuché una frase o la leí, no lo recuerdo, que rezaba: “El que escribe, lee dos veces”. Atendiendo esa sentencia; en la época en la que era un lector compulsivo, me dí a la tarea -para mí muy placentera- de llenar unos cuadernos con fragmentos de todo el material de lectura que caía en mis manos, los llamé Pandemonium. Los llamé así en homenaje a la obra inmortal de John Milton, “El Paraíso Perdido”; para los que conocen esta obra, Pandemonium es la capital imaginaria del infierno. Pero también los llamé Pandemonium (o Pandemonio), porque esta palabra describe un lugar en el que reina una gran confusión y desorden. Utilicé este término, porque estos cuadernos (que por cierto algunos se me extraviaron), contenían apuntes al derecho y al revés. Apuntes de todo tipo; Arte, Poesía, Literatura, Filosofía, Cine, Rock, Ciencia, Metafísica, Teología, Ufología, Antropología, Arqueología, Sociedades Secretas, etc. No continué llenado estos cuadernos, porque los entrañables cuadernos que compraba para atesorar todo este pensamiento, los descontinuaron. Eran unos cuadernos de línea corriente (no cuadriculados) muy sencillitos. Ahora se venden unos cuadernos muy lujosos, muy caros, muy ostentosos. Cuadernos laminados, preforrados, argollados, y otros perendengues que no son de mi agrado. No tienen la magia que sí tenían los cuadernos que yo llenaba.

Me tomaba mi tiempo transcribiendo a mano textos completos o fragmentos que encontraba interesantes. También me tomaba mi tiempo transcribiendo, porque procuraba que la letra me quedara bonita; mi letra es mayúscula, y cuando escribo muy rápido, me queda prácticamente ilegible, parece un jeroglífico. Solamente yo la entiendo. Al margen de esto, algunos textos los transcribí en máquina de escribir, aclarando que lo mío es la chuzografía. No tengo ni idea de mecanografía.

Como ven, mi mente aún piensa a la antigüita. Ya podrán ir entendiendo mi tristeza, mi rabia y mi frustración. La gran mayoría de los textos los transcribí. Me tomé mi tiempo para hacerlo. No fue cosa de copiar y pegar. No. Repito: “El que escribe, lee dos veces”. Me gusta sentir el sabor de las palabras, tanto leyendo como escribiendo.

Otra cosa es que hoy en día la asistencia a las Bibliotecas, ya no es la misma de antes. A mucha gente le da pereza consultar un libro. Hay personas que todavía lo hacen, pero es casi ya como una cofradía, como una orden religiosa. Con las nuevas tecnologías, muchos creen que en la Internet lo van a encontrar todo. Digamos con toda justicia, que esto es parcialmente cierto. Pero en la práctica nos damos cuenta que no es así. Mucha información valiosa hay que buscarla en la fuente real; los libros. Además, para los amantes de los libros, no sólo de la literatura en sí, el contacto con un libro, es algo mágico, poético, poderoso.

En mi mundo, no tengo acceso a todos los libros que quisiera, pero a los pocos que sí, he tratado de sacarles el mayor jugo posible, y compartir la experiencia. Esta experiencia la comparto con muy pocas personas, porque no todos sienten ni piensan como uno. Ahora, con el tiempo, alguito se le ha quedado a este su humilde servidor, y empiezan a nacer en mi corazón y en mi mente, cosas por decir, cosas por compartir. Por eso también la idea de crear este Blog, este diario, esta bitácora, esta ventana al mundo, esta versión 2.0 del Pandemonium.

Algunos textos, reconozco que son bastante extensos, pero es que hay artículos, que por su importancia, creo yo, que deberían transcribirse en su totalidad. Por eso, he tratado de hacerlos agradables a la vista; con una fuente la más parecida a la de los libros, y también amenos al leerlos, que su lectura no sea pesada. Que no sean muy ladrilludos. También, como soy consciente que muchas personas tienen los ojos igual de cansados que los míos (estoy en mora de adaptarme gafas), he procurado que el tamaño de la fuente sea grande. He tenido oportunidad de visitar páginas de Internet, con una letrica como para que únicamente Superman las pueda leer.

Por amor al viento, tengo el cabello largo. Siento que el tiempo se me está acabando. En mi cabeza están empezando a aparecer unas hebras de plata, largas, muy bonitas. Pero aún siento mi corazón, mi mente y mi alma, llenos de sueños, ideas, preguntas, ganas de vivir, ganas de aprender, ganas de conocer y mucho por compartir.

Gracias por haberme escuchado. Nos videamos!


VELCARDO ROCK – 2015.
ALEJA
Por: Jaime Cano
[Fragmento]

Este Cuento Erótico

Nuestros abuelos prehistóricos, artistas rupestres, pintaron a sus Evas en las paredes de las cuevas que habitaban. Iniciaron así, quizá sin proponérselo, la expresión estética del erotismo, uno de los aspectos más inagotables de la compleja sicología humana. Erotismo que miles de años después no terminamos de recrear. Este cuento nos habla del acto amoroso que nos llena de sensibilidad, significado y satisfacción. Pero que, enfrentándonos a nuestra vulnerabilidad, puede llegar a ser fatal. Juegos eróticos que, creemos, que nos salvan de la soledad y la cotidianidad de la vida contemporánea. Entre la modesta obra de este autor –varias veces premiada- este relato posmoderno, minucioso, audaz, compacto Kama Sutra, es uno de sus mejores trabajos.
A. Mora

El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo.
Jorge Luis Borges

1NO
«Salgo de la terminal, he despedido a Esperanza, y entro en el microbús Montebello S1. Me conducirá por la floresta de la avenida del río, río arriba; luego, con la brisa y la noche que bajan de los cerros, girará hacia el sur y recorreremos la veloz 5ª. En las blancas paredes del Cementerio Central, y en fucsia, leeré: ¡Almas benditas no permitan que el Presidente y las multinacionales se roben Telecom! En el hospital infantil, abundantes luces decembrinas, me bajaré. Gambeteando remolinos de hojas secas entre sombras de almendros y palmeras, cuadras adentro del Miraflores de este Caliamistoso, estaré en mi apartaestudio. En el micro soy el segundo pasajero. El otro, un rostro que apunta hacia la calle. Un poco por embromar, un tanto por provocar la situación, me siento a su lado. La Buseta de la Bella Durmiente, plagio. Pero resulta que no es una durmiente, ni una autista-sin-causa, es una ausente pensando-en-mis-problemas: Soy Alejandra. Voy para Utopía, en busca de un tío…

(Alejandra: femenino de Alejandro. Del griego Aleixen que significa proteger y Andros, hombre. Protectora de los humanos).

Blanca, cabellos oscuros, y en extremo sedosos, más tarde lo sabré. Sus ojos orientales o indígenas, que tanta fascinación me producen, plenos de ternura, me estacionan en un enamoramiento instantáneo, charleschaplinesco. Nariz menuda y sonrisa fácil. En conjunto rostro de belleza discreta, por suerte sin maquillaje. Sicóloga, del Instituto Infantil, Adopciones. En resumen, un eslabón de la cadena que oficializa tráfico de niños. Venía del sur del país. Previendo un asalto de delincuencia común había guardado su bolso de mano en el equipaje de la bodega. Un retén de la guerrilla retuvo el superbús, equipajes incluidos. Paciencia y autostop. Las monedas mendigadas en la Terminal y la antigua memoria de la dirección de un tío intentaban ubicarla, a esas horas de la noche, en un barrio taciturno de una ciudad para ella desconocida. Se aproximaba mi paradero. La impotencia me impedía levantarme de mi puesto para abandonarla a su suerte. Pero, ¿qué podía ofrecerle un solitario como yo?, un simple hombre de a pie, peor: de a bus. Segundos antes de apearme le alcancé mi tarjeta.

DO2
Una voz desconocida y unos nudillos salidos de hora llamaron tímidos a la reciente puerta de mi sueño. Nadie daba razón del tío. ¡Ni más faltaba! Aún sobrevivía algo de mi maltrecha socialbacanería medio agotada en tantos años de maltrato con mezquinas y tránsfugos en la ya lejana Bogotá, la fría ciudad de los individuos. Pero no sólo era mi anarcocheverismo. Sería solidaridad-solidaridad con una compatriota en apuros, en tenis, en jeans. Con muy lactosos senos tallas más que las de su cuerpo, contenidos apenas por un mínimo estraples negro. Bien puestos, y lo mejor: bien llevados. (Existen mujeres que ni lo uno ni lo otro. Y otras que, peor aún, con senos tristes se empeñan en trastearlos miserablemente). Y caderas-caderas, no esas escuálidas colitas de las anoréxicas de moda para concursos de belleza. Sí, desinteresado altruismo. Colchón extra al piso, al lado del mío. 11:00 p.m., biografía abreviada, único tomo: en Medellín, una madre con la que mal se comunicaba, y su hijo, de edad incierta, de cuyo parto sobrevivió. En la lluviosa capital del país, un borroso esposo que luego perfilaría más: médico, poder y celos que le exigían dejara de trabajar, y del que preferiría no volver a hablar. 12:00 p.m., le pido que se duerma, si es posible pedirle que se duerma a alguien que está dormida. Puso su cabeza para cualquier norte. Trasladé mi almohada para otro, evitando paralelismos sospechosos. Y, por primera vez en muchos años, dormí con ropa interior.

TR3S
Saludo matutino. Agradable sensación de mutua confianza, de amistad añeja. Pero sólo cuando obtuvo mí ¡Por supuesto! Vino a conversarse a mi “cama”, recostada a la pared, a mis pies. Entre palabras varias y sonrisa fácil llegó hasta mi cabecera. Espontánea y honesta acercó su mano para redibujar mi rostro. Roce etéreo, ritual. Y fijó sus ¡Oh! Ojos en mi pecho. Se habló, se ablandó, se abandonó. Se hablandonó. Estiró su brazo y, como quien intenta rozar una superficie que no focaliza, planeó su palma por la pradera peluda de mi pecho (pura prosa podrida). De la cara al cuerpo, de lo social a lo privado, de lo permitido a lo prohibido, recordé. También recordé mi texto: Las historias de amor, esos actos heroicos, ya no le eran posibles, creía. Pero sí su realización erótica, esos actos poéticos, esos instantes para exorcizar soledades, y recrear lo eterno. No tuve que luchar por mantener firme mi actitud de amigo solidario. Entonces: obra a las manos, pensé. Peiné en sus piernas, por suerte sin afeitar, la suave felpa. ¡Quédate quieto!, ordenó, y se inclinó sobre mí. Su aliento inició un perfil desde la raíz de mi cabello en la frente, omitió mi ceño pensativo. Fue por entre las cejas, desdeñó mi entrecejo fruncido. Mullidos masmelos sobre cada ojo cerrado. (En un momento como éste debería sonar “Songbird” de Kenny G., pero ir a ponerlo sería, entre otras cosas, demagogia). Corto galope de besitos por mi caballete. Yegüita acrobática de la ternura-ternura, pensé. Su aliento no me olió a perfume de, me olió a sabrosa saliva. Punta de lengua, punta de pie clásico, en perimetral por mi boca. Si, sabrosa saliva, boca a boca, azuquitar para el alma. Asalto a lo alto de la barbilla, mordisco o su simbología. Andinismo, caída libre hacia el cuello. Tú me diste manzana, yo te doy manzana, pensé. Ahora hematófaga. Yo que creía que mi cuello era estéril, como mis oídos. Oye: escalofríos tibios expirados, lóbulo lamido febril. Oye: susurros fríos aspirados, ídem. Hematófaga bis. Traqueotomía lingüística. Cadena de bocas por mi tórax. Circunvalar alrededor de mis tetillas que irguieron su pequeña alerta. Con su lengua timbra en mis pezones, toca campanitas. Sus dientes pulsan las puntas. Luego, grande la boca, a fondo, para bebérselas con alerta, pelos y todo. Comió mis costillas ¾. Exploraciones cronópias en el pozo de mi ombligo, lástima no tener a mano un buen trago fuerte para bajar tanto jamón. Hambruna tercermundista en mis caderas. Venía del sur e iba hacia el sur, qué delicia. “El sur también existe”, recordé. (Ahora, amigos lectores, que sonara “The Great Gig in the Sky” de Pink Floyd). Ronroneos, rodeos, regodeos en torno al obelisco. La sangre hace su pequeño carnaval. La hambrienta desplazada deja la ingle nada insípida, siguiendo la femoral. La femoral: cinco segundos de sangrado y uno no se salva aunque esté en sala de urgencias. Entonces con cuidado, amor. Los muslos con más dientes que uñas. Más abajo la rótula baila y produce cosquillas. Siguiendo el filo ahora sí insípido de la tibia, los pies, y los dedos de los pies. Difícil contenerse ante la intensidad. Te quedas quieto o… ordena, asaltando con garras todo el sur, obelisco incluido. Sur que ahora no queda al sur, sino en mi apreciado centro. Pero, ¡el dedo gordo! Succión que siento subir por mi pierna, como dicen que se siente subir el veneno de la mordedura de ciertos animales. Me revuelco, o intento revolcarme, entre esta acuciante sensación y sus manos atenazantes que amenazan seriamente con arrancarme lo poco arrancable que tengo: mi: ¡Oh! Obelisco de su triunfo. ¡Mejor voltéate!, ordena. No te metas con las plantas de mis pies, por favor, le suplico (único lugar secreto donde se suponía tengo este tipo de sensibilidad). Bueno, benigna, la verduga. Casi todos poseemos uno, dos talones de Aquiles, y dos pantorrillas, muslitos de entremés. Ascenso más o menos rápido: las nalgas. Masajes, besos, mordiscos. Aradas de uñas en araña. Aleja, la antropófaga, se relame. Las separa despacio, expectante. (La intimidad, Mi intimidad. Bordeo los límites de mi pudor. Me consuela recordar que mi aseo raya en la asepsia). Y da inicio al más secreto de los secretos. A cada embestida de su lengua bajan hacia adelante oleadas que arden. Adelante mi viejo amigo se congestiona a reventar, doloroso. Afanosamente espera. Imagino mi sabor ocre en su boca. Pero el goce es más fuerte que los restos de mi pudor y el placer es un vicio y quiero más. Ruge el animal erótico, se desplaza. Caldeada esponja mojada alrededor de, encima de cada una, entre mis nalgas. Sé de la obsesión de algunas mujeres por las nalgas masculinas. “Menos mal que no tienen pene”, sí que cobran sentido mis palabras. Pero las palabras ininteligibles de ella andan por mis omóplatos (y no omoplatos). Suerte que no tuve a mano un trago fuerte. Pero sí tengo aceite para el cuerpo, que a veces uso. Y ella lo ha descubierto entre el colchón y la pared. Entre la espada y la pared, me parafraseo. El punteo, el hilo de aceite, dibuja figuras para mí ciegas. Sus manos tejedoras se untan, juntan, danzan, avanzan, leves, flexibles, rabiosas. Sus manos orfebres, sus manos caudalosas. Ahora sus senos saludan mis riñones, se deslizan espaldas arriba hasta hacerme una ortopedia en cuello. Sus pezones lubricados ejecutan escritura cuneiforme. Me encañona con dos volúmenes definidos. Los presiona, los aplasta, se escapan hacia mi/sus costados. De repente se aparta de mí. Casi puedo verlos suspendidos vibrando con plenitud ojival, así como deben pender furiosas sobre nuestras cabezas las ojivas nucleares. Hace rato perdí mis defensas, el escudo antimisiles. Vuelve felina, vuela la estática de su aliento sobre mi nuca. Reconozco mi vellosidad erecta desde mi corona hasta mis pantorrillas. Y otra vez las orejas y el cuello, mientras me requisa las sensaciones que escondo en mis axilas. ¡Voltéate! Oigo la orden dada a un tiempo con su voz y sus manos. Soy una presa sobre las brasas. ¡Voltéate! Es probable que mis restos posteriores ahora estén menos crudos. Comunicación caliente. Pienso en los imbéciles que se masturban por Internet: Nada peor que el sexo virtual, con un@ idiota real…»

Bogotá, noviembre 2002/Quito, junio 2003[*]

[*El año pasado viajé al sur y paré en P, fui al Instituto Infantil, averigüé con la Jefe de Personal. En sus 15 años en el cargo no han tenido una empleada de nombre Alejandra].

Jaime Cano. 1958, colombiano. 8 galardones literarios, modalidad cuento. Lic. En Lingüística y Literatura, UD Bta./95.

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miércoles, 18 de febrero de 2015

Tomás Carrasquilla

En la Diestra de Dios Padre

[Fragmento]

«…La caridá de Peralta fue creciendo tanto que tuvo que conseguir casas pa recoger los enfermos y los lisiaos; y él mismo pagaba las medicinas, y él mismo con su misma mano se las daba a los enfermos.

Esto llegó a oídos de su Saca Rial y lo mandó llamar. Los amigos de Peralta y la Peraltona le decían que se mudara y se engalanara hartísimo pa ir a cas del Rey; pero Peralta no hizo caso, sino que tuvo cara de presentársele con su mismito vestido y a pata limpia, lo mismo qui un montañero. El Rey y la Reina estaban tomando chocolate con bizcochuelos y quesito fresco, y pusieron a Peralta en medio de los dos, y le sirvieron vino en la copa del Rey qu’era di oro, y l’echaron un brinde con palabras tan bonitas, qui aquello parecía lo mismo que si fuera con el obispo Gómez Plata.

Peralta recorrió muchos pueblos, y en todas partes ganaba, y en todas partes socorría a los pobres; pero como en este mundo hay tanta gente mala y tan caudilla echaron a levantarle testimonios. Unos decían qu’era ayudao; otros, qui ofendía a mi Dios, en secreto, con pecaos muy horribles; otros, qu’era duende y que volaba de noche por los tejaos, y qu’ escupía la imagen de mi Amito y Señor. Toíto esto fué corruto en el pueblo, y los mismos qu’el protegía, los mismitos que mataron la hambre con su comida, prencipiaron a mormurar. Tan solamente el curita del pueblo lo defendía; pero nadie le creyó, como si fuera algún embustero. Toditico lo sabía Peralta, y nadita que se le daba, sino que seguía el mismito: siempre tan humilde la criatura de mi Dios. El cura le decía que compusiera la casa que se le estaba cayendo con las goteras y con los ratones y animales que si habían apoderado d’ ella; y Peralta decía: “¿Pa qué, señor? La plata qu’he de gastar en eso, la gasto en  mis pobres: yo no soy el Rey pa tener palacio”.

Estaba un día Peralta solo en grima en dichosa la casa, haciendo los montoncitos de plata pa repartir, cuando, ¡tun, tun! En la puerta. Fué a abrir, y… ¡mi amo de mi vida! ¡Qué escarramán tan horrible! Era la Muerte, que venía por él. Traía la güesamenta muy lavada, y en la mano derecha la desjarretadera encabada en un palo negro muy largo, y tan brillosa y cortadora que s’enfriaba uno hasta el cuajo de ver aquéllo! Traía en la otra mano un manojito de pelos que parecían hebritas de bayeta, para probar el filo de la herramienta. Cada rato sacaba un pelo y lo cortaba en el aire. “Vengo por vos”, le dijo a Peralta. “¡Bueno! –le contestó éste-. Pero me tenés que que dar un placito pa confesarme y hacer el testamento”. “Con tal que no sea mucho –contestó la Muerte, de mal humor- porqui ando di afán”. “Date por ai una güeltecita –le dijo Peralta-, mientras yo me arreglo; go, si te parece, entretenéte aquí viendo el pueblo, que tiene muy bonita divisa. Mirá aquel aguacatillo tan alto; trepáte a él pa que divisés a tu gusto”.

La Muerte, que es muy ágil, dió un brinco y se montó en una horqueta del aguacatillo; se echó la desjarretadera al hombro y se puso a divisar. “Dáte descanso, viejita, hasta qui a yo me dé la gana –le dijo Peralta- que ni Cristo, con toda su pionada, te baja d’es’horqueta!”.
Peralta cerró su puerta, y tomó el tole de siempre, Pasaban las semanas y pasaban los meses y pasó un año. Vinieron las virgüelas castellanas, vino el sarampión y la tos ferina; vino la culebrilla, y el dolor de costao, y el descenso, y el tabardillo, y nadie se moría. Vinieron las pestes en toítos los animales; pues tampoco se murieron.

Al comienzo de la cosa echaron mucha bambolla los dotores con todo lo que sabían; pero luego fue colando en malicia qu’eso no pendía de los dotores sino de algotra cosa. El cura, el sacristán y el sepolturero pasaron hambres a lo perro, porque ni un entierrito, ni la abierta di una sola sepoltura güelieron en esos días. Los hijos de taitas viejos y ricos se los comía la incomodidá de ver a los viejorros comiendo arepa, y que no les entraba la muerte por ningún lao. Lo mismito les sucedía a los sobrinos con los tíos solteros y acaudalaos; y los maridos casaos con mujer vieja y fea se revestían di una enjuria, viendo la viejorra tan morocha, ¡habiendo por ai mozas tan bonitas con qué reponerlas! De todas partes venían correos a preguntar si en el pueblo se morían los cristianos. Aquello se volvió una batajola y una confundición tan horrible, como si al mundo li hubiera entrao algún trastorno. Al fin determinaron todos qu’era que la Muerte si había muerto, y ninguno volvió a misa ni a encomendarse a mi Dios.

Mientras tanto, en el Cielo y en el Infierno estaban ofuscados y confundidos, sin saber qué sería aquello tan particular. Ni un alma asomaba las narices por esos laos: aquello era la desocupez más triste. El Diablo determinó ponerse en cura de la rasquiña que padece, pa ver si mataba el tiempo en algo. San Pedro se moría de la pura aburrición en la puerta del Cielo; se lo pasaba por ai sentaíto en un banco, dormido, bosteciando y rezando a raticos en un rosario bendecido en Jerusalén.

Pero viendo que la molienda seguía, cerró la puerta, se coló al Cielo y le dijo al Señor: “Maestro; toda la vida l’he servido con mucho gusto; pero ai l’entrego el destino; ¡esto sí no lo aguanto yo! ¡Póngame algotro oficio qui’hacer o saque algún recurso!”. Cristico y San Pedro se fueron por allá a un rincón a palabriase. Después de mucho secreto, le dijo el Señor: “Pues eso tiene que ser; no hay otra causa. Volvé vos al mundo y tratá a esi’hombre con harta mañita, pa ver si nos presta la Muerte, porque si nos embromamos”.

Se puso San Pedro la muda de pelegrino, se chantó las albarcas y el sombrero y cogió el bordón. Había caminao muy poquito, cuando s’encontró con un atisba que mandaba el Diablo pa que vigiara por los lados del Cielo, a ver si era que todas las almas s’estaban salvando. “¡Qué salvación ni qué demontres! –le dijo San Pedro-. ¡Si esto s’está acabando!”.

Esa misma noche, casi al amanecer, llovía agua a Dios misericordia, y Peralta dormía quieto y sosegao en su cama. De presto se recordó, y oyó que le gritaban desdi afuera: “¡Abríme, Peraltica, por la Virgen, qu’es de mucha necesidá!”. Se levantó Peralta, y al abrir la puerta se topó mano a mano con el viejito, que le dijo: “Hombre; no vengo a que me des posada tan solamente; ¡vengo mandao por el Maestro a que nos largués la Muerte unos días, porque vos la tenés de pata y mano en algún encierro!”. “Lo que menos, su Mercé –dijo Peralta-. La tengo muy bien asegurada, pero no encerrada; y se la presto con mucho gusto, con la condición de qui a yo no mi’haga nada”. “¡Contá conmigo!” –le dijo San Pedro.

Apenitas aclarió salieron los dos a descolgar a la Muerte. Estaba lastimosa la pobrecita: flacuchenta, flacuchenta; los güesos los tenía toítos mogosos y verdes, con tantos soles y aguaceros comu’había padecido; el telarañero se l’enredaba por todas partes, qui aquello parecía vestido di andrajos; la pelona la tenía llena di hojas y de porquería di animal, que daba asco; la herramienta parecía desenterrada de puro lo tomaíta qu’estaba. Pero lo que más enjuria le daba a San Pedro era que parecía tuerta, porqui’un demontres diavispa había determinao hacer la casa en la cuenca del lao zurdo. Estaba la pobrecita balda, casi tullida d’estar horquetiada tantísimo tiempo. De Dios y su santa ayuda necesitaron Peralta y San Pedro pa descolgala del palo. Agarraron después una escoba y unos trapos; le sacaron el avispero, y ello más bien quedó medio decente. Apenas se vio andando recobró fuerza, y en un instantico volvió a amolar la desjarretadera… y tomó el mundo. ¡Cómo estaría di hambrienta con el ayuno! En un tris acaba con los cristianos en una semana. Los dijuntos parecían gusanos de cosecha, y ni an los enterraban, sino que los hacían una montonera, y ai medio los tapaban con tierra. En las mangas rumbaba la mortecina, porque ni toda la gallinazada del mundo alcanzaba a comérsela. Peralta sí era verdá que parecía ahora un duende, di aquí pa’cá, en una y en otra casa, amortajando los dijuntos y consolando y socorriendo a los vivos.

La Muerte si aplacó un poquito; los contaítos cristianos que quedaron volvieron a su oficio; y como los vivos heredaron tanto caudal, y el vicio del juego volvió a agarrarlos a todos, consiguió Peralta más plata en esos días que la qui había conseguido en tanto tiempo. ¡Hijue pucha si’staba ricachón! ¡Ya no tenía ondi acomodala!

Pero cátatelo ai qui un día amanece con una pata hinchada, y le coló una discípula de la mala. Al momentico pidió cura y arregló los corotos, porque se puso a pensar qui harto había vivido y disfrutao, y que lo mismo era morirse hoy que mañana go el otro día. Mandó en su testamento que su mortaja fuera de limosna, que le hicieran bolsico, y que precisadamente le metieran en él la baraja y los daos; y comu’era tan humilde quiso que lo enterraran sin ataúl, en la propia puerta del cementerio onde todos lo pisaran harto. Asina fue qui apenitas se le presentó la Pelona cerró el ojo, estiró la pata y le dijo: “¡Matáme pues!”. ¡Poquito sería lo duro que li asestó el golpe, con el rincor que le tenía!

Peralta s’encontró en un paraje muy feíto, parecido a una plaza. Voltió a ver por todas partes, y por allá, muy allá, descubrió un caminito muy angosto y muy lóbrego casi cerrao por las zarzas y los charrascales. “Ya sé aonde va se va por ese camino –pensó Peralta-. ¡El mismito que mentaba el cura en las prédicas! ¡Cojo pu’el otro lao!”. Y cogió. Y se fue topando con mucha gente blanca y di agarre, que parecían fefes o mandones, y con señoras muy bonitas y ricas que parecían principesas. Como nunca fué amigo de meterse entre la gente grande, se fué por un laíto del camino, que se iba anchando y poniéndose plano como las palmas de la mano. ¡María, Madre si había que ver en aquel camino! ¡Parecía mismamente una jardinera, con tánta rosa y tánta clavellina y con aquel pasto tan bonito! Pero eso sí: ni un afrecherito, ni una chapola de col ni un abejorro se veía por ninguna parte ni pa remedio. Aquellas flores tan preciosas no güelían, sino que parecían flores muertas.

Peralta seguía a la resolana, con el desentendimiento de toda su vida. Por allá, en la mitá di un llano, alcanzó a divisar una cosa muy grande, muy grandísima; mucho más que las iglesias, mucho más que la piedra del Peñol. Aquello blanquiaba com’un avispero; y como toda la gente se iba colando a la cosa. Peralta se coló también. Comprendió qu’era el Infierno, por el jumero que salía de p’arriba y el candelón que salía de p’abajo. Por ai andaba mucha gente del mundo en conversas y tratos con los agregaos y piones del Infierno.

Él se adentró por una gulunera muy escura y muy medrosa que parecía un socavón, y fue a repuntar por allá a unas californias ondi había muchas escaleras que ganar, y unos zanjones muy horrendos por onde corrían unas aguas muy mugrientas y asquerosas. A tiempo que pasaba por una puertecita oyó un chillido como de cuchinito cuando lo’stán degollando, y si asomó por una rendija. ¡Virgen! ¡Qué cosa tan horrenda! No era cuchino: era una señora de mantellina y saya de merinito algo mono, que la tenían con la lengua tendida en el yunque, con la punta cogida con unas tenazonas muy grandes; y un par de diablos herreros muy macuencos y cachipandos li alzaban macho a toda gana. ¡Hijue la cosa tan dura es la carne de condenao! ¡Aquella lengua ni se machucaba, ni se partía, ni saltaba en pedazos: ai se quedaba intauta! Y a cada golpe le gritaban los diablos a la señora: “¡Esto es pa que levantés testimonios, vieja maldita! ¡Esto es pa que metás tus mentiras, vieja lambona! ¡Esto es pa qu’enredés a las personas, vieja culebrona!”. Y a Peralta le dio tanta lástima que salió de güída.»




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lunes, 16 de febrero de 2015


Saludos!

Ofrezco disculpas a mis amables compañeros de viaje en la Blogósfera. Por estos días se han presentado una serie de circunstancias infortunadas que han provocado mi inconstancia en este espacio virtual.

Tuve quebrantos de salud que me tuvieron fuera de circulación más de dos semanas. Por fortuna, he estado superando exitosamente las dolencias que me afectaron, y, aquí estoy, tratando de ponerme al día.

Se presentó un problema técnico en mi computador que me obligó a formatearlo. Infortunadamente, con esta acción se perdieron todos los archivos que tenía guardados como borradores para seguir actualizando el Blog.

Por último, lo que me parece más aburridor de todo este asunto, y también vergonzoso, es que a todas luces hackearon mi cuenta. Precisamente hoy, me conecté a Internet con el ánimo de revisar el Blog y actualizarlo, y... Oh sorpresa! Por más que lo intenté y lo intenté, no pude entrar a mi cuenta. Aparecía otro personaje en mis datos. Ergo, con gran tristeza y con mucha rabia por la pérdida, me tocó crear este otro Blog para tratar de recuperar en parte lo que se perdió.

Si este mensaje llega a quienes quisieron compartir conmigo su vida, su obra, sus ideas, sus sentimientos y en suma, su amistad, de verdad, que esto me llenaría de mucha alegría.

La verdad, he sido bastante reacio a todo este cuento de las redes digitales. Finalmente, me arriesgué a entrar en este mundo, y me he encontrado con gente maravillosa. Pero vean pues lo que les cuento. De todos modos, con este nuevo esfuerzo, estoy tratando de no desmotivarme, y seguir adelante.

Quiero reiterarles que soy un bloguero neófito. Aún estoy en la etapa autodidacta; por esto quisiera pedirles que por favor tengan paciencia conmigo. De momento, no sé todo lo que se necesita saber para administrar exitosamente un Blog. En el futuro espero tener más conocimientos sobre la Blogósfera, y poder compartir con todos ustedes más cosas, no solamente texto. Mejor dicho, convertirme en un bloguero experto. 

Para evitar posibles confusiones en el futuro. Esta es mi nueva dirección de correo electrónico:

Julián Velcardo

Gracias por haberme escuchado. Nos videamos!


VELCARDO ROCK - 2015