ALEJA
Por: Jaime Cano
[Fragmento]
Este Cuento Erótico
Nuestros abuelos
prehistóricos, artistas rupestres, pintaron a sus Evas en las paredes de las
cuevas que habitaban. Iniciaron así, quizá sin proponérselo, la expresión
estética del erotismo, uno de los aspectos más inagotables de la compleja
sicología humana. Erotismo que miles de años después no terminamos de recrear. Este
cuento nos habla del acto amoroso que nos llena de sensibilidad, significado y
satisfacción. Pero que, enfrentándonos a nuestra vulnerabilidad, puede llegar a
ser fatal. Juegos eróticos que, creemos, que nos salvan de la soledad y la
cotidianidad de la vida contemporánea. Entre la modesta obra de este autor
–varias veces premiada- este relato posmoderno, minucioso, audaz, compacto Kama Sutra, es uno de sus mejores
trabajos.
A. Mora
El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo
el cuerpo.
Jorge Luis Borges
1NO
«Salgo de la terminal, he
despedido a Esperanza, y entro en el microbús Montebello S1. Me conducirá por la
floresta de la avenida del río, río arriba; luego, con la brisa y la noche que
bajan de los cerros, girará hacia el sur y recorreremos la veloz 5ª. En las
blancas paredes del Cementerio Central, y en fucsia, leeré: ¡Almas benditas no permitan que el
Presidente y las multinacionales se roben Telecom! En el hospital infantil,
abundantes luces decembrinas, me bajaré. Gambeteando remolinos de hojas secas
entre sombras de almendros y palmeras, cuadras adentro del Miraflores de este
Caliamistoso, estaré en mi apartaestudio. En el micro soy el segundo pasajero. El
otro, un rostro que apunta hacia la calle. Un poco por embromar, un tanto por
provocar la situación, me siento a su lado. La
Buseta de la Bella Durmiente, plagio. Pero resulta que no es una durmiente,
ni una autista-sin-causa, es una ausente pensando-en-mis-problemas: Soy
Alejandra. Voy para Utopía, en busca de un tío…
(Alejandra: femenino de Alejandro. Del griego Aleixen que significa proteger y Andros, hombre. Protectora de los humanos).
Blanca, cabellos oscuros,
y en extremo sedosos, más tarde lo sabré. Sus ojos orientales o indígenas, que
tanta fascinación me producen, plenos de ternura, me estacionan en un
enamoramiento instantáneo, charleschaplinesco. Nariz menuda y sonrisa fácil. En
conjunto rostro de belleza discreta, por suerte sin maquillaje. Sicóloga, del
Instituto Infantil, Adopciones. En resumen, un eslabón de la cadena que
oficializa tráfico de niños. Venía del sur del país. Previendo un asalto de
delincuencia común había guardado su bolso de mano en el equipaje de la bodega.
Un retén de la guerrilla retuvo el superbús, equipajes incluidos. Paciencia y
autostop. Las monedas mendigadas en la Terminal y la antigua memoria de la
dirección de un tío intentaban ubicarla, a esas horas de la noche, en un barrio
taciturno de una ciudad para ella desconocida. Se aproximaba mi paradero. La
impotencia me impedía levantarme de mi puesto para abandonarla a su suerte.
Pero, ¿qué podía ofrecerle un solitario como yo?, un simple hombre de a pie,
peor: de a bus. Segundos antes de apearme le alcancé mi tarjeta.
DO2
Una voz desconocida y unos
nudillos salidos de hora llamaron tímidos a la reciente puerta de mi sueño.
Nadie daba razón del tío. ¡Ni más faltaba! Aún sobrevivía algo de mi maltrecha
socialbacanería medio agotada en tantos años de maltrato con mezquinas y
tránsfugos en la ya lejana Bogotá, la fría ciudad de los individuos. Pero no
sólo era mi anarcocheverismo. Sería solidaridad-solidaridad con una compatriota
en apuros, en tenis, en jeans. Con muy lactosos senos tallas más que las de su
cuerpo, contenidos apenas por un mínimo estraples negro. Bien puestos, y lo
mejor: bien llevados. (Existen mujeres que ni lo uno ni lo otro. Y otras que,
peor aún, con senos tristes se empeñan en trastearlos miserablemente). Y
caderas-caderas, no esas escuálidas colitas de las anoréxicas de moda para
concursos de belleza. Sí, desinteresado altruismo. Colchón extra al piso, al
lado del mío. 11:00 p.m., biografía abreviada, único tomo: en Medellín, una
madre con la que mal se comunicaba, y su hijo, de edad incierta, de cuyo parto
sobrevivió. En la lluviosa capital del país, un borroso esposo que luego
perfilaría más: médico, poder y celos que le exigían dejara de trabajar, y del
que preferiría no volver a hablar. 12:00 p.m., le pido que se duerma, si es
posible pedirle que se duerma a alguien que está dormida. Puso su cabeza para
cualquier norte. Trasladé mi almohada para otro, evitando paralelismos
sospechosos. Y, por primera vez en muchos años, dormí con ropa interior.
TR3S
Saludo matutino. Agradable
sensación de mutua confianza, de amistad añeja. Pero sólo cuando obtuvo mí ¡Por
supuesto! Vino a conversarse a mi “cama”, recostada a la pared, a mis pies.
Entre palabras varias y sonrisa fácil llegó hasta mi cabecera. Espontánea y
honesta acercó su mano para redibujar mi rostro. Roce etéreo, ritual. Y fijó
sus ¡Oh! Ojos en mi pecho. Se habló, se ablandó, se abandonó. Se hablandonó.
Estiró su brazo y, como quien intenta rozar una superficie que no focaliza,
planeó su palma por la pradera peluda de mi pecho (pura prosa podrida). De la
cara al cuerpo, de lo social a lo privado, de lo permitido a lo prohibido,
recordé. También recordé mi texto: Las
historias de amor, esos actos heroicos, ya no le eran posibles, creía. Pero sí
su realización erótica, esos actos poéticos, esos instantes para exorcizar
soledades, y recrear lo eterno. No tuve que luchar por mantener firme mi
actitud de amigo solidario. Entonces: obra a las manos, pensé. Peiné en sus
piernas, por suerte sin afeitar, la suave felpa. ¡Quédate quieto!, ordenó, y se
inclinó sobre mí. Su aliento inició un perfil desde la raíz de mi cabello en la
frente, omitió mi ceño pensativo. Fue por entre las cejas, desdeñó mi entrecejo
fruncido. Mullidos masmelos sobre cada ojo cerrado. (En un momento como éste
debería sonar “Songbird” de Kenny G.,
pero ir a ponerlo sería, entre otras cosas, demagogia). Corto galope de besitos
por mi caballete. Yegüita acrobática de la ternura-ternura, pensé. Su aliento
no me olió a perfume de, me olió a sabrosa saliva. Punta de lengua, punta de
pie clásico, en perimetral por mi boca. Si, sabrosa saliva, boca a boca,
azuquitar para el alma. Asalto a lo alto de la barbilla, mordisco o su
simbología. Andinismo, caída libre hacia el cuello. Tú me diste manzana, yo te
doy manzana, pensé. Ahora hematófaga. Yo que creía que mi cuello era estéril,
como mis oídos. Oye: escalofríos tibios expirados, lóbulo lamido febril. Oye:
susurros fríos aspirados, ídem. Hematófaga bis. Traqueotomía lingüística.
Cadena de bocas por mi tórax. Circunvalar alrededor de mis tetillas que
irguieron su pequeña alerta. Con su lengua timbra en mis pezones, toca
campanitas. Sus dientes pulsan las puntas. Luego, grande la boca, a fondo, para
bebérselas con alerta, pelos y todo. Comió mis costillas ¾. Exploraciones
cronópias en el pozo de mi ombligo, lástima no tener a mano un buen trago
fuerte para bajar tanto jamón. Hambruna tercermundista en mis caderas. Venía
del sur e iba hacia el sur, qué delicia. “El sur también existe”, recordé.
(Ahora, amigos lectores, que sonara “The Great Gig in the Sky” de Pink Floyd). Ronroneos, rodeos, regodeos
en torno al obelisco. La sangre hace su pequeño carnaval. La hambrienta
desplazada deja la ingle nada insípida, siguiendo la femoral. La femoral: cinco
segundos de sangrado y uno no se salva aunque esté en sala de urgencias.
Entonces con cuidado, amor. Los muslos con más dientes que uñas. Más abajo la
rótula baila y produce cosquillas. Siguiendo el filo ahora sí insípido de la
tibia, los pies, y los dedos de los pies. Difícil contenerse ante la
intensidad. Te quedas quieto o… ordena, asaltando con garras todo el sur,
obelisco incluido. Sur que ahora no queda al sur, sino en mi apreciado centro.
Pero, ¡el dedo gordo! Succión que siento subir por mi pierna, como dicen que se
siente subir el veneno de la mordedura de ciertos animales. Me revuelco, o
intento revolcarme, entre esta acuciante sensación y sus manos atenazantes que
amenazan seriamente con arrancarme lo poco arrancable que tengo: mi: ¡Oh!
Obelisco de su triunfo. ¡Mejor voltéate!, ordena. No te metas con las plantas
de mis pies, por favor, le suplico (único lugar secreto donde se suponía tengo
este tipo de sensibilidad). Bueno, benigna, la verduga. Casi todos poseemos
uno, dos talones de Aquiles, y dos pantorrillas, muslitos de entremés. Ascenso
más o menos rápido: las nalgas. Masajes, besos, mordiscos. Aradas de uñas en
araña. Aleja, la antropófaga, se relame. Las separa despacio, expectante. (La
intimidad, Mi intimidad. Bordeo los límites de mi pudor. Me consuela recordar
que mi aseo raya en la asepsia). Y da inicio al más secreto de los secretos. A
cada embestida de su lengua bajan hacia adelante oleadas que arden. Adelante mi
viejo amigo se congestiona a reventar, doloroso. Afanosamente espera. Imagino
mi sabor ocre en su boca. Pero el goce es más fuerte que los restos de mi pudor
y el placer es un vicio y quiero más. Ruge el animal erótico, se desplaza.
Caldeada esponja mojada alrededor de, encima de cada una, entre mis nalgas. Sé
de la obsesión de algunas mujeres por las nalgas masculinas. “Menos mal que no
tienen pene”, sí que cobran sentido mis palabras. Pero las palabras
ininteligibles de ella andan por mis omóplatos (y no omoplatos). Suerte que no
tuve a mano un trago fuerte. Pero sí tengo aceite para el cuerpo, que a veces
uso. Y ella lo ha descubierto entre el colchón y la pared. Entre la espada y la
pared, me parafraseo. El punteo, el hilo de aceite, dibuja figuras para mí
ciegas. Sus manos tejedoras se untan, juntan, danzan, avanzan, leves,
flexibles, rabiosas. Sus manos orfebres, sus manos caudalosas. Ahora sus senos
saludan mis riñones, se deslizan espaldas arriba hasta hacerme una ortopedia en
cuello. Sus pezones lubricados ejecutan escritura cuneiforme. Me encañona con
dos volúmenes definidos. Los presiona, los aplasta, se escapan hacia mi/sus
costados. De repente se aparta de mí. Casi puedo verlos suspendidos vibrando
con plenitud ojival, así como deben pender furiosas sobre nuestras cabezas las
ojivas nucleares. Hace rato perdí mis defensas, el escudo antimisiles. Vuelve
felina, vuela la estática de su aliento sobre mi nuca. Reconozco mi vellosidad
erecta desde mi corona hasta mis pantorrillas. Y otra vez las orejas y el
cuello, mientras me requisa las sensaciones que escondo en mis axilas.
¡Voltéate! Oigo la orden dada a un tiempo con su voz y sus manos. Soy una presa
sobre las brasas. ¡Voltéate! Es probable que mis restos posteriores ahora estén
menos crudos. Comunicación caliente. Pienso en los imbéciles que se masturban
por Internet: Nada peor que el sexo
virtual, con un@ idiota real…»
Bogotá, noviembre
2002/Quito, junio 2003[*]
[*El año pasado viajé al
sur y paré en P, fui al Instituto Infantil, averigüé con la Jefe de Personal.
En sus 15 años en el cargo no han tenido una empleada de nombre Alejandra].
Jaime Cano. 1958, colombiano. 8 galardones literarios, modalidad cuento.
Lic. En Lingüística y Literatura, UD Bta./95.
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