miércoles, 17 de febrero de 2016


Historia de mi Cuerpo

Por Virginia Mayer
Tomado de la Revista ‘Carrusel’ N° 1665.
Bogotá, Febrero 11 de 2016.

Mi introducción al sexo fue estrellada, compleja, emocionalmente dolorosa y confundida. Cuando tenía casi 12 años tuve un accidente en el que caí encima de un palo de metal y me corté la vagina por dentro. El doctor que me cosió, sin anestesia –algo que hasta el día de hoy nadie se explica-, dictaminó que el himen no se había visto afectado y que por lo tanto yo todavía era virgen. Pasaron los años y la cicatriz no sanó como debía, por lo que debí someterme a una segunda cirugía, esta vez con anestesia total, donde arreglaron mi vagina que quedó –en las palabras de mi doctor- tan perfecta como mi cara, como debe ser.

Cuando tenía alrededor de quince años, mis amigas comenzaron a tener relaciones sexuales con sus novios, lo que hizo que la posibilidad de hacerlo yo misma comenzara a dar vueltas en mi cabeza. Hasta el momento me había dedicado a dar besos en la boca, y nada más. Ni siquiera les había dado paso a las infinitas posibilidades que eventualmente brindarían las manos.

Un 24 de diciembre en una fiesta en Uruguay, Alejandro, con quien me daba besos hacía meses, abrió los primeros botones de mi vestido de flores blancas y tocó mi piel sin ansiedad. Esa fue quizá la primera vez que sentí excitación más allá de la que me habían brindado casi cien besos en la boca. Esa noche le abrí la puerta al placer compartido, pero no fue sino hasta mis 18 años que permití que alguien me tocara más íntimamente como lo había hecho Alejandro. Con mi primer novio en Colombia, Juan Pablo, aprendí a ‘bluyinear’, y no comprendía por qué se quejaba de dolor cuando ya ambos habíamos tenido un orgasmo. Lo mismo pasó con otras parejas que tuve, e inicialmente asumí que era una forma de manipularme para que me acostara con ellos.

Y así se hizo latente la posibilidad de perder mi virginidad, pues comenzaron a pedirme que tuviera relaciones sexuales. Había dos motivos que se convirtieron en obstáculos para hacerlo, por un lado, quería enamorarme primero y, por el otro, en mi cabeza se había instalado la idea de que yo, por mi accidente, no podía ser penetrada. Cuando cumplí 21 años, una noche jugando juegos de caja conocí a un personaje que comenzó a besarme y no se detuvo. Así perdí mi virginidad. No sentí placer ni dolor, ni tampoco sangré. No podía dejar de preguntarme, ¿eso era todo? ¿Ya? Lo positivo de esa primera vez fue que aprendí que podía tener relaciones sexuales sin padecer nada parecido a mi accidente de la niñez, pero ya no me interesaba hacerlo, había perdido la gracia y cualquier ilusión. Pasarían oros dos años o tres años hasta que volví a tener relaciones sexuales con un amigo, y luego otro. Tuve unos cinco o seis amantes antes de tener un orgasmo. Esto fue con un iraní judío con quien estuve saliendo un tiempo en Nueva York, que me hizo sexo oral hasta que comencé a gritar de placer, absolutamente sorprendida. Lloré un poco y luego reí a carcajadas, completamente alucinada con lo que acababa de pasar.

Después me enamoré de un gran amigo, que pretendió hacer maromas kamasútricas conmigo, pero no tuvo éxito alguno, pues yo creía que por mi sobrepeso él no sería capaz de cargarme. Me imaginaba que me iba a caer al piso, me iba a golpear la nuca y quedaría inconsciente. Pensaba en que acababa de llegar a Nueva York y todavía no tenía seguro médico. No podía correr esos riesgos. Todavía no había encontrado placer al ser penetrada.

Quisiera escribir que me acuerdo con quién fue la primera vez que tuve una relación sexual placentera, pero no me acuerdo quién fue, a lo que no le veo misterio alguno. Hay una época borrosa en mi memoria, luego unos cuatro años en que solo salí con mujeres con quienes la pasé muy bien. El sexo entre dos mujeres es más sensual que entre una mujer y un hombre, y en teoría no es egoísta. Pero mis complejos siempre fueron con los hombres, me sentía muy gorda, y eso hacía que siempre me cuestionara: “si mi cuerpo no es como el de Natalia París, ¿cómo es posible que alguien me desee? No me lo creía, y eso hacía que no disfrutara las relaciones sexuales por estar distraída.

No fue algo que me propusiera cambiar, pero con el tiempo, afianzando aquellas cosas para las que soy buena y haciendo lo que me gusta con éxito, hizo que comenzara a liberarme de ciertos demonios. Comencé a darle importancia a lo importante y poco a poco me fui desprendiendo de mis inseguridades en la cama. Estando más cerca de los cuarenta que de los treinta, a mis 37 años, no hay momento en que me sienta más sexi y deseada que cuando tengo relaciones sexuales. Hoy en día, cuando tengo intimidad con alguien ya no me siento gorda, me siento la mujer más espectacular que existe, me siento deseada, me dejo ir y abandono mis inseguridades y mis prejuicios.

Hasta ahora no puedo decir que haya hecho el amor, y siento que me da urticaria cuando me acuerdo de las palabras de Arjona, pero es cierto. Es así, tal cual. Considero que para hacer el amor se precisan dos personas enamoradas, y aunque he estado enamorada y ge tenido sexo con esa persona, no ha sido mutuo.

Aunque llevo casi veinte años viendo cómo se va envejeciendo mi cuerpo, a medida que lo hago y que quizá adquiero madurez, al ver cómo la gravedad se va adueñando de mis senos, y viendo crecer las estrías como el caminito que hace una gota al caer sobre una superficie, es increíble que me sienta más y más segura de mí misma a la hora de meterme a la cama con alguien.

Ya entendí que el sexo ideal es compartido, es la total entrega  de dos personas que no necesariamente se tienen que amar. Entiendo a mi cuerpo como un instrumento de placer y no como una cárcel. Ya comprendí que cuanto más cómoda me sienta conmigo misma en el momento, más placer puedo proporcionar y recibir. Y que a pesar de mis gordos y mi sobrepeso, a la hora de tener sexo con alguien, mi cuerpo es tan placentero como el de Natalia París, sin que haga falta que me parezca a ella.

Quizá esa tranquilidad y esa seguridad la dan los años. Quizá tengo mucho que agradecerles a amantes generosos y maduros. El caso es que se acabaron esos complejos que me impedían, y ahora me doy el lujo de considerarme tremendo polvorete.  


***