Historia de mi Cuerpo
Por
Virginia Mayer
Tomado de la Revista ‘Carrusel’ N° 1665.
Bogotá, Febrero 11 de 2016.
Mi
introducción al sexo fue estrellada, compleja, emocionalmente dolorosa y
confundida. Cuando tenía casi 12 años tuve un accidente en el que caí encima de
un palo de metal y me corté la vagina por dentro. El doctor que me cosió, sin
anestesia –algo que hasta el día de hoy nadie se explica-, dictaminó que el
himen no se había visto afectado y que por lo tanto yo todavía era virgen.
Pasaron los años y la cicatriz no sanó como debía, por lo que debí someterme a
una segunda cirugía, esta vez con anestesia total, donde arreglaron mi vagina
que quedó –en las palabras de mi doctor- tan perfecta como mi cara, como debe
ser.
Cuando
tenía alrededor de quince años, mis amigas comenzaron a tener relaciones
sexuales con sus novios, lo que hizo que la posibilidad de hacerlo yo misma
comenzara a dar vueltas en mi cabeza. Hasta el momento me había dedicado a dar
besos en la boca, y nada más. Ni siquiera les había dado paso a las infinitas
posibilidades que eventualmente brindarían las manos.
Un 24
de diciembre en una fiesta en Uruguay, Alejandro, con quien me daba besos hacía
meses, abrió los primeros botones de mi vestido de flores blancas y tocó mi
piel sin ansiedad. Esa fue quizá la primera vez que sentí excitación más allá
de la que me habían brindado casi cien besos en la boca. Esa noche le abrí la
puerta al placer compartido, pero no fue sino hasta mis 18 años que permití que
alguien me tocara más íntimamente como lo había hecho Alejandro. Con mi primer
novio en Colombia, Juan Pablo, aprendí a ‘bluyinear’, y no comprendía por qué
se quejaba de dolor cuando ya ambos habíamos tenido un orgasmo. Lo mismo pasó
con otras parejas que tuve, e inicialmente asumí que era una forma de
manipularme para que me acostara con ellos.
Y así
se hizo latente la posibilidad de perder mi virginidad, pues comenzaron a
pedirme que tuviera relaciones sexuales. Había dos motivos que se convirtieron
en obstáculos para hacerlo, por un lado, quería enamorarme primero y, por el
otro, en mi cabeza se había instalado la idea de que yo, por mi accidente, no
podía ser penetrada. Cuando cumplí 21 años, una noche jugando juegos de caja
conocí a un personaje que comenzó a besarme y no se detuvo. Así perdí mi
virginidad. No sentí placer ni dolor, ni tampoco sangré. No podía dejar de
preguntarme, ¿eso era todo? ¿Ya? Lo positivo de esa primera vez fue que aprendí
que podía tener relaciones sexuales sin padecer nada parecido a mi accidente de
la niñez, pero ya no me interesaba hacerlo, había perdido la gracia y cualquier
ilusión. Pasarían oros dos años o tres años hasta que volví a tener relaciones
sexuales con un amigo, y luego otro. Tuve unos cinco o seis amantes antes de
tener un orgasmo. Esto fue con un iraní judío con quien estuve saliendo un
tiempo en Nueva York, que me hizo sexo oral hasta que comencé a gritar de
placer, absolutamente sorprendida. Lloré un poco y luego reí a carcajadas,
completamente alucinada con lo que acababa de pasar.
Después
me enamoré de un gran amigo, que pretendió hacer maromas kamasútricas conmigo,
pero no tuvo éxito alguno, pues yo creía que por mi sobrepeso él no sería capaz
de cargarme. Me imaginaba que me iba a caer al piso, me iba a golpear la nuca y
quedaría inconsciente. Pensaba en que acababa de llegar a Nueva York y todavía
no tenía seguro médico. No podía correr esos riesgos. Todavía no había encontrado
placer al ser penetrada.
Quisiera
escribir que me acuerdo con quién fue la primera vez que tuve una relación sexual
placentera, pero no me acuerdo quién fue, a lo que no le veo misterio alguno.
Hay una época borrosa en mi memoria, luego unos cuatro años en que solo salí
con mujeres con quienes la pasé muy bien. El sexo entre dos mujeres es más
sensual que entre una mujer y un hombre, y en teoría no es egoísta. Pero mis
complejos siempre fueron con los hombres, me sentía muy gorda, y eso hacía que
siempre me cuestionara: “si mi cuerpo no es como el de Natalia París, ¿cómo es
posible que alguien me desee? No me lo creía, y eso hacía que no disfrutara las
relaciones sexuales por estar distraída.
No fue
algo que me propusiera cambiar, pero con el tiempo, afianzando aquellas cosas para
las que soy buena y haciendo lo que me gusta con éxito, hizo que comenzara a
liberarme de ciertos demonios. Comencé a darle importancia a lo importante y
poco a poco me fui desprendiendo de mis inseguridades en la cama. Estando más
cerca de los cuarenta que de los treinta, a mis 37 años, no hay momento en que
me sienta más sexi y deseada que cuando tengo relaciones sexuales. Hoy en día,
cuando tengo intimidad con alguien ya no me siento gorda, me siento la mujer
más espectacular que existe, me siento deseada, me dejo ir y abandono mis
inseguridades y mis prejuicios.
Hasta
ahora no puedo decir que haya hecho el amor, y siento que me da urticaria
cuando me acuerdo de las palabras de Arjona, pero es cierto. Es así, tal cual.
Considero que para hacer el amor se precisan dos personas enamoradas, y aunque
he estado enamorada y ge tenido sexo con esa persona, no ha sido mutuo.
Aunque
llevo casi veinte años viendo cómo se va envejeciendo mi cuerpo, a medida que
lo hago y que quizá adquiero madurez, al ver cómo la gravedad se va adueñando
de mis senos, y viendo crecer las estrías como el caminito que hace una gota al
caer sobre una superficie, es increíble que me sienta más y más segura de mí
misma a la hora de meterme a la cama con alguien.
Ya
entendí que el sexo ideal es compartido, es la total entrega de dos personas que no necesariamente se
tienen que amar. Entiendo a mi cuerpo como un instrumento de placer y no como
una cárcel. Ya comprendí que cuanto más cómoda me sienta conmigo misma en el
momento, más placer puedo proporcionar y recibir. Y que a pesar de mis gordos y
mi sobrepeso, a la hora de tener sexo con alguien, mi cuerpo es tan placentero
como el de Natalia París, sin que haga falta que me parezca a ella.
Quizá
esa tranquilidad y esa seguridad la dan los años. Quizá tengo mucho que
agradecerles a amantes generosos y maduros. El caso es que se acabaron esos
complejos que me impedían, y ahora me doy el lujo de considerarme tremendo
polvorete.
***
No hay comentarios.:
Publicar un comentario