viernes, 14 de octubre de 2016

Arthur C. Clarke
La Ascendencia Del Hombre

Tomado de “Una Odisea Espacial 2001” [Fragmento]



«Un nuevo animal se hallaba sobre el planeta, extendiéndose lentamente desde el corazón del África. Era aún tan raro que un premioso censo lo habría omitido, entre los prolíficos billones de criaturas que vagaban por la tierra y por mar. Hasta el momento, no había evidencia alguna de que pudiera prosperar, o hasta sobrevivir; había habido en este mundo tantas bestias más poderosas que desaparecieron, que su destino pendía aún en la balanza.

En los cien mil años transcurridos desde que los cristales descendieron en África, los monos-humanoides no habían inventado nada. Pero habían comenzado a cambiar, y habían desarrollado actividades que ningún otro animal poseía. Sus porras de hueso habían aumentado su alcance y multiplicado su fuerza; ya no se encontraban indefensos contra las bestias de presa competidoras. Podían apartar de sus propias matanzas a los carnívoros menores; en cuanto a los grandes, cuando menos podían disuadirlos, y a veces amedrentarlos, poniéndolos en fuga.

Sus macizos dientes se estaban haciendo más pequeños, pues ya no les eran esenciales. Las piedras de afiladas aristas que podía ser usadas para arrancar raíces, o para cortar y aserrar carne o fibra, habían comenzado a remplazarlas, con inconmensurables consecuencias. Los monos-humanoides no se hallaban ya enfrentados a la inanición cuando se les pudrían o gastaban los dientes; hasta los instrumentos más toscos podía añadir varios años a sus vidas. Y a medida que disminuían sus colmillos y dientes, comenzó a variar la forma de sus cara; retrocedió su hocico, se hizo más delicada la prominente mandíbula, ya la boca se tornó capaz de emitir sonidos más refinados. El habla se encontraba aún a una distancia de un millón de años, pero habían sido dados los primeros pasos hacia ella.

Y seguidamente comenzó a cambiar el mundo. En cuatro grandes oleadas, con doscientos mil años entre sus crestas, barrieron el Globo las Eras Glaciales, dejando su huella por doquiera. Allende los trópicos, los glaciares dieron buena cuenta de quienes habían abandonado prematuramente su hogar ancestral; y, en todas partes, segaron también a las criaturas que no podían adaptarse.

Una vez pasado el hielo, también se fue con él mucha de la vida primitiva del planeta… incluyendo a los monos-humanoides. Pero, a diferencia de muchos otros, ellos habían dejado descendientes; no se habían simplemente extinguido… sino que habían sido transformados. Los constructores de instrumentos habían sido rehechos por sus propias herramientas.

Pues con el uso de los garrotes y los pedernales, sus manos habían desarrollado una destreza que no se hallaba en ninguna otra parte del reino animal, permitiéndoles hacer aún mejores instrumentos, los cuales a su vez habían desarrollado todavía más sus miembros y cerebros. Era un proceso acelerador, acumulativo; y en su extremo estaba el hombre.

El primer hombre verdadero tenía herramientas y armas sólo un poco mejores que la de sus antepasados de un millón de siglos atrás, pero podían usarlas con mucha más habilidad. Y en algún momento de los oscuros milenios pasados, habían inventado el instrumento más esencial de todos, aun cuando no pudiera ser visto ni tocado. Habían aprendido a hablar, logrando así su primera gran victoria sobre el Tiempo. Ahora, el conocimiento de una generación podía ser transmitido a la siguiente, de forma que cada época podía beneficiarse de las que la habían precedido.

A diferencia de los animales, que conocían solo el presente, el Hombre había adquirido un pasado, y estaba comenzando a andar a tientas hacia el futuro.

Estaba también aprendiendo a sojuzgar a las fuerzas de la naturaleza; con el dominio del fuego, había colocado los cimientos de la tecnología y dejado muy atrás a sus orígenes animales. La piedra dio paso al bronce, y luego al hierro. La caza fue sucedida por la agricultura. La tribu crecía en la aldea, y ésta se transformaba en ciudad. El habla se hizo eterno, gracias a ciertas marcas en piedra, en arcilla y en papiro. Luego inventó la filosofía y la religión. Y pobló el cielo, no del todo, inexactamente, con dioses.

A medida que su cuerpo se tornaba cada vez más indefenso, sus medios ofensivos se hicieron cada vez más terribles. Con piedra, bronce, hierro y acero había recorrido la gama de cuanto había aprendido cómo derribar a distancia a sus víctimas. La lanza, el arco, el fusil y el cañón y finalmente el proyectil guiado, le habían procurado armas de infinito alcance y casi infinita potencia.
Sin esas armas, que sin embargo había empleado a menudo contra sí mismo, el Hombre no habría conquistado nunca su mundo. En ellas había puesto su corazón y su alma, y durante eras le habían servido muy bien.

Mas ahora, mientras existían, estaba viviendo con el tiempo prestado.»



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martes, 4 de octubre de 2016

Vladimir Nabokov
[Fragmento de “Lolita”]

«...creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar "nínfulas" a esas criaturas escogidas.
Se advertirá que reemplazo términos espaciales por temporales. En realidad, querría que el lector considerara los "nueve" y los "catorce" como los límites -playas espejeantes, rocas rosadas- de una isla encantada, habitada por esas nínfulas mías y rodeada por un mar vasto y brumoso. Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. De lo contrario, quienes supiéramos el secreto, nosotros los viajeros solitarios, los ninfulómanos, habríamos enloquecido hace mucho tiempo. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad -o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, trastornador, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas que dependen incomparablemente más del mundo espacial de fenómenos sincrónicos que de esa isla intangible de tiempo hechizado donde Lolita juega con sus semejantes. Dentro de los mismo límites temporales, el número de verdaderas nínfulas es harto inferior al de las jovenzuelas provisionalmente feas, o tan sólo agradables. O «simpáticas», o hasta «bonitas» y «atractivas», comunes, regordetas, informes, de piel fría, niñas esencialmente humanas, vientrecitos abultados y trenzas, que acaso lleguen a transformarse en mujeres de gran belleza (pienso en los toscos budines con medias negras y sombreros blancos que se convierten en deslumbrantes estrellas cinematográficas). Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl-scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo (¡oh, cómo tiene uno que rebajarse y esconderse!), para reconocer de inmediato, por signos inefables –el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar-, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; y allí está, no reconocida e ignorante de su fantástico poder.
Además, puesto que la idea de tiempo gravita con tan mágico influjo sobre todo ello, el estudioso no ha de sorprenderse al saber que ha de existir una brecha de varios años –nunca menos de diez, diría yo, treinta o cuarenta por lo general y tantos como cincuenta en algunos pocos casos conocidos- entre doncella y hombre para que este último pueda caer bajo el hechizo de la nínfula. Es una cuestión de ajuste focal, de cierta distancia que el ojo interior supera contrayéndose y de cierto contraste que la mente percibe con un jadeo de perverso deleite.»

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