Vladimir
Nabokov
[Fragmento de “Lolita”]
«...creo llegado el momento de presentar
al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los
nueve y catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros
embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no
humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar "nínfulas" a
esas criaturas escogidas.
Se advertirá que reemplazo términos
espaciales por temporales. En realidad, querría que el lector considerara los
"nueve" y los "catorce" como los límites -playas
espejeantes, rocas rosadas- de una isla encantada, habitada por esas nínfulas
mías y rodeada por un mar vasto y brumoso. Entre esos límites temporales, ¿son
nínfulas todas las niñas? No, desde luego. De lo contrario, quienes supiéramos
el secreto, nosotros los viajeros solitarios, los ninfulómanos, habríamos
enloquecido hace mucho tiempo. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la
vulgaridad -o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no
daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el
evasivo, cambiante, trastornador, insidioso encanto mediante el cual la nínfula
se distingue de esas contemporáneas que dependen incomparablemente más del
mundo espacial de fenómenos sincrónicos que de esa isla intangible de tiempo
hechizado donde Lolita juega con sus semejantes. Dentro de los mismo límites
temporales, el número de verdaderas nínfulas es harto inferior al de las
jovenzuelas provisionalmente feas, o tan sólo agradables. O «simpáticas», o
hasta «bonitas» y «atractivas», comunes, regordetas, informes, de piel fría,
niñas esencialmente humanas, vientrecitos abultados y trenzas, que acaso
lleguen a transformarse en mujeres de gran belleza (pienso en los toscos
budines con medias negras y sombreros blancos que se convierten en
deslumbrantes estrellas cinematográficas). Si pedimos a un hombre normal que
elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl-scouts, no siempre señalará a la
nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una
burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad
siempre encendida en su sutil espinazo (¡oh, cómo tiene uno que rebajarse y
esconderse!), para reconocer de inmediato, por signos inefables –el diseño
ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y
otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me
prohíben enumerar-, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; y
allí está, no reconocida e ignorante
de su fantástico poder.
Además, puesto que la idea de tiempo
gravita con tan mágico influjo sobre todo ello, el estudioso no ha de
sorprenderse al saber que ha de existir una brecha de varios años –nunca menos
de diez, diría yo, treinta o cuarenta por lo general y tantos como cincuenta en
algunos pocos casos conocidos- entre doncella y hombre para que este último
pueda caer bajo el hechizo de la nínfula. Es una cuestión de ajuste focal, de
cierta distancia que el ojo interior supera contrayéndose y de cierto contraste
que la mente percibe con un jadeo de perverso deleite.»
***


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