Umberto Eco
[Fragmento
de “El Nombre de la Rosa”]
«…Pensé
que el mundo era bueno, y maravilloso, que la bondad de Dios se manifiesta
también a través de las bestias más horribles, como explica Honorio
Augustoduniense. Es verdad que hay serpientes tan grandes que devoran ciervos y
atraviesan los océanos, y que existe la bestia cenocroca, con cuerpo de asno,
cuernos de íbice, pecho y fauces de león, pie de caballo, pero hendido como el
del buey, con un tajo en la boca, que llega hasta las orejas, la voz casi
humana y un solo hueso, muy sólido, en lugar de dientes. Y existe la bestia
mantícora, con rostro de hombre, tres filas de dientes, cuerpo de león, cola de
escorpión, ojos glaucos, la piel del color de la sangre y la voz parecida al
silbido de las serpientes, monstruo ávido de carne humana. Y hay monstruos de
pies con ocho dedos, morro de lobo, uñas ganchudas, piel de oveja y ladrido de
perro, que al envejecer no se vuelven blancos sino negros, y que viven muchos
más años que nosotros. Y hay criaturas con ojos en los hombros y dos agujeros
en el pecho que hacen las veces de nariz, porque no tienen cabeza, y otras que
viven a las orillas del río Ganges, y se alimentan sólo del olor de cierta
clase de manzana, y, cuando están lejos de ella, mueren. Pero incluso todas
estas bestias inmundas cantan en su diversidad la gloria del Creador y su
sabiduría, al igual que el perro, el buey, la oveja, el cordero y el lince. Qué
grande es, dije entonces para mí, repitiendo las palabras de Vincenzo
Belovacense, la más humilde belleza de este mundo, y con qué agrado el ojo de
la razón considera atentamente no sólo los modos, los números y los órdenes de
las cosas, dispuestas con tanta armonía por todo el ámbito del universo, sino también
el curso de las épocas, que sin cesar van pasando a través de sucesiones y
caídas, signadas por la muerte, como todo lo que ha nacido. Como pecador que
soy, cuya alma pronto ha de abandonar esta prisión de la carne, confieso que en
aquel momento me sentí arrebatado por un impulso de espiritual ternura hacia el
Creador y la regla que gobierna este mundo, y colmado de respetuoso júbilo
admiré la grandeza y el equilibrio de la creación.»
***

No hay comentarios.:
Publicar un comentario