Por:
Héctor Abad Faciolince
Hay
personas que les tienen fobia a los sapos, o a los aviones, o a las culebras.
Yo le tengo fobia al teatro.
Lo digo sin orgullo,
casi con pena: ir al teatro me produce una aversión parecida a comer hígado de
perro crudo. Los comediantes salen al escenario, gritan, manotean, hacen reír
al público, y yo siento una mezcla de vergüenza ajena, rabia y malestar. Quiero
salir corriendo. Sentado en la butaca no me meto en la acción: veo un
espectáculo ridículo, caduco, un muerto en vida. Una antigualla que huele mal,
una impostura. Los que odian los sapos, los que no soportan siquiera su vista,
reconocen que el sapo es un animal inocente, inofensivo, incluso útil. Si a
veces destila una leche venenosa, ésta puede producir eczema, pero casi nunca
es mortal. También yo sé que el teatro es inocente, inofensivo, incluso útil,
sé que su veneno no mata, y sin embargo me repele.
Para el fóbico, de nada
vale la prueba racional de la inocencia del objeto de su fobia. Al que le tiene
fobia a volar no le sirven las estadísticas sobre lo poco probables que son los
accidentes aéreos. De nada le sirve que la culebra tal sea de las que no atacan
a nadie; si tiene fobia por las culebras da lo mismo que pique o no. Al que odia
el teatro no le importa que a él se hayan dedicado algunos de los mayores
genios de la literatura: Shakespeare, Ibsen, Lope, Sófocles, Chéjov… Lo
hicieron, sí, pero hace siglos, cuando ellos y el teatro estaban vivos, al
mismo tiempo. También Homero era un genio, y escribió las obras cumbres de la
épica, pero ¿a quién se le ocurre, hoy, hacer cantares de gesta?
Alguien con fobia al
avión, en general, no tiene nada contra los pilotos en tierra. Yo no tengo nada
contra los actores, críticos, escritores, empresarios o directores de teatro.
Los festivales son dignos, los teatros heroicos. Los teatreros son personas, en
general, tan inofensivas y útiles como los sapos. Sus obras destilan un veneno
blancuzco que no mata. Fuera del escenario son simpáticos, inteligentes,
cultos. Me caen muy bien, en un comedor o en una esquina, el Negro Aguirre,
Ramiro Osorio, Anamarta de Pizarro, Carlos José Reyes, Ibsen Martínez, Gilberto
ídem, Omar Porras, Sandro Romero, tantos otros: personas extraordinarias. Pero
encaramados ya en el tablado de sus gestos, maquillados, disfrazados, se
convierten en monstruos.
“No seas dramático”, le
dice uno a un amigo cuando está exagerando. Los actores en el teatro
—precisamente por lo falsa y poco convincente que es cualquier representación— tienen
que exagerar, dramatizar: dan alaridos, lloran, la gesticulación se enfatiza
para que pueda verse desde el gallinero, la voz es impostada, no hablan nunca
como uno, parece que todos hubieran nacido en Chile o en Galicia, deben gritar
incluso sus susurros. Si están bravos, parecen iracundos; si están tristes, se
muestran desolados; si están contentos, deben parecer plenos, radiantes; cada
sonrisa es una carcajada, la risa es ya una crisis epiléptica; un mínimo antojo
se convierte en rijo. Por realista que sea el escenario, es siempre de
mentiras. Por minimalista y desnudo que sea, todo montaje es mucho. Lloran, se
empelotan, gruñen y, lo peor de todo (si es teatro moderno), involucran al
público: pretenden que la gente de la platea se vuelva un actor más, tan malo
como ellos. Te jalan del codo, te obligan a decir algo, te preguntan, te retan,
te ofenden, te regañan, se burlan.
Al que le tiene fobia a los sapos, le fascinan los
sapos, pero en láminas o en libro. También a mí me fascina el teatro leído. O
trasladado al cine, con sus efectos de realidad cada vez más perfectos. Gozo
con los dramas abstractos, leídos, o con ese teatro moderno que se llama cine.
Como un homenaje al Festival de Teatro (que debe existir, y apoyarse, y
protegerse, como los aviones, las culebras y los sapos), en estos días pienso
leer a Arthur Miller, a Harold Pinter, a Molière. Pero al que me invite al teatro
le contestaré en latín: vade retro.
***
Esta fue
la respuesta de Fabio Rubiano, publicada el primero de abril en su nuevo blog:
hayteatro.blogspot.com
El Miedo Provoca Lo Temido
He conocido gente con
fobias, y muchas veces lo peor que puede hacer alguien con esta patología es
hacerla pública porque de inmediato comienzan a asustarlo con eso.
Las casas de las bromas
están llenas de insectos, sapos, ratas, culebras, además de vergas, vaginas y
excrementos de plástico. Todo en aras de producirle risa a alguien a costa del
miedo del otro, del sufrimiento del otro. Los gestos de la gente que entra en
pánico ante aquello que lo descontrola son impresionantes: la boca se tuerce
para un lado que nunca imaginamos, los ojos se desorbitan, hiperventilan, se
agachan como si fuera a caer una bomba; gestos que, según usted en su columna,
son los que odia.
Lo paradójico es que
queda la sensación al leer su penoso artículo, de que es usted quien hace los
gestos a los actores cuando nadie lo está asustando, está sacando la lengua
cuando no hay mimos persiguiéndolo, contrae los músculos de la cara y crispa
las manos sin que se asomen por la ventana de su casa actores con máscaras
griegas. Está haciendo muecas solo. ¿Cuál es la razón para que sea usted quien
haga los gestos que tanto odia? Y los exhiba. Además está mostrando sus
heridas, el desorden de sus neurotransmisores (las fobias lo producen), sus
trastornos, ¿para qué?, ¿para que lo compadezcan, lo perdonen?
Para las fobias hay
tratamientos. Bien podría curarse y volver algún día a teatro. Va a tener que
ver muchas obras malas para alcanzar una buena, así sucede también con la
literatura. Y sí, lo sé, hay gente que dice que la novela ya se escribió y que
no hay que escribir más, de la misma manera que usted dice que el teatro ya no
está vivo. Afirmaciones temerarias, pero ya de lugar común, como el fin de la
historia, fin del arte, fin del fin. Apocalípticos de catálogo.
Al ver el título me
emocioné, pensé que había argumentos sólidos, pero casi de inmediato llegó la
sorpresa y la vergüenza. Habla usted del amor al cine donde no hay esos gestos
feos del teatro que le crispan. Si tanto horror le producen, supongo que odiará
el cine expresionista de los años 20 donde nada de lo que allí sucede se parece
a la realidad, que es una de las exigencias que usted hace, o intuyo que
detesta Kusturica por lo antinatural de la gestualidad, o que también siente
fobia con algún Kurosawa. En su reemplazo asumo que disfruta más las películas
basadas en novelas de Jane Austen o las hermanas Brontë, donde todo es muy
limpio y los gestos medidos.
En esa misma línea
sospecho que no disfruta usted la pintura de los expresionistas, o de los
objetivistas como Otto Dix o Gorge Grozs, o que no aguanta ver a Lucian Freud o
a Odd Nerdrum donde ahí sí que hay gestos grandes y feos (para usted, no para
mí), y que prefiere cuidarse su fobia viendo a los que “no hacían
gesticulaciones enfáticas y sí sabían como era que se pintaba”.
Imprecisiones
Hay que aclarar, entre
otras cosas, las imprecisiones frente al teatro que aparecen en el artículo.
Hay gente que compra sus libros y lee sus columnas, entre esos yo, y pueden
quedar con información errónea.
1. Homero no escribió
teatro, de hecho no escribió nada. Narraba, y como era ciego, a lo mejor
también haría muecas repugnantes para los fóbicos de los gestos. Los cantares
de gesta se hicieron casi 20 siglos después de Homero. Eso usted lo debe saber,
no sé por qué lo confunde.
2. Cuando dice que a
quién se le ocurriría hoy hacer cantares de gesta, recuerdo que fue lo mismo
que le dijeron a Cervantes cuando escribió una novela de caballerías en una
época en que el género ya estaba pasado de moda. Hay gente que escribe lo que
está de moda en el momento oportuno. Los de teatro por lo general hacemos no lo
que esté de moda, sino lo que creemos que es necesario.
3. Los actores de cine
que usted admira pasaron por escuelas de teatro, y la formación no consistía en
tirarse al piso y empelotarse, eso es básico, eso es un comentario de matrona
del partido conservador. Hay muchas más cosas que hacer, con emociones o con
técnica, años de trabajo. Esos grandes actores de cine no son actores de cine,
son actores, y siempre regresan al teatro. Mínimo una vez cada año, decía
Mastroianni, y el consejo lo siguen muchos. Lo hace Philip Seymour Hoffman hoy
en día (está en cartelera con “La muerte de un agente viajero de Miller”), lo
hace William Dafoe permanentemente con el Wooster Group. Los pocos buenos
actores que hay en nuestra televisión ¿adivina usted de dónde salieron?
4. Aquello de que el
teatro moderno involucra al público es una afirmación destemplada. Ese teatro
moderno del que usted habla es de los años 60 y 70 con el furor del Open
Theater o el Living Theater. Hoy en día eso no es para nada común, se usa en
algunos espectáculos de calle o en números de payasos o magia. Espectáculos
como “Fuerza bruta” o “Villa Villa” sí involucran a los espectadores; a veces
descienden del cielo actores con arneses y se llevan consigo algún espectador.
Las colas para verlos son interminables y los asistentes ruegan por ser ellos
los “elegidos” para volar. De antemano saben a lo que van.
Con la Fura dels baus,
agrupación catalana, uno está advertido de que en algún momento el teatro se
puede incendiar, hay obras con encierro, incendio y bomberos. A mí no me
parecen los mejores espectáculos en cuanto a lo esencial del teatro, pero
supongo que en este último caso, cuando usted está entre las llamas y llevado
en brazos por un bombero actor, sí se cumplen sus expectativas de
verosimilitud.
5. Dice usted que el
teatro es falso. ¿Me podría decir qué obra de arte no lo es? Primera clase del
primer día: el arte no es la realidad, es una construcción poética, lírica,
dramática…etc. De hecho la realidad también es falsa, todos los días se
dicen verdades que no lo son.
6. El teatro no es como
usted dice inofensivo, ni inocente, mucho menos útil; cuando se vuelve útil
deja de ser arte. Ni siquiera fue útil cuando cumplía funciones pedagógicas en
el siglo XIX en Colombia. Es un trabajo minucioso, puntual, de corrección
permanente para que se vea exactamente lo que se quiere decir, para poder ser
lo suficientemente ético en lo que se plantea, para no estar al servicio de
nadie, no ser útil para nadie. No es inocente, porque lo que se diga y haga
puede insultar, o asustar, como a usted; y no es inofensivo, muchas veces
ofende. “Casa de muñecas” ofendió a la sociedad noruega; “Las brujas de Salem”,
a la norteamericana; todo el teatro abierto argentino ofendió a la cúpula
militar, por eso les incendiaron el teatro; La Candelaria ofendió también y
varias veces fueron allanados y les confiscaron los fusiles (eran de madera, de
utilería).
7. El cine no es teatro
moderno. El cine es hijo del teatro, lo que pasa es que es un hijo que se
volvió rico y a pesar de todo siempre regresa a casa a pedir consejos. El cine
muestra, el teatro alude, evoca. No montamos en un escenario cien soldados a
caballo, pero hacemos que se sienta que ya van a entrar. En el cine de hoy
tampoco son de verdad, lo siento. Las tropas multitudinarias son por
computador, ojalá eso no lo aleje también de las salas de cine. Ah, y las
muertes son de mentiras y la sangre también. Como en el teatro.
Tratamiento
Solo espero que usted
haya escrito eso por congraciarse con alguien, o por apresurado, por
cumplir con su columna. Quiero pensar eso, que en medio del apresuramiento
cometió errores no solo históricos, de concepto y de argumentación, sino de
redacción, como unir Homero y cantar de gesta. Ojalá algún día rectifique.
El teatro es más de lo
que usted dice. Y los actores son más que sapos. De hecho, han sido los menos
sapos con el establecimiento y con los poderes económicos.
Yo le tengo un poco de
miedo a ciertos sapos, y podría pensar que al escribir usted un artículo (con
gesto y muecas de alabanza) a Julio Mario Santo Domingo, en el momento
oportuno, se comportó como un sapo, y podría pensar también que ese es el único
teatro que le gusta, el Julio Mario, que ante él no haría gestos de pánico sino
reverencias. Si ese gesto cercano al de un sapo no me dio miedo, debió ser
porque uno de los tratamientos efectivos contra las fobias es la exposición a
lo temido, o porque tal vez usted no lo sea.
De todas maneras lo
invito a que se trate.
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