miércoles, 29 de abril de 2015


José Guadalupe Posada:
La Portentosa Vida De La Muerte

Por: Santiago Mutis Durán

Tomado de la separata Ciudad Viva-El Magazín. N° 56.
Bogotá D.C., Agosto de 2009.


José Clemente Orozco comienza el relato de su vida con el grabador popular José Guadalupe Posada:

No hay nada [en mi Autobiografía] de [...] hazañas [...] hechos heroicos [...] extraordinarios [...] milagros. Sólo las continuas y tremendas luchas de un pintor mexicano por aprender su oficio y tener oportunidades de trabajar. Lo mejor de mi existencia se ha desarrollado durante la época llamada revolucionaria y en esta feroz suerte guerrera de convulsiones espantosas [...]. Nací [1883-Zapotlán el Grande] en Jalisco. Mi familia [salió de allí] cuando tenía yo dos años [...] estableciéndose [...] en Guadalajara y más tarde en la ciudad de México [1890). Por ese año ingresé [...] en la Escuela Primaria [...] a pocos pasos de [la imprenta] de Vanegas Arroyo, donde [...] Posada trabajaba sus grabados. Vanegas Arroyo fue el editor de extraordinarias publicaciones populares, desde cuentos para niños hasta los corridos, que eran algo así como los extras preriodísticos de entonces, y el maestro Posada ilustraba todas esas publicaciones con grabados que jamás han sido superados. Los papelerillos se encargaban de vocear escandalosamente por calles y plazas las noticias sensacionales que salían de [sus] prensas: El fusilamiento del general Cota o El horrorísimo crimen del horrorísimo hijo que mató a su horrorísima madre.

Posada trabajaba a la vista del público, detrás de la vidriera que daba a la calle, y yo me detenía encantado [...], camino a la escuela, a contemplar al grabador [...] a la entrada y salida de las clases, y algunas veces me atreví a entrar [...]. Este fue el primer estímulo que despertó mi imaginación.


Así empieza el gran Orozco a andar su destino, despertado por Posada; aunque primero tuvo que copiar Apolos y Manolas, en una "dura e innecesaria disciplina".

Posada despreciaba la fotografía para su trabajo de cronista de la realidad, y veía la academia como " el negocio de enseñarnos" a ser extranjeros. Es un hombre del pueblo y es el pueblo lo que le interesa.

Otro niño despertó con Posada: Diego Rivera. Fue él quien le "reveló la belleza inherente a la gente mexicana":

Por este tiempo conocí al gran artista popular [...] el más importante de mis profesores, y caí bajo su influencia. Posada no estaba conectado con ninguna academia ni su trabajo se encontraba en ninguna casa de buen tono [...]. Grababa ilustraciones para canciones, los chistes y los cuentos que los trovadores callejeros llevan al pueblo.

A la edad en la que los cachorros de artista entran a la academia, Rivera fue expulsado: "Tenía dieciséis años" y había organizado una huelga contra "un cura acusado de corrupción sexual". En realidad la protesta se dirigía contra el dictador Porfirio Díaz [quien había "implantado el terrorismo" y su perpetua reelección]. De todas las personas vivientes, Díaz era la más culpable del embrutecimiento de la vida y el arte en México". Como en Colombia, donde continuamos en guerra contra indios, campesinos, pobres y afrodescendientes (término con el que dejan de ser colombianos; no tardará algún país africano en ofrecerles pasaporte para que puedan cambiar de guerra civil y continúen sin cómo vivir, cargados de luto, y sin sus tierras colombianas legitimadas para sus victimarios por alguna nueva notaría, sembradas de palma y destinadas a un Tratado de Libre Comercio).




Al hablar del México de Posada (1852-1913), Alfonso Reyes dice que la Revolución no fue planeada, sino "un crecimiento natural", enlarvado, enconado, pudréndose en tanta violencia y exclusión. Por eso Posada terminó dibujando calaveras, que se emborrachan, bailan, venden lotería, montan en bicicleta o cortan cuellos. Niños, mujeres, campesinos... en los puros huesos: un interminable Día de Difuntos.


No creo que Posada, padre del muralismo -según Orozco y Rivera-, hiciera la apología del pueblo. Fue un espejo sarcástico: "El horrorísimo crimen del horrorísimo hijo...,": la portentosa vida de la muerte.

En Colombia, caricaturistas y  grabadores posteriores a Posada siguieron su camino: Ricardo Rendón, Luis Ángel Rengifo, Carlos Correa, Augusto Rendón. La realidad latinoamericana, más o menos similar, más o menos brutal, reclama ironía, mordacidad, humor negro... y mucha humanidad, no para alentar la revolución ("dos millones de seres humanos" murieron en México), sino para mostrar el errático camino por el que van los pueblos, empujados por sus gobiernos y por un capitalismo digno del horrorísismo Saturno -que mató a sus horrorísimos hijos-. Un dramático llamado a la razón, a la esquiva civilización, cada día más delgada y quebradiza.



Orozco (como Posada, sin "clara ideología política"), da con su pintura un paso más allá del sarcasmo del genial artesano (el espontáneo sarcasmo que merece la vida), al comprender su visión y su advertencia: la vida como lo transitorio, la muerte como lo permanente.

Dice Alma Reed: "La infinita compasión de Orozco por sus semejantes y la fuerza de su arte para tocar con mano purificadora los lugares oscuros y angustiados del corazón humano fueron esencialmente expresiones de reverencia hacia la sagrada continuidad de la vida".


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miércoles, 22 de abril de 2015


José María Vargas Vila

Prefacio 'Rosas De La Tarde' [Fragmento] (1968)

El Arte es siempre joven;
los dioses de la hélade, le dieron su perpetua
y, ardiente juventud;
lo Eterno está en el Arte;
por eso es inmortal;
en la Cronología de la Belleza, no hay Arte Antiguo,
ni Arte Moderno;
no hay sino Arte;
la eterna reproducción de la Belleza;
la eterna Creación, de cosas eternamente bellas;
los laureles apolónidas no se agotan jamás.
Fidias es tan moderno como Rodin;
y, Rodin tan antiguo como Fidias;
entre Rafael de Urbino, y los Prerrafaelistas
de Dante Gabriel Rossetti los siglos
no han corrido;
el mundo se detiene con igual admiración,
ante la Escuela de Atenas,
en las loges del Vaticano,
que ante la Ofelia de Millais,
en la Galería Nacional del Arte Británico,
o el Espejo de Venus,
en la colección Goldmann, de Lóndres;
el tiempo pasa sobre las Obras de Arte,
como el sol, sobre los mármoles sagrados:
para iluminarlos, no para destruirlos;
para poner en luz su Belleza, no para ultrajarla;
por eso el Arte no conoce la vejez.
Meleagro, es tan de actualidad como d'Annunzio,
y, Cátulo, tan moderno como Rubén Darío;
el mármol, es el mármol bajo todas las latitudes
y en todos los siglos, y, el canto es el canto
en todas las zonas y, todas las edades;
y, ambos, son siempre jóvenes,
si han sido ungidos por el Genio;
toda obra de Arte, es, una Revelación diaria,
a los ojos de aquellos que la contemplan;
no todos los ojos ni todas las mentes,
son hechas para la contemplación
y la comprensión del Arte;
contemplar, es función espiritual,
distinta y superior
a la facultad animal de ver;
comprender, es, una función psicológica,
muy distinta, a la función mecánica de leer;
todos pueden ver una Obra de Arte,
pero, no todos pueden contemplarla;
todos pueden leer un Libro de Arte,
pero no todos pueden comprenderlo...
contemplar y comprender,
son ya grados de iniciación,
en el mundo esotérico del Arte...
la Contemplación y, la Comprensión,
son dos virtudes minervinas
que llevan las almas al ciclo de la Admiración;
la Admiración, es Virtud de almas superiores;
es el privilegio del Arte, hallar en todos los siglos,
una atmósfera mental, que le permite
ser admirado por un núcleo de almas;
las más puras;
las más altas;
admirar el Arte, es ya una forma de ser Artista;
quien dice Arte, dice Belleza;
y, la Belleza Espiritual, pide, una disposición,
una naturaleza especial de Espíritu,
para ser admirada;
no a todas las almas, les es dado ese divino don;
pero, en todos los siglos, a pesar de las tristezas
de todas las épocas,
la Naturaleza, conserva un grupo de almas
capaces de comprenderlas,
y de vibrar y conmoverse
con las serenas, ardientes emociones
que inspira la Belleza, en los ritmos armoniosos
de la línea y del color,
o en los vuelos atrevidos de la música verbal;
un grupo de almas de Élite;
es para ellas que los artistas
de todos los tiempos,
han pintado, han esculpido,
o han escrito sus Obras inmortales;
es por ellas que viven los grandes mármoles,
los grandes lienzos, y los grandes libros;
por ellas vive el Arte;
ellas son el corazón de la inmortalidad.

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domingo, 19 de abril de 2015

Silencio y Represión
Por: Ryszard Kapucinski
Tomado del Magazín Dominical del Diario El Espectador. N° 518.
Bogotá, 28 de marzo de 1993.

Los sistemas autoritarios, y hemos llegado a la hora en que en alguna medida todos lo son, juegan con el silencio a su favor. Texto como piedra en el camino, que más allá de los silenciosos espacios bucólicos, nos recuerda que "el silencio exige que los campos de concentración se levanten en lugares apartados".

Silencio: Las personas que escriben libros de historia dedican demasiada atención a los llamados momentos sonados y no prestan la suficiente a los períodos de silencio. Se trata de una falla de intuición, tan infalible en cualquier madre cuando se da cuenta de que de la habitación del hijo no llega ningún ruido. La madre sabe que ese silencio no presagia nada bueno. Que es un silencio en el que acecha algún peligro. Corre hacia allí sabiendo que su intervención es imprescindible, corre porque siente que el mal flota en el aire. El silencio en la historia y en la política desempeña el mismo papel. Es señal de una desgracia y, a menudo, de un crimen. Es un instrumento político tan eficaz como pueden serlo el esgrimir las armas o los discursos en un mitin. Necesitan del silencio los tiranos y los ocupantes que velan para que su actuación pase inadvertida. Advirtamos con cuánto celo lo cuidaron y lo mimaron todos los colonialismos. Con qué discreción trabajó la Santa Inquisición. Con qué empeño evitó toda la publicidad Leonidas Trujillo. ¡Cuánto silencio emana de los países poblados de cárceles llenas a rebosar! Del país de Somoza, del país de Duvalier. ¡Cuánto esfuerzo le cuesta a cualquiera de estos dictadores el mantener el ideal estado de silencio, que sin embargo, cada dos por tres aparece alguien dispuesto a violar! ¡Cuántas víctimas causa y qué costes ocasiona! El silencio tiene sus leyes y sus exigencias. El silencio exige que los campos de concentración se levanten en lugares apartados. 

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viernes, 17 de abril de 2015

A propósito del primer aniversario del fallecimiento de nuestro Nóbel. 


Gabriel García Márquez

El Cataclismo De Damocles [Fragmento]
Conferencia en Ixtapa (1986)

Gabriel García Márquez (1927-2014)
Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazonía desaparecerá de la faz del planeta destruída por el granizo, y la wera del rock y de los corazones transplantados estará de regreso a su infancia glacial. Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrá salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La creación habrá terminado. En el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas.

Señores Presidentes, señores Primeros Ministros, amigas, amigos:

Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino la visión anticipada de un desatre cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión -dirigida o accidental- de sólo una parte mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes potencias.

Así es. Hoy, seis de agosto de 1986, existen en el mundo más de cincuenta mil ojivas nucleares emplazadas. En términos caseros, esto quiere decir que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barrilcon unas cuatro toneladas de dinamita, cuya explosión total puede eliminar doce veces todo rastro de vida en la Tierra. La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal, que pende sobre nuestras cabezas como un cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar cuatro planetas más que los que giran alrededor del sol, y de influir en el equilibrio del sistema solar. Ninguna ciencia, ningún arte, ninguna industria se ha doblado a sí misma tantas veces como la industria nuclear desde su origen, hace cuarenta y un años, ni ninguna otra creación del ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de determinación sobre el destino del mundo.

El único consuelo de estas simplificaciones terroríficas, -si de algo nos sirven-, es comprobar que la preservación de la vida humana en la tierra sigue siendo todavía más barata que la peste nuclear. Pues con el solo hecho de existir, el tremendo apocalípsis cautivo en los silos de muerte de los países más ricos estará malbaratando las posibilidades de una vida mejor para todos...


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martes, 14 de abril de 2015

La Afición A Matar
Qué Tipo De Persona Es Capaz De Hacer Algo Así

Por Fernando Savater
© FERNADO SAVATER / EDICIONES EL PAÍS, SL 2015.
Tomado del Magazín LECTURAS. Diario El Tiempo. Marzo 2015.

Fernando Savater

Es difícil pasar cierto tiempo en hospitales o clínicas y no reflexionar un poco, aunque sea superficialmente, sobre la fragilidad humana. Se hace evidente lo vulnerables que somos, la enorme cantidad de agresiones internas o externas que pueden convertirnos a cualquiera en una pavesa gimoteante y estremecida de dolor. Y ante esa evidencia que a todos nos amenaza y a casi todos nos alcanza, antes o después, resulta asombrosa la afición que algunos de nuestros semejantes muestran por asesinar al prójimo, incluso con refinamientos atroces, y luego enorgullecerse de ello como si se tratara de una hazaña. ¡Qué afán por competir en crueldad con la naturaleza! ¡Qué impaciencia, cuando para el mayor exterminio de seres humanos basta con aguardar a que transcurra un siglo! Y sobre todo qué ausencia suicida de simpatía ante formas de agonía ajenas que prefiguran y confirman la inevitabilidad de la nuestra.

Fue en la televisión de un cuarto de hospital donde vi el testimonio filmado por sus satisfechos autores de la ejecución del piloto jordano que cayó en las garras del EI: dentro de una jaula, quemado vivo por un reguero de fuego que se le acercaba sin que lo pudiera evitar… Es inmediato –y quizá ingenuo- preguntarse qué tipo de persona es capaz de hacer algo así. Alguien como usted como yo o como yo, ay, sin duda, que come y caga y se rasca y sueña por las noches. Alguien que se considera especialmente religioso y obligado por sus creencias vehementes a castigar a su prójimo de manera tan indecible, no diré ‘inhumana’ porque ya sabemos que la humanidad incluye también tales aberraciones. El pensador inglés Richard Dawkins, fogoso abogado del ateísmo, resume el problema así: “En el mundo hay personas buenas que hacen cosas buenas y personas malas que hacen cosas malas. Para que las personas buenas hagan cosas malas, hacen falta las religiones”. Por supuesto habría que añadir “y las ideologías políticas”, porque los campos de exterminio nazis, el Gulag, Guantánamo, el terrorismo etarra y tantas otras coartadas para la sevicia humana no pueden olvidarse. Lo que yo pongo en duda es que sean “buenas personas” las que así se dejan pervertir por dogmas exterminadores de una u otra impronta. Hace falta me parece, una mancha negra interior previa, un agujero fatal en el alma donde debía estar lo que nos defiende contra los peores impulsos… Mi amigo Cabrera Infante solía decir que el asesino suele serlo antes de haber encontrado su pretexto para asesinar.

Pero quienes matan por motivos personales (los celos, como el atribulado Otelo, la ambición, como Macbeth, la venganza, como Hamlet, etc…) son conscientes de que toman una decisión cuya responsabilidad, por muchas justificaciones que le busquen, recae innegablemente sobre ellos mismos y su conciencia. En cambio, quienes cometen sus crímenes movidos por creencias religiosas o ideológicas delegan esa responsabilidad en alguna entidad superior (sea la divinidad, algún profeta o líder religioso, el Pueblo, el progreso histórico, incluso la Civilización en ciertos casos) de la que se sienten simples ejecutores y a la que deben obediencia. Ellos están en la verdad y su forma de demostrarlo es borrar de la faz de la Tierra, de manera ejemplar si es posible, lo que impide la propagación de la verdad. El exterminio se convierte en una especie de verificación contundente, en el quod erat demostrandum de su dogma, lo cual les absuelve de toda culpa personal. En vano Sebastián Castellio argumentará contra Calvino hasta el martirio, diciendo “matar a un hombre no es nunca defender una doctrina, es solo matar a un hombre” (lo narra con admirable precisión y rigor Stefan Zweig en ‘Castellio contra Calvino’) y señalando que por la vía homicida nunca se refuerza ninguna convicción por respetable que sea. Como señaló certeramente Sánchez Ferlosio, nadie más peligroso que el que ha decidido “cargarse de razón”: una vez bien cargado, que se dispare antes o después con resultados letales es inevitable…

Hay un rasgo común a los terroristas de Al Qaeda o EI, que comparten también con los asesinos etarras y, si nos remontamos en el tiempo, con los más brutales nazis o bolcheviques, incluso con los jacobinos que protagonizaron el Terror en la Revolución Francesa: su juventud. En prácticamente todos los casos apenas rebasan los 20 años y algunos ni siquiera han llegado a cumplirlos. Quienes les incitan al delirio homicida son adultos o incluso viejos abominables (esos ancianos que reclaman de los jóvenes la violencia que ellos no pueden ya llevar a cabo, no hay nadie peor) pero ellos mismos, los feroces verdugos, son de una juventud desoladora, desesperada. Tienen la edad truculenta en la que no se cultivan ideales, sino que los ideales nos poseen; la edad en la que aún se siente uno tan inmortal que ni siquiera le importa inmolarse, la edad vigorosa que no simpatiza con la debilidad y sus padeceres  sino con el huracán que arrasa sin miramientos. Son implacables como los niños maleducados a quienes la experiencia de los años aún no ha podido domesticar. Y a veces envejecen sin arrepentirse, por nostalgia de aquella época obtusa y aciaga en que fueron crueles como dioses.


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Un Mundo Mejor Para Los Perros

Por: León Valencia

Así es Vallejo, piensa que el mal es la humanidad misma, que no hay redención posible para los hombres y pensaba yo, ahí, a su lado, oyendo la perorata: si es así, tampoco la hay para los perros, porque no hay perros sin hombres.

León Valencia Foto: Guillermo Torres
Vino Fernando Vallejo, estuve con él en la Cumbre Mundial de Arte y Cultura para la Paz. Lo invitaron, porque, ¡cómo no invitar a uno de los mejores escritores del país! Les dijo, no voy, no creo en esa paz, lo de La Habana es una farsa. Venga diga eso, le dijeron, y vino y lo dijo. Ya saben, Vallejo tiene un desprecio enorme por los políticos, por los militares, por los de las FARC, por Santos y Uribe y Pastrana, por el papa y un verbo fácil para mostrar la oscuridad de todos, para descubrir las miserias de todos, y despierta emociones con sus palabras y arranca aplausos en el auditorio y también conatos de rechifla.

Ya lo han dicho, convirtió la cantaleta de las mamás paisas en literatura y practica el arte con infamia, va desgranando una ofensa tras otra, tiene licencia para hacerlo, conoce la lengua como nadie, cada palabra rueda en la frase con ardor. Sinvergüenza le dijo a Santos, subió a la Presidencia predicando la guerra y se reinstaló en ella predicando la paz, y pensaba yo al lado: afortunadamente. ¡Qué tal que se hubiera empeñado en la derrota militar de las guerrillas! Ese es Vallejo, cosas que le parecen malas, a mí me parecen buenas. ¡Generales que van a La Habana! ¡Con qué derecho! Cuando son sus soldaditos, reclutados entre la gente pobre del pueblo, los que pagan el pato, mientras ustedes están mandando desde la seguridad de las oficinas de Bogotá, bañándose en la piscina del Club Militar y mamando a lo grande del presupuesto, dijo Vallejo, y allí su voz fue más enfática y más adolorida. Precisamente por eso, digo yo, de los generales, no solo tienen el derecho sino la obligación moral de ir a terminar esa guerra, tienen el deber de parar el desangre, no pueden seguir enviando a jóvenes campesinos a que mueran y maten a sus pares en la selvas de Colombia. Son ellos, además, los que tienen que asegurar que el desarme de las guerrillas sea transparente y total, y son ellos quienes tendrán que asumir la responsabilidad de proteger la vida de los guerrilleros que vengan a la vida civil y garantizar que puedan hacer política sin armas.

Y vuelve a Santos. Hace cinco años, una semana antes de que lo eligieran, el manipulador de marionetas repetía como disco rayado que Álvaro Uribe era el más grande presidente de la historia de Colombia. No bien salió elegido y al más grande presidente de la historia de Colombia y su protector le dio su buena patada en el culo. Y digo yo: ¡qué bueno ese cambio de opinión! Dónde estuviéramos si Santos hubiese seguido en la línea de resolver a tiros nuestro conflicto y mantener una confrontación abierta con los vecinos del sur de América. Dónde... Si hubiese mantenido la política de perseguir a las cortes y a la izquierda y a los periodistas críticos. ¡Hay lealtades que matan!

Y no faltó la pelea con Jesucristo, no podía faltar, por aquella frase ¡No les deis perlas a los cerdos! Sí se las doy, dijo, y a mis perros caviar. ¡Ah! Sus perros, su amor por los perros, la defensa de los perros ocupó parte de su discurso y otra vez se desató contra Antanas Mockus y Beatriz Londoño con la historia de que alguna vez ordenaron electrocutar a 400 perros en Engativá. Le he oído eso en varios discursos, como si fuera una afrenta personal. Alguna vez apareció en un escenario con una larga rastra de perros para hacer más patente la herida que le había dejado la acción de los políticos.

Alguien del público le reclamó, a viva voz, soluciones para Colombia, y él volvió a decir: que no se reproduzcan. Porque así es Vallejo, piensa que el mal es la humanidad misma, que no hay redención posible para los hombres y pensaba yo, ahí, a su lado, oyendo la perorata: si es así, tampoco la hay para los perros, porque no hay perros sin hombres. Un animal que recorrió el largo camino de la selva inhóspita a los patios y las habitaciones de las casas no tiene cómo volver atrás.

Le murmuré, sin la pretensión de que me tomara en cuenta, que a quienes teníamos hijos y nietos nos correspondía construir un mundo mejor para ellos y él, quizás, estaba obligado a imaginar un mundo mejor para sus perros. La manera no sé. Pero en todo caso la guerra no es buen ambiente para unos y para otros. También los perros sufren la orfandad, también lloran a sus amos, los he visto y no soy muy amigo de los perros.


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domingo, 12 de abril de 2015

Dura crítica al escritor Fernando Vallejo

"Vallejo encarna lo peor de este país del que tanto denigra"

El director del Colegio del Cuerpo escribe esta carta abierta a Alfredo Molano Bravo, a propósito de su presencia al lado del escritor paisa en un panel durante la Cumbre de Cultura, Arte y Paz que se celebra esta semana en Bogotá.

Por: Álvaro Restrepo*




Alfredo querido:

Desde hace unos días había querido escribirte... Es más, he pensado que quiero que esta sea una carta pública: tan fuertes fueron los sentimientos encontrados que se agolparon en mi pecho y en mi mente, al verte sentado en ese sofá al lado del escritor Fernando Vallejo en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán.

No podía ser más fuerte el contraste entre los dos personajes: mi admiración por tu persona, tu trabajo, la ética política, intelectual y humana que a lo largo de tu vida ha inspirado tu compromiso con este pobre y a la vez prodigioso país nuestro, al lado de mi desprecio por esta suerte de Doña Berta delirante e histérica en que se ha travestido Vallejo, dueño de la verdad y de la moral pública... De tanto en tanto el bardo abandona su cómodo ‘autoexilio’ mexicano para venir a vomitar su odio baboso sobre éste, su país de cafres e hijos de puta. Pero lo más grave no es que él exista...lo que me parece tremendo es que tenga una fanaticada tan numerosa e incondicional... No hay una sola idea novedosa en su discurso, una propuesta, una iniciativa, un gesto esperanzador: por el contrario, esta suerte de Cioran criollo y trasnochado cree que nos está revelando las bondades del agua tibia con cada una de sus ingeniosas y envenenadas ocurrencias...Él encarna para mí, querido Alfredo, lo peor de este país del que tanto denigra.

Viéndote allí sentado al lado de este bufoncito sin gracia, no pude evitar pensar en mi hermana Mónica (q.e.p.d.), también socióloga y, como tú, luchadora incansable. Y en lo mucho que ella te quiso y admiró. Me hizo pensar también en tanta gente valiosa y valerosa que sí se ha quedado aquí y que ha sacrificado su vida por intentar hacer de este paraíso/infierno un lugar digno para todos los colombianos. Por supuesto que hay que denunciar y criticar los horrores y exabruptos de todo orden que hacen parte de nuestra cotidiana realidad, pero hay que hacerlo con dignidad, con respeto, con altura intelectual y moral...como lo has hecho —y lo sigues haciendo— tú y muchos otros. Si el tiempo y la experiencia no nos sirven para ir morigerando y decantando nuestras posiciones y visiones, ¿de qué diablos nos sirve el tiempo?

Me dio mucho gusto y orgullo participar contigo hace un año en esa mesa convocada por el presidente Santos, “el peor bellaco de la historia”, cuando la reelección y el proceso de paz estuvieron en peligro. Ni tú ni yo somos “santistas”, pero los dos sabemos que Santos, por pertenecer a la clase a la que pertenece, es el único que por el momento puede pactar la paz. Yo sé que tú no quieres morirte (ni yo tampoco) sin haber disfrutado unos años de este país pacificado y en proceso de construcción de un proyecto colectivo de Nación...

Vallejo aceptó la invitación a esta Cumbre de Cultura, Arte y Paz para venir a decir que estas jornadas son una farsa y que todos los que en ellas participamos somos unos farsantes. El único que se salva es él...  Y remató su histórica (histérica) intervención diciendo “Yo no vine a arreglar nada...porque yo no lo dañé”. ¡Qué fácil, qué cómodo! ¡Pobre hombre...pero sobre todo, pobres sus áulicos!

Te abrazo,

Álvaro.


*Director del Colegio del Cuerpo.


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jueves, 9 de abril de 2015

Contra El Teatro
Por: Héctor Abad Faciolince
Hay personas que les tienen fobia a los sapos, o a los aviones, o a las culebras. Yo le tengo fobia al teatro.
Lo digo sin orgullo, casi con pena: ir al teatro me produce una aversión parecida a comer hígado de perro crudo. Los comediantes salen al escenario, gritan, manotean, hacen reír al público, y yo siento una mezcla de vergüenza ajena, rabia y malestar. Quiero salir corriendo. Sentado en la butaca no me meto en la acción: veo un espectáculo ridículo, caduco, un muerto en vida. Una antigualla que huele mal, una impostura. Los que odian los sapos, los que no soportan siquiera su vista, reconocen que el sapo es un animal inocente, inofensivo, incluso útil. Si a veces destila una leche venenosa, ésta puede producir eczema, pero casi nunca es mortal. También yo sé que el teatro es inocente, inofensivo, incluso útil, sé que su veneno no mata, y sin embargo me repele.
Para el fóbico, de nada vale la prueba racional de la inocencia del objeto de su fobia. Al que le tiene fobia a volar no le sirven las estadísticas sobre lo poco probables que son los accidentes aéreos. De nada le sirve que la culebra tal sea de las que no atacan a nadie; si tiene fobia por las culebras da lo mismo que pique o no. Al que odia el teatro no le importa que a él se hayan dedicado algunos de los mayores genios de la literatura: Shakespeare, Ibsen, Lope, Sófocles, Chéjov… Lo hicieron, sí, pero hace siglos, cuando ellos y el teatro estaban vivos, al mismo tiempo. También Homero era un genio, y escribió las obras cumbres de la épica, pero ¿a quién se le ocurre, hoy, hacer cantares de gesta?
Alguien con fobia al avión, en general, no tiene nada contra los pilotos en tierra. Yo no tengo nada contra los actores, críticos, escritores, empresarios o directores de teatro. Los festivales son dignos, los teatros heroicos. Los teatreros son personas, en general, tan inofensivas y útiles como los sapos. Sus obras destilan un veneno blancuzco que no mata. Fuera del escenario son simpáticos, inteligentes, cultos. Me caen muy bien, en un comedor o en una esquina, el Negro Aguirre, Ramiro Osorio, Anamarta de Pizarro, Carlos José Reyes, Ibsen Martínez, Gilberto ídem, Omar Porras, Sandro Romero, tantos otros: personas extraordinarias. Pero encaramados ya en el tablado de sus gestos, maquillados, disfrazados, se convierten en monstruos.
“No seas dramático”, le dice uno a un amigo cuando está exagerando. Los actores en el teatro —precisamente por lo falsa y poco convincente que es cualquier representación— tienen que exagerar, dramatizar: dan alaridos, lloran, la gesticulación se enfatiza para que pueda verse desde el gallinero, la voz es impostada, no hablan nunca como uno, parece que todos hubieran nacido en Chile o en Galicia, deben gritar incluso sus susurros. Si están bravos, parecen iracundos; si están tristes, se muestran desolados; si están contentos, deben parecer plenos, radiantes; cada sonrisa es una carcajada, la risa es ya una crisis epiléptica; un mínimo antojo se convierte en rijo. Por realista que sea el escenario, es siempre de mentiras. Por minimalista y desnudo que sea, todo montaje es mucho. Lloran, se empelotan, gruñen y, lo peor de todo (si es teatro moderno), involucran al público: pretenden que la gente de la platea se vuelva un actor más, tan malo como ellos. Te jalan del codo, te obligan a decir algo, te preguntan, te retan, te ofenden, te regañan, se burlan.
Al que le tiene fobia a los sapos, le fascinan los sapos, pero en láminas o en libro. También a mí me fascina el teatro leído. O trasladado al cine, con sus efectos de realidad cada vez más perfectos. Gozo con los dramas abstractos, leídos, o con ese teatro moderno que se llama cine. Como un homenaje al Festival de Teatro (que debe existir, y apoyarse, y protegerse, como los aviones, las culebras y los sapos), en estos días pienso leer a Arthur Miller, a Harold Pinter, a Molière. Pero al que me invite al teatro le contestaré en latín: vade retro.
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Esta fue la respuesta de Fabio Rubiano, publicada el primero de abril en su nuevo blog: hayteatro.blogspot.com

El Miedo Provoca Lo Temido

He conocido gente con fobias, y muchas veces lo peor que puede hacer alguien con esta patología es hacerla pública porque de inmediato comienzan a asustarlo con eso.

Las casas de las bromas están llenas de insectos, sapos, ratas, culebras, además de vergas, vaginas y excrementos de plástico. Todo en aras de producirle risa a alguien a costa del miedo del otro, del sufrimiento del otro. Los gestos de la gente que entra en pánico ante aquello que lo descontrola son impresionantes: la boca se tuerce para un lado que nunca imaginamos, los ojos se desorbitan, hiperventilan, se agachan como si fuera a caer una bomba; gestos que, según usted en su columna, son los que odia.

Lo paradójico es que queda la sensación al leer su penoso artículo, de que es usted quien hace los gestos a los actores cuando nadie lo está asustando, está sacando la lengua cuando no hay mimos persiguiéndolo, contrae los músculos de la cara y crispa las manos sin que se asomen por la ventana de su casa actores con máscaras griegas. Está haciendo muecas solo. ¿Cuál es la razón para que sea usted quien haga los gestos que tanto odia? Y los exhiba. Además está mostrando sus heridas, el desorden de sus neurotransmisores (las fobias lo producen), sus trastornos, ¿para qué?, ¿para que lo compadezcan, lo perdonen?

Para las fobias hay tratamientos. Bien podría curarse y volver algún día a teatro. Va a tener que ver muchas obras malas para alcanzar una buena, así sucede también con la literatura. Y sí, lo sé, hay gente que dice que la novela ya se escribió y que no hay que escribir más, de la misma manera que usted dice que el teatro ya no está vivo. Afirmaciones temerarias, pero ya de lugar común, como el fin de la historia, fin del arte, fin del fin. Apocalípticos de catálogo.

Al ver el título me emocioné, pensé que había argumentos sólidos, pero casi de inmediato llegó la sorpresa y la vergüenza. Habla usted del amor al cine donde no hay esos gestos feos del teatro que le crispan. Si tanto horror le producen, supongo que odiará el cine expresionista de los años 20 donde nada de lo que allí sucede se parece a la realidad, que es una de las exigencias que usted hace, o intuyo que detesta Kusturica por lo antinatural de la gestualidad, o que también siente fobia con algún Kurosawa. En su reemplazo asumo que disfruta más las películas basadas en novelas de Jane Austen o las hermanas Brontë, donde todo es muy limpio y los gestos medidos.

En esa misma línea sospecho que no disfruta usted la pintura de los expresionistas, o de los objetivistas como Otto Dix o Gorge Grozs, o que no aguanta ver a Lucian Freud o a Odd Nerdrum donde ahí sí que hay gestos grandes y feos (para usted, no para mí), y que prefiere cuidarse su fobia viendo a los que “no hacían gesticulaciones enfáticas y sí sabían como era que se pintaba”.

Imprecisiones

Hay que aclarar, entre otras cosas, las imprecisiones frente al teatro que aparecen en el artículo. Hay gente que compra sus libros y lee sus columnas, entre esos yo, y pueden quedar con información errónea.

1. Homero no escribió teatro, de hecho no escribió nada. Narraba, y como era ciego, a lo mejor también haría muecas repugnantes para los fóbicos de los gestos. Los cantares de gesta se hicieron casi 20 siglos después de Homero. Eso usted lo debe saber, no sé por qué lo confunde.

2. Cuando dice que a quién se le ocurriría hoy hacer cantares de gesta, recuerdo que fue lo mismo que le dijeron a Cervantes cuando escribió una novela de caballerías en una época en que el género ya estaba pasado de moda. Hay gente que escribe lo que está de moda en el momento oportuno. Los de teatro por lo general hacemos no lo que esté de moda, sino lo que creemos que es necesario.

3. Los actores de cine que usted admira pasaron por escuelas de teatro, y la formación no consistía en tirarse al piso y empelotarse, eso es básico, eso es un comentario de matrona del partido conservador. Hay muchas más cosas que hacer, con emociones o con técnica, años de trabajo. Esos grandes actores de cine no son actores de cine, son actores, y siempre regresan al teatro. Mínimo una vez cada año, decía Mastroianni, y el consejo lo siguen muchos. Lo hace Philip Seymour Hoffman hoy en día (está en cartelera con “La muerte de un agente viajero de Miller”), lo hace William Dafoe permanentemente con el Wooster Group. Los pocos buenos actores que hay en nuestra televisión ¿adivina usted de dónde salieron?

4. Aquello de que el teatro moderno involucra al público es una afirmación destemplada. Ese teatro moderno del que usted habla es de los años 60 y 70 con el furor del Open Theater o el Living Theater. Hoy en día eso no es para nada común, se usa en algunos espectáculos de calle o en números de payasos o magia. Espectáculos como “Fuerza bruta” o “Villa Villa” sí involucran a los espectadores; a veces descienden del cielo actores con arneses y se llevan consigo algún espectador. Las colas para verlos son interminables y los asistentes ruegan por ser ellos los “elegidos” para volar. De antemano saben a lo que van.

Con la Fura dels baus, agrupación catalana, uno está advertido de que en algún momento el teatro se puede incendiar, hay obras con encierro, incendio y bomberos. A mí no me parecen los mejores espectáculos en cuanto a lo esencial del teatro, pero supongo que en este último caso, cuando usted está entre las llamas y llevado en brazos por un bombero actor, sí se cumplen sus expectativas de verosimilitud.

5. Dice usted que el teatro es falso. ¿Me podría decir qué obra de arte no lo es? Primera clase del primer día: el arte no es la realidad, es una construcción poética, lírica, dramática…etc.  De hecho la realidad también es falsa, todos los días se dicen verdades que no lo son.

6. El teatro no es como usted dice inofensivo, ni inocente, mucho menos útil; cuando se vuelve útil deja de ser arte. Ni siquiera fue útil cuando cumplía funciones pedagógicas en el siglo XIX en Colombia. Es un trabajo minucioso, puntual, de corrección permanente para que se vea exactamente lo que se quiere decir, para poder ser lo suficientemente ético en lo que se plantea, para no estar al servicio de nadie, no ser útil para nadie. No es inocente, porque lo que se diga y haga puede insultar, o asustar, como a usted; y no es inofensivo, muchas veces ofende. “Casa de muñecas” ofendió a la sociedad noruega; “Las brujas de Salem”, a la norteamericana; todo el teatro abierto argentino ofendió a la cúpula militar, por eso les incendiaron el teatro; La Candelaria ofendió también y varias veces fueron allanados y les confiscaron los fusiles (eran de madera, de utilería).

7. El cine no es teatro moderno. El cine es hijo del teatro, lo que pasa es que es un hijo que se volvió rico y a pesar de todo siempre regresa a casa a pedir consejos. El cine muestra, el teatro alude, evoca. No montamos en un escenario cien soldados a caballo, pero hacemos que se sienta que ya van a entrar. En el cine de hoy tampoco son de verdad, lo siento. Las tropas multitudinarias son por computador, ojalá eso no lo aleje también de las salas de cine. Ah, y las muertes son de mentiras y la sangre también. Como en el teatro.

Tratamiento

Solo espero que usted haya escrito eso por congraciarse con alguien, o por  apresurado, por cumplir con su columna. Quiero pensar eso, que en medio del apresuramiento cometió errores no solo históricos, de concepto y de argumentación, sino de redacción, como unir Homero y cantar de gesta. Ojalá algún día rectifique.

El teatro es más de lo que usted dice. Y los actores son más que sapos. De hecho, han sido los menos sapos con el establecimiento y con los poderes económicos.

Yo le tengo un poco de miedo a ciertos sapos, y podría pensar que al escribir usted un artículo (con gesto y muecas de alabanza) a Julio Mario Santo Domingo, en el momento oportuno, se comportó como un sapo, y podría pensar también que ese es el único teatro que le gusta, el Julio Mario, que ante él no haría gestos de pánico sino reverencias. Si ese gesto cercano al de un sapo no me dio miedo, debió ser porque uno de los tratamientos efectivos contra las fobias es la exposición a lo temido, o porque tal vez usted no lo sea.
De todas maneras lo invito a que se trate.

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