Un
Mundo Mejor Para Los Perros
Por:
León Valencia
Así es Vallejo,
piensa que el mal es la humanidad misma, que no hay redención posible para los
hombres y pensaba yo, ahí, a su lado, oyendo la perorata: si es así, tampoco la
hay para los perros, porque no hay perros sin hombres.
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| León Valencia Foto: Guillermo Torres |
Vino
Fernando Vallejo, estuve con él en la Cumbre Mundial de Arte y Cultura para la
Paz. Lo invitaron, porque, ¡cómo no invitar a uno de los mejores escritores del
país! Les dijo, no voy, no creo en esa paz, lo de La Habana es una farsa. Venga
diga eso, le dijeron, y vino y lo dijo. Ya saben, Vallejo tiene un desprecio
enorme por los políticos, por los militares, por los de las FARC, por Santos y
Uribe y Pastrana, por el papa y un verbo fácil para mostrar la oscuridad de
todos, para descubrir las miserias de todos, y despierta emociones con sus
palabras y arranca aplausos en el auditorio y también conatos de rechifla.
Ya lo han
dicho, convirtió la cantaleta de las mamás paisas en literatura y practica el
arte con infamia, va desgranando una ofensa tras otra, tiene licencia para
hacerlo, conoce la lengua como nadie, cada palabra rueda en la frase con ardor.
Sinvergüenza le dijo a Santos, subió a la Presidencia predicando la guerra y se
reinstaló en ella predicando la paz, y pensaba yo al lado: afortunadamente.
¡Qué tal que se hubiera empeñado en la derrota militar de las guerrillas! Ese
es Vallejo, cosas que le parecen malas, a mí me parecen buenas. ¡Generales que
van a La Habana! ¡Con qué derecho! Cuando son sus soldaditos, reclutados entre
la gente pobre del pueblo, los que pagan el pato, mientras ustedes están
mandando desde la seguridad de las oficinas de Bogotá, bañándose en la piscina
del Club Militar y mamando a lo grande del presupuesto, dijo Vallejo, y allí su
voz fue más enfática y más adolorida. Precisamente por eso, digo yo, de los
generales, no solo tienen el derecho sino la obligación moral de ir a terminar
esa guerra, tienen el deber de parar el desangre, no pueden seguir enviando a jóvenes
campesinos a que mueran y maten a sus pares en la selvas de Colombia. Son
ellos, además, los que tienen que asegurar que el desarme de las guerrillas sea
transparente y total, y son ellos quienes tendrán que asumir la responsabilidad
de proteger la vida de los guerrilleros que vengan a la vida civil y garantizar
que puedan hacer política sin armas.
Y vuelve a
Santos. Hace cinco años, una semana antes de que lo eligieran, el manipulador
de marionetas repetía como disco rayado que Álvaro Uribe era el más grande
presidente de la historia de Colombia. No bien salió elegido y al más grande
presidente de la historia de Colombia y su protector le dio su buena patada en
el culo. Y digo yo: ¡qué bueno ese cambio de opinión! Dónde estuviéramos si
Santos hubiese seguido en la línea de resolver a tiros nuestro conflicto y
mantener una confrontación abierta con los vecinos del sur de América. Dónde...
Si hubiese mantenido la política de perseguir a las cortes y a la izquierda y a
los periodistas críticos. ¡Hay lealtades que matan!
Y no faltó
la pelea con Jesucristo, no podía faltar, por aquella frase ¡No les deis perlas
a los cerdos! Sí se las doy, dijo, y a mis perros caviar. ¡Ah! Sus perros, su
amor por los perros, la defensa de los perros ocupó parte de su discurso y otra
vez se desató contra Antanas Mockus y Beatriz Londoño con la historia de que
alguna vez ordenaron electrocutar a 400 perros en Engativá. Le he oído eso en
varios discursos, como si fuera una afrenta personal. Alguna vez apareció en un
escenario con una larga rastra de perros para hacer más patente la herida que
le había dejado la acción de los políticos.
Alguien del
público le reclamó, a viva voz, soluciones para Colombia, y él volvió a decir:
que no se reproduzcan. Porque así es Vallejo, piensa que el mal es la humanidad
misma, que no hay redención posible para los hombres y pensaba yo, ahí, a su
lado, oyendo la perorata: si es así, tampoco la hay para los perros, porque no
hay perros sin hombres. Un animal que recorrió el largo camino de la selva
inhóspita a los patios y las habitaciones de las casas no tiene cómo volver
atrás.
Le murmuré,
sin la pretensión de que me tomara en cuenta, que a quienes teníamos hijos y
nietos nos correspondía construir un mundo mejor para ellos y él, quizás,
estaba obligado a imaginar un mundo mejor para sus perros. La manera no sé.
Pero en todo caso la guerra no es buen ambiente para unos y para otros. También
los perros sufren la orfandad, también lloran a sus amos, los he visto y no soy
muy amigo de los perros.
***

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