La Afición A Matar
Qué Tipo De Persona Es
Capaz De Hacer Algo Así
Por Fernando Savater
© FERNADO SAVATER /
EDICIONES EL PAÍS, SL 2015.
Tomado del Magazín
LECTURAS. Diario El Tiempo. Marzo 2015.
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| Fernando Savater |
Es difícil pasar cierto
tiempo en hospitales o clínicas y no reflexionar un poco, aunque sea
superficialmente, sobre la fragilidad humana. Se hace evidente lo vulnerables
que somos, la enorme cantidad de agresiones internas o externas que pueden
convertirnos a cualquiera en una pavesa gimoteante y estremecida de dolor. Y
ante esa evidencia que a todos nos amenaza y a casi todos nos alcanza, antes o
después, resulta asombrosa la afición que algunos de nuestros semejantes
muestran por asesinar al prójimo, incluso con refinamientos atroces, y luego
enorgullecerse de ello como si se tratara de una hazaña. ¡Qué afán por competir
en crueldad con la naturaleza! ¡Qué impaciencia, cuando para el mayor
exterminio de seres humanos basta con aguardar a que transcurra un siglo! Y
sobre todo qué ausencia suicida de simpatía ante formas de agonía ajenas que
prefiguran y confirman la inevitabilidad de la nuestra.
Fue en la televisión de
un cuarto de hospital donde vi el testimonio filmado por sus satisfechos
autores de la ejecución del piloto jordano que cayó en las garras del EI:
dentro de una jaula, quemado vivo por un reguero de fuego que se le acercaba
sin que lo pudiera evitar… Es inmediato –y quizá ingenuo- preguntarse qué tipo
de persona es capaz de hacer algo así. Alguien como usted como yo o como yo,
ay, sin duda, que come y caga y se rasca y sueña por las noches. Alguien que se
considera especialmente religioso y obligado por sus creencias vehementes a
castigar a su prójimo de manera tan indecible, no diré ‘inhumana’ porque ya
sabemos que la humanidad incluye también tales aberraciones. El pensador inglés
Richard Dawkins, fogoso abogado del ateísmo, resume el problema así: “En el mundo hay personas buenas que hacen
cosas buenas y personas malas que hacen cosas malas. Para que las personas
buenas hagan cosas malas, hacen falta las religiones”. Por supuesto habría
que añadir “y las ideologías políticas”,
porque los campos de exterminio nazis, el Gulag, Guantánamo, el terrorismo
etarra y tantas otras coartadas para la sevicia humana no pueden olvidarse. Lo
que yo pongo en duda es que sean “buenas personas” las que así se dejan
pervertir por dogmas exterminadores de una u otra impronta. Hace falta me
parece, una mancha negra interior previa, un agujero fatal en el alma donde
debía estar lo que nos defiende contra los peores impulsos… Mi amigo Cabrera
Infante solía decir que el asesino suele serlo antes de haber encontrado su
pretexto para asesinar.
Pero quienes matan por
motivos personales (los celos, como el atribulado Otelo, la ambición, como
Macbeth, la venganza, como Hamlet, etc…) son conscientes de que toman una
decisión cuya responsabilidad, por muchas justificaciones que le busquen, recae
innegablemente sobre ellos mismos y su conciencia. En cambio, quienes cometen
sus crímenes movidos por creencias religiosas o ideológicas delegan esa
responsabilidad en alguna entidad superior (sea la divinidad, algún profeta o
líder religioso, el Pueblo, el progreso histórico, incluso la Civilización en ciertos
casos) de la que se sienten simples ejecutores y a la que deben obediencia.
Ellos están en la verdad y su forma de demostrarlo es borrar de la faz de la
Tierra, de manera ejemplar si es posible, lo que impide la propagación de la
verdad. El exterminio se convierte en una especie de verificación contundente,
en el quod erat demostrandum de su
dogma, lo cual les absuelve de toda culpa personal. En vano Sebastián Castellio
argumentará contra Calvino hasta el martirio, diciendo “matar a un hombre no es nunca defender una doctrina, es solo matar a un
hombre” (lo narra con admirable precisión y rigor Stefan Zweig en
‘Castellio contra Calvino’) y señalando que por la vía homicida nunca se
refuerza ninguna convicción por respetable que sea. Como señaló certeramente
Sánchez Ferlosio, nadie más peligroso que el que ha decidido “cargarse de
razón”: una vez bien cargado, que se dispare antes o después con resultados
letales es inevitable…
Hay un rasgo común a los
terroristas de Al Qaeda o EI, que comparten también con los asesinos etarras y,
si nos remontamos en el tiempo, con los más brutales nazis o bolcheviques,
incluso con los jacobinos que protagonizaron el Terror en la Revolución
Francesa: su juventud. En prácticamente todos los casos apenas rebasan los 20 años
y algunos ni siquiera han llegado a cumplirlos. Quienes les incitan al delirio
homicida son adultos o incluso viejos abominables (esos ancianos que reclaman
de los jóvenes la violencia que ellos no pueden ya llevar a cabo, no hay nadie
peor) pero ellos mismos, los feroces verdugos, son de una juventud desoladora,
desesperada. Tienen la edad truculenta en la que no se cultivan ideales, sino
que los ideales nos poseen; la edad en la que aún se siente uno tan inmortal
que ni siquiera le importa inmolarse, la edad vigorosa que no simpatiza con la
debilidad y sus padeceres sino con el
huracán que arrasa sin miramientos. Son implacables como los niños maleducados
a quienes la experiencia de los años aún no ha podido domesticar. Y a veces
envejecen sin arrepentirse, por nostalgia de aquella época obtusa y aciaga en
que fueron crueles como dioses.
***

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