miércoles, 4 de mayo de 2016

Tomado de Lo Mejor de Chumy Chúmez (1992)

La Vida Es Sueño


Ayer tuve el siguiente sueño: «Yo dormía tranquilamente cuando me despertó la inmisericorde puñalada sonora del despertador. Me levanté como un autómata, y como un autómata me lavé, me afeité y me sorbí el café descafeinado de todos los días mientras oía la radio. Luego fui a la oficina, donde ocupé mi silla de siempre, leí la prensa deportiva y ojeé unos papeles durante las interminables horas de mi aburrimiento ministerial. De repente, en el sueño, la misma inmisericorde puñalada del despertador me volvió a la vida, en la que entré sudando de angustia y con una zozobra que no puedo describir.»

A tientas, ya despierto, me levanté como un autómata, y como un autómata me lavé, me afeité y me sorbí el café descafeinado de todos los días mientras oía la radio. Luego fui a la oficina, donde ocupé mi silla de siempre, leí la prensa deportiva y ojeé unos papeles durante las interminables horas de mi aburrimiento ministerial.

Ahora estoy en casa. Ya  he vuelto a la oficina y, como siempre, contemplo las miserias del mundo a través de la televisión. Pronto me acostaré y volveré a soñar, estoy seguro, el mismo sueño de todas las noches, el sueño terrible, en el que al final sonará la citada inmisericorde puñalada que me vuelve al mundo para que, como un autómata, me lave, me afeite y sorba mi café descafeinado mientras oigo la radio. Y así será por toda la breve eternidad de mi vida. Ese es mi destino por ser hombre.

No sé cuándo estoy vivo o cuándo estoy soñando. La psicóloga de la empresa me ha dicho que no me preocupe, que a ella le pasa lo mismo, que ella también sueña todas las noches que un timbrazo sobrecogedor le despierta y que también ella se levanta como una autómata, y como una autómata se lava y se peina y toma un agrio café descafeinado mientras oye la radio. Y que va a la oficina a ver gente como yo que tiene ese sueño terrible, porque todos, absolutamente todos los empleados de la empresa en que me consumo sueñan y viven la dramática historia de la monotonía.

Me he quedado tranquilo con sus explicaciones y a partir de hoy sabré ser feliz con el destino que los dioses han elegido para que yo tenga ocasión de ensalzar su generosidad y su grandeza.



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Cerdos, Hombres, Ratas

Hace dos millones de años, mes más o mes menos, existían dos especies de homínidos: los Australopithecus robustus y los Homo habilis, que, entre otras cosas, se diferenciaban –decía Isaac Asimov en las páginas de ABC hace un par de semanas– en que los robustus eran herbívoros y los habilis comían de todo. Pues bien, el herbívoro se extinguió en un par de milenios de malas cosechas, y el habilis anda tan contento leyendo las páginas de ABC, gracias a su capacidad de deshacer todo  lo que consigue llevar a su estómago. Los omnívoros –añadía Asimov– poseen esa enorme ventaja. Y concluía con una información tenebrosa: los principales omnívoros contemporáneos somos nosotros –los hombres–, los cerdos y las ratas. Una de esas tres especies de glotones será probablemente la dueña del mundo dentro de otros dos millones de años, mes más o mes menos, como digo.

Si seguimos reproduciéndonos al ritmo con que lo estamos haciendo en los últimos tiempos y aniquilando la naturaleza con nuestra voracidad, dentro de unos años sólo quedaremos digeribles los miles de millones de hombres que poblaremos la tierra, los miles de millones de ratas que duplican, dicen, la población humana y los pobres cerdos, que serán los primeros en ser extinguidos en la fenomenal batalla que se organizará por la supervivencia.

Nosotros, desde hace milenios, ya nos estamos comiendo a los cerdos, que hasta ahora, que yo sepa, sólo se han comido un par de docenas de niños de pecho acostados en cunas mal vigiladas.

Las ratas, hundidas en las alcantarillas, viven de lo que nosotros les ofrecemos generosamente ya digerido, pero en cualquier ocasión en que el hombre flaquea salen a la calle a adueñarse de lo que creen seguramente que es suyo. Las ratas son los únicos proletarios que quedan vivos y con sentido de clase en el mundo capitalista.

Sin duda vencerá el hombre, que se comerá a las ratas y a los cerdos; y luego, tras dos o tres nuevos milenios, acabará por comerse a sí mismo, para gloria y continuación de la especie.

Y si no, al tiempo. Ya están advertidos. Coman ratas y cerdos si quieren ser algo el día de mañana.



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Yo No Soy Abyecto

El otro día un amigo, sin causa alguna que lo justificase, me dijo que yo era abyecto. No que mi comportamiento con él fuese abyecto, sino que yo personalmente era abyecto. No quise irritarle más de lo que estaba por culpa de mi lío con su mujer y sus hijas y de los veinte millones que le debo, y me callé.

Ahora, aquí en el silencio de mi estudio, una sorda irritación me invade cuerpo y alma cuando recuerdo que he sido tachado de abyecto sin serlo. Al menos yo no descubro en mí ese defecto.

Soy feo, ladrón, lascivo, egoísta, corruptor de menores, falsario, homosexual, falsificador de moneda, estafador desde mi situación financiera, servil, adúltero, homicida, instigador de los abortos de mis innumerables amantes, traficante de blancas, prestamista a intereses abusivos, prevaricador, traficante de drogas, adulterador de los productos que fabrico en mis empresas alimentarias, cruel con quienes se enfrentan a mis intereses, brutal, sádico a veces, vanidoso, difamador, codicioso y seguramente también soy portador de las pasiones que desatan los siete pecados capitales. No lo niego porque sé reconocer mis pequeños defectos. Pero con la misma firmeza que acepto ser lo que reconozco ser, niego ser abyecto. No tolero que se me acuse de algo que carece de objetividad. Yo no soy corruptor de menores, por ejemplo. Eso es un hecho objetivo. De eso me podía haber acusado mi amigo, que conoce mis relaciones con sus hijas. Yo habría aceptado dignamente su apelativo. Pero lo de abyecto no puedo consentirlo porque es una estimación subjetiva que me ofende profundamente.

¡Con qué facilidad juzgamos a los demás sin conocerlos! Aquí, desde la soledad de mi estudio, intento saber por qué me habrá llamado abyecto, por qué me acusa de abyección, qué razones le autorizan a sentirse autorizado a achacarme esa vagorosa, digamos, «abyeccidad». No lo comprendo. Me ha tratado como a un insecto.

Y eso que ignora lo de mis relaciones sexuales con su abuela.

Chumy Chúmez_En La Milicia Universitaria

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