Un
Cuento de Charles Bukowski
Quince
Centímetros
[Fragmento]
«…Sara me redujo a quince
centímetros. Me llevaba a la tienda en el bolso. Yo podía mirar a la gente por los agujeritos de ventilación
que ella había abierto en el bolso. Ahora bien, he de decir algo en su favor:
aún me permitía beber cerveza. La bebía con un dedal. Un cuarto me duraba un
mes. En los viejos tiempos, desaparecía en unos cuarenta y cinco minutos.
Estaba resignado. Sabía que si quisiera me haría desaparecer del todo. Mejor
quince centímetros que nada. Hasta una vida pequeña se estima mucho cuando
está cerca el final de la vida. Así que entretenía a Sara. Qué otra cosa podía
hacer. Ella me hacía ropita y zapatitos y me colocaba sobre la radio y ponía
música y decía:
-
¡Baila, pequeñín! ¡Baila, tontín mío, baila!
¡Baila, baila!
En fin, yo ya no podía siquiera
recoger mi paga del desempleo, así que bailaba encima de la radio mientras ella
batía palmas y reía.
Las arañas me aterraban y las
moscas parecían águilas gigantes, y si me hubiese atrapado un gato me habría
torturado como a un ratoncito. Pero aún seguía gustándome la vida. Bailaba,
cantaba, bebía. Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede
serlo más. Cuando me cagaba en la alfombra, Sara me daba una zurra. Colocaba
trocitos de papel por el suelo y yo cagaba en ellos. Y cortaba pedacitos de
aquel papel para limpiarme el culo. Raspaba como lija. Me salieron almorranas.
De noche no podía dormir. Tenía una gran sensación de inferioridad, me sentía
atrapado. ¿Paranoia? Lo cierto es que cuando cantaba y bailaba y Sara me dejaba
tomar cerveza me sentía bien. Por alguna razón, me mantenía en los quince
centímetros justos. Ignoro cuál era la razón. Como casi todo lo demás, quedaba
fuera de mi alcance. (…) luego pasó aquella cosa repugnante, algo
verdaderamente muy repugnante. Sara me cogió con dos dedos y me colocó allí,
entre sus piernas; las tenía abiertas, pero sólo un poquito. Y me vi ante un
bosque de pelos. Me puse rígido, presintiendo lo que se aproximaba. Quedé
embutido en oscuridad y hedor. Oí gemir a Sara. Luego Sara empezó a moverme
despacio, muy despacio, hacia adelante y hacia atrás. Como dije, la peste era
insoportable, y apenas podía respirar, pero en realidad había aire allí dentro…
había varias bolsitas y capas de oxígeno. De vez en cuando, mi cabeza, la parte
superior de mi cabeza, pegaba en El Hombre de la Barca y entonces Sara lanzaba
un gemido superiluminado.
Y empezó a moverme más deprisa,
más deprisa, cada vez más y empezó a arderme la piel, y me resultaba más
difícil respirar; el hedor aumentaba. Oía sus jadeos. Pensé que cuanto antes
acabase la cosa menos sufriría. Cada vez que me echaba hacia adelante arqueaba
la espalda y el cuello, arremetía con todo mi cuerpo contra aquel gancho curvo,
zarandeaba todo lo posible al Hombre de la Barca.
De pronto, me vi fuera de aquel
terrible túnel. (…) entonces alcé los ojos. ¿Sabéis lo que vi? Algo
sorprendente. Arriba, en la pequeña hendidura que había debajo de la cabecera
de la cama. Un alfiler de sombrero. Sí, un alfiler de sombrero, largo, con uno
de esos chismes redondos de cristal púrpura al extremo. Subí entre sus pechos,
escalé su cuello, llegué a su barbilla (no sin problemas), luego caminé
quedamente a través de sus labios, y entonces ella se movió un poco y estuve a
punto de caer y tuve que agarrarme a una de las ventanas de la nariz. Muy
lentamente llegué hasta el ojo derecho (tenía la cabeza ligeramente inclinada
hacia la izquierda) y luego conseguí subir hasta la frente, pasé la sien, y
alcancé el pelo… me resultó muy difícil cruzarlo. Luego, me coloqué en posición
segura y estiré el brazo… estiré y estiré hasta conseguir agarrar el alfiler.
La bajada fue más rápida, pero más peligrosa. Varias veces estuve a punto de
perder el equilibrio con aquel alfiler. Una caída hubiese sido fatal. Varias
veces se me escapó la risa: era todo tan ridículo. El resultado de una fiesta
para los chicos del almacén, Feliz Navidad.
Por fin llegué de nuevo a aquel
pecho inmenso. Posé el alfiler y escuché otra vez. Procuré localizar el punto
exacto de donde brotaba el rumor del corazón. Decidí que era un punto situado
exactamente debajo de una pequeña mancha marrón, una marca de nacimiento.
Entonces, me incorporé. Cogí el alfiler con su cabeza de cristal color púrpura,
tan bella a la luz de la lámpara, y pensé, ¿resultará? Yo medía quince
centímetros y calculé que el alfiler mediría unos veintidós. El corazón parecía
estar a menos de veintidós centímetros.
Alcé el alfiler y lo clavé.
Justo debajo de la mancha marrón. Sara de agitó. Sostuve el alfiler. Estuvo a
punto de tirarme al suelo… lo cual en relación a mi tamaño hubiese sido una
altura de trescientos metros o más. Me habría matado. Seguía sujetando con
firmeza el alfiler. De sus labios brotó un extraño sonido.
Luego toda ella pareció
estremecerse como si sintiese escalofríos.
Me incorporé y le hundí los
siete centímetros de alfiler que quedaban en el pecho hasta que la hermosa
cabeza de cristal púrpura chocó con la piel…»
***

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