Arthur
C. Clarke
La
Ascendencia Del Hombre
Tomado
de “Una Odisea Espacial 2001” [Fragmento]
«Un
nuevo animal se hallaba sobre el planeta, extendiéndose lentamente desde el
corazón del África. Era aún tan raro que un premioso censo lo habría omitido,
entre los prolíficos billones de criaturas que vagaban por la tierra y por mar.
Hasta el momento, no había evidencia alguna de que pudiera prosperar, o hasta
sobrevivir; había habido en este mundo tantas bestias más poderosas que
desaparecieron, que su destino pendía aún en la balanza.
En los
cien mil años transcurridos desde que los cristales descendieron en África, los
monos-humanoides no habían inventado nada. Pero habían comenzado a cambiar, y
habían desarrollado actividades que ningún otro animal poseía. Sus porras de
hueso habían aumentado su alcance y multiplicado su fuerza; ya no se
encontraban indefensos contra las bestias de presa competidoras. Podían apartar
de sus propias matanzas a los carnívoros menores; en cuanto a los grandes,
cuando menos podían disuadirlos, y a veces amedrentarlos, poniéndolos en fuga.
Sus
macizos dientes se estaban haciendo más pequeños, pues ya no les eran
esenciales. Las piedras de afiladas aristas que podía ser usadas para arrancar
raíces, o para cortar y aserrar carne o fibra, habían comenzado a remplazarlas,
con inconmensurables consecuencias. Los monos-humanoides no se hallaban ya
enfrentados a la inanición cuando se les pudrían o gastaban los dientes; hasta
los instrumentos más toscos podía añadir varios años a sus vidas. Y a medida
que disminuían sus colmillos y dientes, comenzó a variar la forma de sus cara;
retrocedió su hocico, se hizo más delicada la prominente mandíbula, ya la boca
se tornó capaz de emitir sonidos más refinados. El habla se encontraba aún a
una distancia de un millón de años, pero habían sido dados los primeros pasos
hacia ella.
Y
seguidamente comenzó a cambiar el mundo. En cuatro grandes oleadas, con
doscientos mil años entre sus crestas, barrieron el Globo las Eras Glaciales,
dejando su huella por doquiera. Allende los trópicos, los glaciares dieron
buena cuenta de quienes habían abandonado prematuramente su hogar ancestral; y,
en todas partes, segaron también a las criaturas que no podían adaptarse.
Una vez
pasado el hielo, también se fue con él mucha de la vida primitiva del planeta…
incluyendo a los monos-humanoides. Pero, a diferencia de muchos otros, ellos
habían dejado descendientes; no se habían simplemente extinguido… sino que
habían sido transformados. Los constructores de instrumentos habían sido
rehechos por sus propias herramientas.
Pues
con el uso de los garrotes y los pedernales, sus manos habían desarrollado una
destreza que no se hallaba en ninguna otra parte del reino animal,
permitiéndoles hacer aún mejores instrumentos, los cuales a su vez habían
desarrollado todavía más sus miembros y cerebros. Era un proceso acelerador,
acumulativo; y en su extremo estaba el hombre.
El
primer hombre verdadero tenía herramientas y armas sólo un poco mejores que la
de sus antepasados de un millón de siglos atrás, pero podían usarlas con mucha
más habilidad. Y en algún momento de los oscuros milenios pasados, habían
inventado el instrumento más esencial de todos, aun cuando no pudiera ser visto
ni tocado. Habían aprendido a hablar, logrando así su primera gran victoria
sobre el Tiempo. Ahora, el conocimiento de una generación podía ser transmitido
a la siguiente, de forma que cada época podía beneficiarse de las que la habían
precedido.
A
diferencia de los animales, que conocían solo el presente, el Hombre había
adquirido un pasado, y estaba comenzando a andar a tientas hacia el futuro.
Estaba
también aprendiendo a sojuzgar a las fuerzas de la naturaleza; con el dominio
del fuego, había colocado los cimientos de la tecnología y dejado muy atrás a
sus orígenes animales. La piedra dio paso al bronce, y luego al hierro. La caza
fue sucedida por la agricultura. La tribu crecía en la aldea, y ésta se
transformaba en ciudad. El habla se hizo eterno, gracias a ciertas marcas en
piedra, en arcilla y en papiro. Luego inventó la filosofía y la religión. Y
pobló el cielo, no del todo, inexactamente, con dioses.
A
medida que su cuerpo se tornaba cada vez más indefenso, sus medios ofensivos se
hicieron cada vez más terribles. Con piedra, bronce, hierro y acero había recorrido
la gama de cuanto había aprendido cómo derribar a distancia a sus víctimas. La
lanza, el arco, el fusil y el cañón y finalmente el proyectil guiado, le habían
procurado armas de infinito alcance y casi infinita potencia.
Sin
esas armas, que sin embargo había empleado a menudo contra sí mismo, el Hombre
no habría conquistado nunca su mundo. En ellas había puesto su corazón y su
alma, y durante eras le habían servido muy bien.
Mas
ahora, mientras existían, estaba viviendo con el tiempo prestado.»
***


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