Tomás Carrasquilla
En la Diestra de Dios Padre
[Fragmento]
«…La caridá de Peralta fue
creciendo tanto que tuvo que conseguir casas pa recoger los enfermos y los
lisiaos; y él mismo pagaba las medicinas, y él mismo con su misma mano se las
daba a los enfermos.
Esto llegó a oídos de su Saca
Rial y lo mandó llamar. Los amigos de Peralta y la Peraltona le decían que se
mudara y se engalanara hartísimo pa ir a cas del Rey; pero Peralta no hizo
caso, sino que tuvo cara de presentársele con su mismito vestido y a pata
limpia, lo mismo qui un montañero. El Rey y la Reina estaban tomando chocolate
con bizcochuelos y quesito fresco, y pusieron a Peralta en medio de los dos, y
le sirvieron vino en la copa del Rey qu’era di oro, y l’echaron un brinde con
palabras tan bonitas, qui aquello parecía lo mismo que si fuera con el obispo
Gómez Plata.
Peralta recorrió muchos
pueblos, y en todas partes ganaba, y en todas partes socorría a los pobres;
pero como en este mundo hay tanta gente mala y tan caudilla echaron a
levantarle testimonios. Unos decían qu’era ayudao; otros, qui ofendía a mi
Dios, en secreto, con pecaos muy horribles; otros, qu’era duende y que volaba
de noche por los tejaos, y qu’ escupía la imagen de mi Amito y Señor. Toíto
esto fué corruto en el pueblo, y los mismos qu’el protegía, los mismitos que
mataron la hambre con su comida, prencipiaron a mormurar. Tan solamente el
curita del pueblo lo defendía; pero nadie le creyó, como si fuera algún
embustero. Toditico lo sabía Peralta, y nadita que se le daba, sino que seguía
el mismito: siempre tan humilde la criatura de mi Dios. El cura le decía que
compusiera la casa que se le estaba cayendo con las goteras y con los ratones y
animales que si habían apoderado d’ ella; y Peralta decía: “¿Pa qué, señor? La
plata qu’he de gastar en eso, la gasto en
mis pobres: yo no soy el Rey pa tener palacio”.
Estaba un día Peralta solo
en grima en dichosa la casa, haciendo los montoncitos de plata pa repartir,
cuando, ¡tun, tun! En la puerta. Fué a abrir, y… ¡mi amo de mi vida! ¡Qué
escarramán tan horrible! Era la Muerte, que venía por él. Traía la güesamenta
muy lavada, y en la mano derecha la desjarretadera encabada en un palo negro
muy largo, y tan brillosa y cortadora que s’enfriaba uno hasta el cuajo de ver
aquéllo! Traía en la otra mano un manojito de pelos que parecían hebritas de
bayeta, para probar el filo de la herramienta. Cada rato sacaba un pelo y lo
cortaba en el aire. “Vengo por vos”, le dijo a Peralta. “¡Bueno! –le contestó
éste-. Pero me tenés que que dar un placito pa confesarme y hacer el
testamento”. “Con tal que no sea mucho –contestó la Muerte, de mal humor-
porqui ando di afán”. “Date por ai una güeltecita –le dijo Peralta-, mientras
yo me arreglo; go, si te parece, entretenéte aquí viendo el pueblo, que tiene
muy bonita divisa. Mirá aquel aguacatillo tan alto; trepáte a él pa que divisés
a tu gusto”.
La Muerte, que es muy
ágil, dió un brinco y se montó en una horqueta del aguacatillo; se echó la
desjarretadera al hombro y se puso a divisar. “Dáte descanso, viejita, hasta
qui a yo me dé la gana –le dijo Peralta- que ni Cristo, con toda su pionada, te
baja d’es’horqueta!”.
Peralta cerró su puerta, y
tomó el tole de siempre, Pasaban las semanas y pasaban los meses y pasó un año.
Vinieron las virgüelas castellanas, vino el sarampión y la tos ferina; vino la
culebrilla, y el dolor de costao, y el descenso, y el tabardillo, y nadie se
moría. Vinieron las pestes en toítos los animales; pues tampoco se murieron.
Al comienzo de la cosa
echaron mucha bambolla los dotores con todo lo que sabían; pero luego fue
colando en malicia qu’eso no pendía de los dotores sino de algotra cosa. El
cura, el sacristán y el sepolturero pasaron hambres a lo perro, porque ni un
entierrito, ni la abierta di una sola sepoltura güelieron en esos días. Los
hijos de taitas viejos y ricos se los comía la incomodidá de ver a los
viejorros comiendo arepa, y que no les entraba la muerte por ningún lao. Lo
mismito les sucedía a los sobrinos con los tíos solteros y acaudalaos; y los
maridos casaos con mujer vieja y fea se revestían di una enjuria, viendo la
viejorra tan morocha, ¡habiendo por ai mozas tan bonitas con qué reponerlas! De
todas partes venían correos a preguntar si en el pueblo se morían los
cristianos. Aquello se volvió una batajola y una confundición tan horrible,
como si al mundo li hubiera entrao algún trastorno. Al fin determinaron todos
qu’era que la Muerte si había muerto, y ninguno volvió a misa ni a encomendarse
a mi Dios.
Mientras tanto, en el
Cielo y en el Infierno estaban ofuscados y confundidos, sin saber qué sería
aquello tan particular. Ni un alma asomaba las narices por esos laos: aquello
era la desocupez más triste. El Diablo determinó ponerse en cura de la rasquiña
que padece, pa ver si mataba el tiempo en algo. San Pedro se moría de la pura
aburrición en la puerta del Cielo; se lo pasaba por ai sentaíto en un banco,
dormido, bosteciando y rezando a raticos en un rosario bendecido en Jerusalén.
Pero viendo que la
molienda seguía, cerró la puerta, se coló al Cielo y le dijo al Señor:
“Maestro; toda la vida l’he servido con mucho gusto; pero ai l’entrego el
destino; ¡esto sí no lo aguanto yo! ¡Póngame algotro oficio qui’hacer o saque
algún recurso!”. Cristico y San Pedro se fueron por allá a un rincón a
palabriase. Después de mucho secreto, le dijo el Señor: “Pues eso tiene que
ser; no hay otra causa. Volvé vos al mundo y tratá a esi’hombre con harta
mañita, pa ver si nos presta la Muerte, porque si nos embromamos”.
Se puso San Pedro la muda
de pelegrino, se chantó las albarcas y el sombrero y cogió el bordón. Había
caminao muy poquito, cuando s’encontró con un atisba que mandaba el Diablo pa
que vigiara por los lados del Cielo, a ver si era que todas las almas s’estaban
salvando. “¡Qué salvación ni qué demontres! –le dijo San Pedro-. ¡Si esto
s’está acabando!”.
Esa misma noche, casi al
amanecer, llovía agua a Dios misericordia, y Peralta dormía quieto y sosegao en
su cama. De presto se recordó, y oyó que le gritaban desdi afuera: “¡Abríme,
Peraltica, por la Virgen, qu’es de mucha necesidá!”. Se levantó Peralta, y al
abrir la puerta se topó mano a mano con el viejito, que le dijo: “Hombre; no vengo
a que me des posada tan solamente; ¡vengo mandao por el Maestro a que nos
largués la Muerte unos días, porque vos la tenés de pata y mano en algún
encierro!”. “Lo que menos, su Mercé –dijo Peralta-. La tengo muy bien
asegurada, pero no encerrada; y se la presto con mucho gusto, con la condición
de qui a yo no mi’haga nada”. “¡Contá conmigo!” –le dijo San Pedro.
Apenitas aclarió salieron
los dos a descolgar a la Muerte. Estaba lastimosa la pobrecita: flacuchenta,
flacuchenta; los güesos los tenía toítos mogosos y verdes, con tantos soles y
aguaceros comu’había padecido; el telarañero se l’enredaba por todas partes,
qui aquello parecía vestido di andrajos; la pelona la tenía llena di hojas y de
porquería di animal, que daba asco; la herramienta parecía desenterrada de puro
lo tomaíta qu’estaba. Pero lo que más enjuria le daba a San Pedro era que
parecía tuerta, porqui’un demontres diavispa había determinao hacer la casa en
la cuenca del lao zurdo. Estaba la pobrecita balda, casi tullida d’estar
horquetiada tantísimo tiempo. De Dios y su santa ayuda necesitaron Peralta y
San Pedro pa descolgala del palo. Agarraron después una escoba y unos trapos;
le sacaron el avispero, y ello más bien quedó medio decente. Apenas se vio
andando recobró fuerza, y en un instantico volvió a amolar la desjarretadera… y
tomó el mundo. ¡Cómo estaría di hambrienta con el ayuno! En un tris acaba con
los cristianos en una semana. Los dijuntos parecían gusanos de cosecha, y ni an
los enterraban, sino que los hacían una montonera, y ai medio los tapaban con
tierra. En las mangas rumbaba la mortecina, porque ni toda la gallinazada del
mundo alcanzaba a comérsela. Peralta sí era verdá que parecía ahora un duende,
di aquí pa’cá, en una y en otra casa, amortajando los dijuntos y consolando y
socorriendo a los vivos.
La Muerte si aplacó un
poquito; los contaítos cristianos que quedaron volvieron a su oficio; y como
los vivos heredaron tanto caudal, y el vicio del juego volvió a agarrarlos a
todos, consiguió Peralta más plata en esos días que la qui había conseguido en
tanto tiempo. ¡Hijue pucha si’staba ricachón! ¡Ya no tenía ondi acomodala!
Pero cátatelo ai qui un
día amanece con una pata hinchada, y le coló una discípula de la mala. Al
momentico pidió cura y arregló los corotos, porque se puso a pensar qui harto
había vivido y disfrutao, y que lo mismo era morirse hoy que mañana go el otro
día. Mandó en su testamento que su mortaja fuera de limosna, que le hicieran
bolsico, y que precisadamente le metieran en él la baraja y los daos; y comu’era
tan humilde quiso que lo enterraran sin ataúl, en la propia puerta del
cementerio onde todos lo pisaran harto. Asina fue qui apenitas se le presentó
la Pelona cerró el ojo, estiró la pata y le dijo: “¡Matáme pues!”. ¡Poquito
sería lo duro que li asestó el golpe, con el rincor que le tenía!
Peralta s’encontró en un
paraje muy feíto, parecido a una plaza. Voltió a ver por todas partes, y por
allá, muy allá, descubrió un caminito muy angosto y muy lóbrego casi cerrao por
las zarzas y los charrascales. “Ya sé aonde va se va por ese camino –pensó
Peralta-. ¡El mismito que mentaba el cura en las prédicas! ¡Cojo pu’el otro
lao!”. Y cogió. Y se fue topando con mucha gente blanca y di agarre, que
parecían fefes o mandones, y con señoras muy bonitas y ricas que parecían
principesas. Como nunca fué amigo de meterse entre la gente grande, se fué por
un laíto del camino, que se iba anchando y poniéndose plano como las palmas de
la mano. ¡María, Madre si había que ver en aquel camino! ¡Parecía mismamente
una jardinera, con tánta rosa y tánta clavellina y con aquel pasto tan bonito!
Pero eso sí: ni un afrecherito, ni una chapola de col ni un abejorro se veía
por ninguna parte ni pa remedio. Aquellas flores tan preciosas no güelían, sino
que parecían flores muertas.
Peralta seguía a la
resolana, con el desentendimiento de toda su vida. Por allá, en la mitá di un
llano, alcanzó a divisar una cosa muy grande, muy grandísima; mucho más que las
iglesias, mucho más que la piedra del Peñol. Aquello blanquiaba com’un avispero;
y como toda la gente se iba colando a la cosa. Peralta se coló también.
Comprendió qu’era el Infierno, por el jumero que salía de p’arriba y el
candelón que salía de p’abajo. Por ai andaba mucha gente del mundo en conversas
y tratos con los agregaos y piones del Infierno.
Él se adentró por una
gulunera muy escura y muy medrosa que parecía un socavón, y fue a repuntar por
allá a unas californias ondi había muchas escaleras que ganar, y unos zanjones
muy horrendos por onde corrían unas aguas muy mugrientas y asquerosas. A tiempo
que pasaba por una puertecita oyó un chillido como de cuchinito cuando lo’stán
degollando, y si asomó por una rendija. ¡Virgen! ¡Qué cosa tan horrenda! No era
cuchino: era una señora de mantellina y saya de merinito algo mono, que la
tenían con la lengua tendida en el yunque, con la punta cogida con unas
tenazonas muy grandes; y un par de diablos herreros muy macuencos y cachipandos
li alzaban macho a toda gana. ¡Hijue la cosa tan dura es la carne de condenao!
¡Aquella lengua ni se machucaba, ni se partía, ni saltaba en pedazos: ai se
quedaba intauta! Y a cada golpe le gritaban los diablos a la señora: “¡Esto es
pa que levantés testimonios, vieja maldita! ¡Esto es pa que metás tus mentiras,
vieja lambona! ¡Esto es pa qu’enredés a las personas, vieja culebrona!”. Y a
Peralta le dio tanta lástima que salió de güída.»
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