Vocación de Merengue
Por: Daniel Samper
Pizano
Tomado de la revista
Carrusel del diario El Tiempo. N° 1549
Bogotá. Abril 8 de 2011.
El problema de envejecer
es que el cuerpo descubre nuevos enemigos y conoce piezas suyas que sólo tenían
los demás. A los veinte años uno oye hablar de la próstata o la vesícula, pero
ignora si son nombres de diosas griegas o partes de la anatomía. Con el pasar
de los años, ay, se entera de que correspondían a esta segunda categoría. Una
de las dos cumple funciones sexuales y la otra, gastrointestinales, pero aún no
sé bien cuál es cuál. Temo que no tardaré en averiguarlo.
Las consecuencias se
traducen en novedades médicas y severos cambios de costumbres. Por ejemplo, el
tiempo que en la adolescencia se emplea en intercambiar recetas contra el acné
juvenil, se gasta, pasado el medio siglo, en charlas sobre aflicciones
reumáticas. Otro ejemplo: en la infancia, el niño que exhibía la cicatriz del
apéndice era un héroe para sus compañeros. Pasados los cincuenta, las
cicatrices se vuelven tema obligado de las reuniones sociales. He asistido a
fiestas que acaban con inocentes exhibiciones de viejas cirugías a cargo de
ambos sexos. Cada vez más, merced a las intervenciones por laparoscopia, son
más escasas las cremalleras de operaciones
a pecho abierto. Que antes empezaban en el cuello y llegaban a la entrepierna,
donde aparecía un letrerito que decía: “Continúa a la vuelta”. En vez de esas
tremendas huellas quedan ahora unos mínimos vestigios de los huequitos por
donde hábiles galenos extrajeron próstatas, matrices, vesículas, hígados,
corazones, columnas vertebrales y, por supuesto, apéndices y hasta prólogos.
Uno de los enemigos de
la salud que se agazapan más allá de la cincuentena y se convierten en
pesadilla de la gente mayor se llama osteoporosis. Su etimología describe el
mal: “os”, que significa hueso;
“teo”, que significa Dios; y
“porosis”, que significa por eso. Es
decir, que este mal ataca los huesos y por eso hasta Dios le teme. Y le teme
por viejo, pues Dios es eterno pero no inmune.
La osteoporosis
convierte los huesos en piedra pómez. Una pequeña caída que en un niño no pasa
de un raspón y un llanto, en la abuela del niño significa tres huesos
destrozados, sala de cirugía, tornillos y pedazos de biela insertados en las piernas,
cuatro meses de muletas y el perpetuo temor a un nuevo resbalón.
Mencioné a la abuela del
niño y no al abuelo, porque “la osteo”, como la llaman las amigas, afecta más a
las mujeres que a los hombres. Tiene que ver con una cosa extraña que a partir de
cierta edad echan en falta las señoras y que se llama progesterona. Sospecho
que es una hormona, pero no sé dónde se genera, ya que no soy médico sino
apenas un modesto aficionado a la ginecología. El asunto es que, cuando escasea
esta substancia, los huesos se tornan débiles y quebradizos y la víctima
adquiere blanda vocación de merengue.
La culpa, empero, no es
solo de “la proge”, como la llaman las amigas, sino de los malos hábitos: la
fumadera, la tomadera, la locha y la comedera de alimentos poco aconsejables.
Señoras: hay que salir, asolearse un poco, caminar, bailar, respirar aire libre
y leer columnistas de humor. Es el mejor pasaporte hacia una vida sana.
De lo contrario, “la
osteo” las convertirá en un puñadito de arena. Así acontece a las mujeres
británicas. En Inglaterra la fragilidad ósea se ha vuelto una enfermedad
crónica, que cada año produce 230 mil fracturas y cuesta al servicio de salud 3
mil millones de dólares. Uno entiende que esas pobres señoras de países
abrazados por la neblina, el invierno y las emisiones volcánicas no logren ver
el sol ni fijar el calcio en los huesos (que es lo que hace el sol, sin que
nadie se lo agradezca). Pero es inadmisible que ocurra algo parecido en estos
países tropicales bendecidos por la buena luz y el mal transporte público, que
obliga a caminar y hacer ejercicio.
Invito a mis lectoras a
combatir desde temprano “la osteo”. Practiquen la cumbia, la salsa y el amor.
Las caderas son para moverlas, señoras, no para tenerlas quietitas, hasta que
un día se desmoronen y las conviertan en polvo. Pero del otro.
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