El
Canto De Las Sirenas
[Fragmento]
Por: William Ospina
Tomado de «Es Tarde Para El
Hombre» (1994)
Como el padre de Buda, la sociedad contemporánea parece empeñada en impedir que sus hijos se enteren de que existen la enfermedad, la vejez y la muerte. Al menos en Occidente cunde una suerte de religión de la salud, de la juventud, de la belleza y de la vida que contrastan con el carácter cada vez más dañino de la industria, cada vez más mortífero de la ciencia y de la economía. El instrumento principal de este culto es la publicidad, que cotidianamente nos vende una idea del mundo de la cual tienden a estar excluidos todos los elementos negativos, peligrosos o inquietantes de la realidad. Bellos jóvenes atléticos y felices pueblan ese universo de papel y de luz donde nadie sufre tragedias que no pueda resolver el producto adecuado, donde nadie envejece jamás si usa la crema conveniente, donde nadie engorda si toma la bebida que debe, donde nadie está solo si compra los perfumes o cigarrillos o autos que se le recomiendan, donde nadie muere si consume bien. Este curioso paraíso de bienestar y belleza y confort, tal vez no tiene parangón en la historia de las religiones, que siempre derivaron parte de su poder de recordarle al hombre sus limitaciones y lo patético de su destino. Pero yo me atrevo a pensar que aun las religiones más despóticas e indeseables se empeñan en salvar al hombre, eran sinceras incluso en sus errores y sus extravíos, y en cambio, esta opulenta religión contemporánea no es más que la máscara infinitamente seductora de un poder inhumano, que desprecia ostentosamente al hombre y al mundo, y que ni siquiera lo sabe. Esta extraña potestad ha descubierto lo que descubrió Schopenhauer, que el destino del hombre no es más que una cadena de apetitos que siempre se renuevan, un anhelar que no encuentra jamás su saciedad definitiva, un girar eternamente en la rueda de la necesidad y en la ilusión de satisfacerla. Pero ese descubrimiento, que puede llevar a un filósofo a proponer la valoración absoluta del instante, el gozo de lo efímero, y la exaltación del deseo que “siempre recomienza” como el mar de Valéry, ha llevado a la industria a provechar esa condición humana para los atroces designios de una acumulación ciega y sórdida. Los valores que la humanidad exaltó durante siglos como formas ideales o especialmente gratas de su existencia, la juventud, la salud, la belleza, el vigor, terminan siendo utilizados como señuelos para inducir a los hombres a un consumo cada vez más artificial e injustificado. Vemos a esas hermosas muchachas que vacilan entre el pudor y la ostentación, en la más tentadora de las fronteras; vemos a esos jóvenes andróginos que copian los gestos de los mármoles clásicos; vemos esas parejas como sorprendidas en los umbrales del amor y el deseo; todo es allí tentación y sensualidad, todos esos cuerpos están ofrecidos, a la vez como promesas y como paradigmas de una vida plena y feliz en la que nunca cesa el ritual, donde la plenitud no tiene pausas, donde el amor no vacila, donde la vitalidad no fatiga y la belleza no parpadea, en su estudiosa eternidad de fotografías y películas comerciales, y nos parece que hay una legión de seres trabajando para nuestra felicidad. La magia homeopática funciona. Llegamos a sentir que esa bebida gaseosa nos hará bellos, que esa crema nos hará jóvenes, que esa bicicleta estática nos hará perfectos, que ese alimento nos hará inmortales; y nuestra existencia llena de imperfecciones, y vacíos, y soledades, parece tocar por un instante el incontaminado reino de los arquetipos. Pero pasa el consumo y la vida sigue su combustión y su desgaste. Renacen los apetitos y no acabamos de entender por qué hay algo en nosotros más insatisfecho, algo que parece cada vez más indigno y más derrotado. Tal vez nunca seremos tan bellos, aunque compremos todo lo que nos venden, tal vez nunca seremos tan saludables, tan serenos, tan exitosos, tan admirados, tan ricos. Las ilusiones que nos obligan a comprar se revelan inaccesibles, pero finalmente la falla no estará en los opulentos arquetipos sino en nuestra imperfección.
La seducción nos toma por
sorpresa aunque no ignoramos que la belleza, como todas las otras virtudes
involuntarias, está bajo sospecha. Antes era más fácil saber dónde estaba la
belleza. La habíamos aprendido de los mármoles griegos y del arte europeo, sus
cánones estaban establecidos: correspondían a la imagen de las razas
hegemónicas de la civilización. Ante esos modelos los africanos eran simiescos,
los asiáticos pálidos, feos y enanos, los indios americanos toscos y grotescos,
los mulatos deformes y los mestizos simples y triviales. Pero el nazismo
desenmascaró definitivamente el error de pensar que de verdad ciertas
características físicas comportan algún tipo de superioridad morfológica,
intelectual o moral. Hemos visto a los pueblos famosamente más civilizados de
la tierra profesando teorías estúpidas y secundando crímenes fundados en las
más ineptas especulaciones. Y hemos comprendido varias cosas: que cada tipo
racial propone su propio ideal de belleza; que las razas puras, con sus modelos
de belleza, no son más que curiosidades geográficas; que los crecientes
mulatajes y mestizajes de todos los pueblos hacen de la belleza algo mucho más
amplio, diverso y cambiante; y que la belleza misma, con todo su poder sobre la
cultura, debe estar subordinada a la ética y no puede exaltarse como un valor
absoluto y autónomo. Creo que hoy podemos afirmar que todo culto por la belleza
física lleva en sí como unas gotas de los más peligrosos fascismos.
Y es justamente así como la
publicidad utiliza la belleza para sus fines. Los rostros y los cuerpos que nos
ofrece son anzuelos. Cuando creemos morder la brillante sardina, comprendemos
que no era más que la máscara del garfio puntiagudo y otra vez hemos caído en
la trampa.
Novalis afirmó que “en ausencia
de Dioses reinan los fantasmas”. En ninguna época de la historia humana hubo
tal vez tantos fantasmas como en esta sociedad industrial empapelada de íconos,
cuyas multitudes pasan los días oyendo voces de vivos y de muertos que son en
realidad surcos de acetato y bandas magnetofónicas, deseando seres vivos y
muertos que son en realidad manchas de tinta incapaces de satisfacer los deseos
que suscitan, viendo vivir a seres vivos y muertos que son en realidad rayos de
luz. Lo peor es que cada vez nos miramos menos los unos a los otros porque esos
cubos de cristal vertiginosos de imágenes son más interesantes y a la vez no
exigen de nosotros más que docilidad y pasividad. Los libros le hacían
exigencias a nuestra imaginación, estaban hechos para seres creadores: las
artes de la técnica contemporánea sólo saturan y pasman. Por eso puede irrumpir
en ellas a cada minuto el fantasma bellísimo, la serpiente del gran capital con
la jugosa manzana en la boca, algo que ningún lector de libros soportaría y que
todos entenderíamos como una enloquecedora agresión.
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