sábado, 2 de noviembre de 2019


Rincón Bellaco

Rafael Ángel Salazar Arango [Fragmento] 1999


«…El sol radiante en el cénit, esparcía sus rayos sobre la vereda Rincón Bellaco, anunciando un nuevo día. En las copas de los frondosos árboles se escuchaba el trinar de los pájaros que airosos saludaban cubriendo el espacio sideral, con el policromo colorido de sus aleteos. El paisaje verde de los árboles que rodean la casa de la familia de Matilde que quizás por primera vez, dejaba las cobijas tan temprano, su rostro mostraba la alegría al contemplar este nuevo amanecer, su alma rebosada de fantásticas ilusiones, vagas e intrincadas ideas, no sabía con certeza, cómo definir su estado de ánimo. Con la mirada fija en lontananza, infructuosamente trataba de encasillar sus pensamientos en algo que le definiese su inesperado cambio de actitud. Como un estampido en su sentir, recordó con fuerza, con anhelos de indefinida alegría, que hoy por primera vez, tendría la oportunidad, de estar al lado de Héctor en su propia casa, sin sobresaltos. Indescriptible su confusión, impulsada por su voluptuosidad, se internó en casa y cogiendo la escoba, se dispuso a barrer el solar sombreado por los frondosos árboles que altivos, daban majestuosidad al pequeño rancho de paja, hogar tierno y humilde, nido donde estaba forjándose la más apasionada y vehemente historia de amor. Diferentes en forma y tamaño se levantan los chirimoyos, los aguacates, los granados, los naranjos y limoneros, Dejando ver sus frutos que a veces los agobian al igual que los plátanos con sus anchas y verdes hojas hacen más fresco el solar. Tarareaba diferentes canciones al unísono con graciosos y ágiles movimientos impulsaba la escoba, imaginando que era Héctor que la acompañaba al ritmo de las canciones. Seguidamente se fue hasta el aljibe, extrajo agua, dispersándola sobre las diferentes matas del jardín que rodea la casa y con sus aromas y movimientos, bajo el ímpetu de la tenue brisa mañanera; hermosos gladiolos, claveles rojos y blancos, como también las copetonas dalias con sus pétalos de diverso colorido, bajo el peso de la flor, graciosas se agachan al paso de Matilde que como un hada madrina, las contempla y dialoga con ellas pronunciándoles los más mimosos y tiernos piropos, los rosales mostraban grandes flores con sus abiertos pétalos de diferente color, rosados, rojo carmesí, blancas y amarillas al igual que sus botones danzan graciosas (…) Matilde una vez terminó con el jardín, se dispuso a barrer las dos piezas y la parte donde cuatro taburetes, alrededor de una carcomida mesa de indefinido color, servía de comedor para todos. Con ahínco comenzó a organizar los catres que en tiempo lejano fueron de color caoba, el paso de los años y el comején había deteriorado tanto su madera y originario color. Imbuida por su humildad y fe, éste día con más amor, cuidado y delicadeza, limpió la imagen de la virgen del Perpetuo Socorro que estaba colgada en la pared cerca a su catre, con igual mística y ternura procedió a limpiar fervorosamente un crucifijo de bronce, que cuál rey celestial en casa, permanece adornado por frescas, lozanas y vistosas flores del jardín que cómo es costumbre en doña Carlina organiza todos los días. Transcurre la mañana en el silencio propio del campo, sólo a lo lejos el canto agudo de un gallo se escucha, que orondo se pasea con peculiar coqueteo a las ingenuas gallinas que distraídas se entretienen escarbando el suelo en busca de bichos o pequeñas piedrecillas, que colaboran con la digestión en su buche, que lleno de maíz, sacia su hambre más no su instinto de escarbar.

Las horas de la mañana han transcurrido más de prisa como nunca antes, al llegar el mediodía, un poco exhausta por el ajetreo poco acostumbrado, fue hasta su catre, se tendió sobre él, con los pies apoyados en la pared y fijó su mirada en el pajar del techo. Su mente divaga en la incertidumbre de saber cómo será su primer encuentro con él, quererlo es su propósito, cruzándose inesperadamente un pensamiento quizás para ella no ansiado ni esperado que la confunde. ¿Y si al pasar de los días, ella se enamora a tal extremo que le presione abandonar su hogar y sus taitas y Salustio? ¿Qué será de ellos? ¿Será tan inmenso el amor que me obligue a tomar tan cruel decisión? No, eso ni pensarlo… furtivas lágrimas empañaron el cristal de sus ojos, deslizándose por el color canela de sus mejillas, lentamente, tanta cavilación le indujo al sueño, cerrando sus ojos momentáneamente ya que el temor de quedarse profundamente dormida, imagina que de un momento a otro llegase a él, y la encuentre mal presentada y tan poco apropiada como para recibirle visita, a la persona que atraía toda su atención y pensamientos. Su inquietud profunda e incierta de cómo vestirse, para presentarse de manera que impresionara y guardara como recuerdo perdurable de su primer encuentro que marcaría el sendero donde a su vera sólo fuese resaltada la armonía y felicidad de ambos. De ipso facto alentada por fuerte ilusión, saltó de su catre imbuida por el afán de verlo cuanto antes. Saltó de la cama, cual liebre perseguida, alejó de su mente los infundados presentimientos y confusos pensamientos, que en el momento anterior le habían robado su calma. Avivó sus ensueños e invitó a su hermano para que le acompañase a la quebrada donde disfrutaría de las cristalinas y perezosas aguas de la angosta quebrada, en mayor parte descubierta de sombrío, ya que los pequeños arbustos y plantas silvestres era poco el apoyo que le daban a que en años pasados gozara de caudaloso lecho, la acción inclemente y devastadora del hombre había determinado su actual estado de sequedad. Salustio y Matilde entusiasmados y con el respectivo permiso de su madre, iniciaron su viaje hacia la quebrada, observando en el cielo cómo las aves ágiles extienden sus alas con intrépidos, aerodinámicos, graciosos y elegantes movimientos, surcando los aires.  Semejantes movimientos dieron a sus cuerpos los hermanos, motivados por la alegría que brinda el baño, porque el momento lo transformaron en un repentino paseo, al acercarse observaron cómo las orillas ya estaban colmadas de los pobladores de la vereda, unos por bañarse y otras por lavar la ropa, las mujeres en su mayoría de color. Este diario trajín del lavado, no es desapercibido por los polligallos y uno que otro viejo verde como suelen gritarles a diario las mujeres a aquellos que se deleitan y estimulan sus instintos sexuales al contemplar con deliberado goce, el continuo movimiento de las protuberantes y exclusivas formas de las nalgas de la raza negra, que al mover sus fuertes y brillantes brazos y piernas para restregar la ropa, despiertan libidinosos pensamientos y apetitos mórbidos. Matilde, presurosa se despojó de su ropa y con timidez se lanzó a las cristalinas aguas, que debido a la fuerte temperatura reinante, incitaban a su goce, Salustio un poco indeciso se sentó bajo unas pequeñas plantas silvestres y una que otra cañabrava que aún se conserva. Matilde instó a su hermano para que le acompañase, al principio se mostró renuente, el sofocante calor que cundía el ambiente, lo motivó y sin preámbulos se zambulló. Ella debido a su proeza y poco uso en su medio vestido de baño, ya que era una prenda para clases privilegiadas, usa su camisola, fue precavida al colocarse el corpiño nuevo, que le había comprado su taita al igual que calzones, con ello quiere obviar los comentarios de sus vecinas, atraídas por la crítica de cerciorarse, qué calidad de ropa interior usa, ya que para muchas su belleza despierta envidia y disociadores comentarios. A la vez Salustio llevó unos calzoncillos de repuesto, para cambiarse después del baño, en medio de los matorrales que bordean la quebrada. Este día sin presagiar le resultó aciago a Matilde, porque hoy está más colmado de curiosos las orillas de la quebrada, ella alcanza a distinguir a poca distancia a Diomedes, Isaías, y Ananías, conocidos por ella como también por Héctor. Por momentos se sintió indecisa de continuar bañándose, contundente su conturbación, casi aniquila su anhelado baño. Pudo más la fuerza interior surgida del ansia de que Héctor la encontrase diferente, fresca y lozana. Sin titubear se lanzó a las refrescantes aguas, a la vez que le insistía a su hermano de la necesidad que permaneciera cerca de ella. Matilde de soslayo se encontraba con socarronas miradas tanto de los que merodeaban como los transeúntes que atisbaban sus ágiles y atractivos movimientos en el agua, su camisola por el peso del agua y la presión que lleva la misma se adhería más al cuerpo, mostrando con mayor lujuria su tentador busto, sus hermosas piernas y sensuales formas. Se sintió desnuda por las atrevidas e indiscretas miradas, fingió hacer caso omiso, sumergiéndose más en la profundidad, disfrutó plácidamente su baño hasta el comienzo del atardecer. De regreso a casa, continuaban los curiosos observando sus formas del juvenil cuerpo. Ella no se explicaba el por qué de las miradas y la inexplicable turbación e inseguridad, en su ingenuidad y pudor, nacidas de sus buenas costumbres, no se daba respuesta a sus temerosos presentimientos de entrar a la pubertad, edad donde empieza a manifestarse la atracción de los sexos y el instinto hace que se busquen para formar pareja. Ella ajena a todas estas realidades, terminó dándole poca importancia a lo sucedido.

Al llegar a casa, presurosa le pidió a su mamá por favor le sirviera la comida ya que el apetito y ansia de engalanarse lo más rápido que pudiera, la apresuran ya que la incógnita de saber en qué momento llegará él, la cundía de nerviosismo. Esta tarde sus sentidos están más expectantes que nunca, y profusas miradas dirige a la puerta, el más mínimo ruido, lo asemejaba con el de un motor de carro, la hacía estremecer. Esta tarde saboreó con mayor deleite la comida servida por su mamá, nuevamente sus pensamientos se truncaban en un sinfín de confusiones, que la alejaban con mayor profundidad de definir su ego, todo se conjuraba esta tarde, su inocencia, su moral, su buena crianza, no le daban credibilidad a este inesperado despertar a la vida…»

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Rafael Ángel Salazar Arango, nació en La Victoria (Valle) el 23 de julio de 1934.
Inició su carrera de escribir como corresponsal de los diarios El País y Occidente de Cali.
En 1965 escribió su primer libro, «Sombras del Recuerdo», siguiendo con «El Sueño del Albañil», en 1967; «Fuego en El Alma», en 1972; «Rincón Bellaco», en 1995 y «Las Gemelas y El Sismo» en 1999, de los cuales, sólo este ejemplar, «Rincón Bellaco», que sostiene en sus manos, es el primero en publicarse.




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