sábado, 21 de marzo de 2015

La Metamorfosis Del Pecado
A La Luz De Un Corazón Roto


El hombre es en esencia bueno, original e irrepetible. Así se ve al menos desde el momento de su nacimiento. Pero a medida que va creciendo, su mente, su alma y su corazón se van cargando de un gran cúmulo de imágenes, sonidos, colores, olores y sabores, que de una forma u otra van modificando su original esencia. ¿Pero cómo entraron todas estas sensaciones a nuestra humanidad? Pues, a través de los sentidos. Los sentidos son como ventanas que nos permiten asomarnos a este mundo en el que vivimos.

Estando ya toda esta información en nuestro interior, esta se mezcla en nuestro cerebro y empezamos a formar nuestro pensamiento, nuestras ideas y nuestro intelecto. Cómo vemos y sentimos el mundo que nos rodea. Cómo vemos y sentimos el mundo que nos vio nacer. Qué esperamos de este mundo y de que forma nuestras acciones lo afectan.

Así, de esta forma sería fácil pensar que ya todo está dicho y hecho. Pero hay cosas que van más allá de nuestra percepción sensorial. Cosas que por más que nos esforcemos escapan a nuestra comprensión; el instinto de conservación, el deseo de amar y de odiar, el ánimo de proteger o de destruir, la voluntad inquebrantable de enfrentarse a las adversidades aún a sabiendas de que seremos abatidos, la certeza, la alegría, el temor, la duda, y un largo etcétera.

La naturaleza humana es bastante compleja e impredecible. Es una confusa maraña de ideas, emociones y sentimientos. El ser humano es capaz de cometer las más salvajes atrocidades, muchas veces en nombre de nobles ideales. Pero también es capaz de realizar las más grandes proezas y sacrificios, aún a costa de su propia integridad.

Grandes pensadores han dedicado parte de su vida a tratar de descifrar el complejo enigma que entraña la naturaleza humana. Lo han hecho a través de las distintas herramientas que proporciona el saber humano; la psicología, la filosofía, la antropología, la arqueología, el arte, la ciencia e incluso la política, entre otras. Capítulo aparte tendríamos que hablar de la religión, pero esta, al igual que las anteriores también es fruto del saber humano.

Si miramos el comportamiento de los primitivos pueblos de la tierra, este no distaba mucho de las demás criaturas de la creación; buscar alimento, tener pareja, procrear, protegerse del frío, defender su hogar, etc. Este comportamiento era comparable, por ejemplo, al de sociedades perfectamente organizadas, como las abejas, las hormigas y las termitas. Toman de la tierra lo estrictamente necesario para sobrevivir. ¿Nosotros los seres humanos por qué no somos así? Siempre queremos más de lo que tenemos y nunca nos saciamos.

Ahora bien, según el relato bíblico del Génesis, el pecado entró al mundo por culpa de la desobediencia de nuestros primeros padres. Ellos cayeron en desgracia ante los ojos de Dios, por no haber obedecido su mandato de no comer la manzana prohibida, fueron tentados por las viles insinuaciones del Diablo. ¿Pero cómo fue esto posible? ¿Acaso la vanidad ya venía en el diseño original del Ser Humano? ¿De qué otra forma se explica que este aciago suceso de la tragedia humana se llevara a cabo? No olvidemos que la condición humana, desde el comienzo, era exactamente igual a la de las demás criaturas de la creación; caminaban desnudos en el Paraíso y no se avergonzaban de ello.

San Agustín, uno de los más grandes padres de la Iglesia Católica y notable pensador, se ocupó en profundidad del tema del pecado desde su experiencia personal en su más famosa obra que es “Confesiones”. En ella cuenta como fue su doloroso proceso de conversión al cristianismo, pasando por otros credos como el maniqueísmo y el neoplatonismo. Para San Agustín, el pecado es como una tremenda fuerza negativa que nos marca y nos arrastra en una turbia vorágine de deseos insanos. La concupiscencia de la carne, era para el ese apetito desaforado por el placer carnal, que lo apartaba dramáticamente de su camino hacia Dios.

Es oportuno decir que el sexo ilícito es una de las armas más formidables del Protervo para confundir, subyugar y bestializar a la humanidad. Ahí tenemos por ejemplo el caso de San Antonio Abad, que se retiró a una vida ascética de oración y ayuno, buscando alejarse de las tentaciones terrenales para poder acercarse a Dios. Pero el Inicuo buscó romper su concentración espiritual enviándole sensuales, tentadoras y hermosas mujeres desnudas, propósito en el que fracasó.

Si analizamos detenidamente ese primer acto de la tragedia humana en que nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, este tiene una muy fuerte simbología: la manzana prohibida podría ser el sexo no para procrear, sino el sexo como vehículo para exacerbar los más bajos instintos. Tal vez esto fue lo que empezó a atormentar el alma de San Agustín en la madurez de su vida, después de haber saciado con abundancia su cuerpo con las mieles del amor carnal. Tanto que hasta tuvo un hijo con la mujer que era su concubina, ya que su relación no era formal. San Agustín en su obra “Confesiones”, habla de su hijo Adeodato, que en latín significa “regalo de Dios”. Pero, de la mujer con la que convivió en un espacio de quince años, la madre de Adeodato, el omite su nombre. Esta relación se convirtió para el en algo vergonzante y pecaminoso.

El relato que se ha hecho de la fascinante vida de San Agustín, nos cuenta que Santa Mónica, su madre, tuvo mucho que ver con su conversión, y para ser justos, digamos que en parte esto es bastante cierto. Pero también es cierto que San Agustín en la medianía de su vida, tuvo una fuerte crisis de fe, cuando se dio cuenta que el había estado demasiado tiempo dedicado a la vida secular, que la muerte lo podría sorprender en cualquier momento y que su alma se podría perder en el abismo irremisiblemente y para siempre. Es entonces cuando, con su corazón temeroso y lleno de dudas, se produce la iluminación; estando en meditación un buen día en el jardín de su casa, oyó una voz, como la de un niño, que le decía: «¡Tolle, lege!» (“¡Toma y lee!”), tomó La Biblia que tenía a su lado, la abrió al azar y leyó un pasaje de la Epístola de San Pablo a los Romanos, que rezaba así: «Andemos con decencia y honestidad como se suele andar durante el día: no en comilonas, y borracheras, no en deshonestidades, y disoluciones, no en contiendas, y envidias: mas revestíos de nuestro señor Jesu-Christo, y no busquéis cómo contentar los antojos de vuestra sensualidad. [Rom. XIII, 13-14]» (“Confesiones”; Libro VIII, cap. XII). Es a partir de ese momento que se separa de su concubina y se lleva consigo a su hijo. Esa concubina, que lo amaba, ahora sabemos que se llamaba Floria Emilia.

Floria Emilia escribió una extensa carta dirigida a San Agustín, que ha llegado hasta nuestros días como un hermoso manuscrito titulado «Vita Brevis» (que en latín significa “La vida es breve”). Este texto es considerado como la respuesta de Floria Emilia a “Confesiones”, el libro escrito por San Agustín. En esta carta, Floria Emilia, desde su muy personal visión femenina, le reclama a Aurelio Agustín por haberla abandonado y haberla separado de su hijo. Le reclama a Mónica, la madre de San Agustín, por apartarla de Aurelio Agustín. Le reclama a Dios por arrebatarle al hombre que ella amaba, tan es así que ella hizo votos de no volver a conocer otro hombre y también manifiesta claramente el temor de que lleguen tiempos en los que las mujeres sean asesinadas por hombres de la iglesia de Roma, no solo por ser mujeres sino porque sean consideradas fuente de tentación y lujuria, sabiendo que las mujeres poseen también el don de la maternidad, y sin ese don, con toda seguridad la humanidad no existiría.

Tengamos en cuenta que los protagonistas de este drama, vivieron en una época turbulenta; la Edad Media. Esta fue una época especialmente difícil para la humanidad, ya que estuvo fuertemente marcada por la superstición y la superchería. Se creía que la tierra era plana y que la Tierra era el centro del universo; la Teoría Geocéntrica. En la vieja y rancia Europa, se vivía un ambiente constante de temor a plagas y enfermedades sin cura. La instrucción era solo para gente privilegiada y los que podrían ser considerados privilegiados, como San Agustín en este caso, estaban sometidos a una gran presión social por mantener su estatus. Las disensiones de orden teológico, filosófico y científico, contra los grandes dogmas de fe de la Iglesia Católica, muchas veces eran perseguidas como herejías, apostasía y magia por la Inquisición. En términos generales digamos que la vieja Europa estaba atrapada en sus propios miedos, tanto así que ni siquiera conocían la existencia de un mundo más allá de sus fronteras, hasta que Cristóbal Colón descubrió un Nuevo Continente.

Tanto Aurelio Agustín como Floria Emilia tuvieron que vivir en este mundo y enfrentarse a todo esto. Cada uno tuvo que lidiar con sus propios fantasmas, pero tal parece que Floria Emilia se llevó la peor parte. San Agustín, después de sortear grandes dificultades de tipo espiritual, por fin alcanzó la iluminación y también obtuvo la compañía de su hijo Adeodato. Floria Emilia por su parte, se vio separada de Aurelio Agustín y también del hijo que había tenido con el. En «Vita Brevis» la carta que ella le envió a Aurelio Agustín, se ve reflejada esta pérdida y la inmensa tristeza, soledad y rabia que la embargan.

Se ha dicho que la relación de San Agustín con su madre era edípica, pero esta es una muy pobre lectura, porque si esto fuera cierto, el se habría convertido al Cristianismo en los primeros años de su vida y no en su edad madura, después de haber vivido en amancebamiento con una mujer que ni siquiera era de su mismo estatus social. Este es entre otros, uno de los más fuertes reclamos que Floria Emilia le hace a Aurelio Agustín; si su relación era pecaminosa ¿Por qué vivieron sin casarse por más de doce años y hasta tuvieron un hijo?

Floria Emilia también le reclama a Mónica, porque sentía que de alguna forma la indisponía contra ella: «Muchas veces me he preguntado si en el fondo no fue tu propia madre la que te robó la voluntad de amar a una mujer. El que me amaras ¿no fue la razón por la que Mónica se negaba a vivir en la misma casa y a comer en la misma mesa que tú?» (“Vita Brevis”; cap. IV).

Para concluir. Hoy en día, se podría decir que el pecado ha ganado estatus. Del mundo que les tocó vivir a Aurelio Agustín y Floria Emilia, solo quedan unos cuantos vestigios. El pecado hoy por hoy se disfraza de glamour, no es sino ver toda la parafernalia que se despliega en los reinados de belleza, en el mundo de la moda y en la pornografía. El sexo vende, es rentable. Mientras esto pasa la promiscuidad se ve por doquier y hasta muchas aberraciones son socialmente aceptadas. Muchas veces los llamados a corregir estas acciones, las cohonestan sin el más mínimo asomo de pudor o recato.

El mundo de hoy en día plantea y exige nuevos retos; para servir a Dios no es estrictamente necesario convertirse a la vida religiosa. Se puede servir a Dios, armados de una fe inquebrantable, en cualquier ámbito que nos encontremos, o en cualquier rol que estemos desempeñando en este mundo. Se puede servir a Dios como hijo, como padre, como hermano, como amigo, como vecino, como compañero de trabajo, como artista, etc. Las tentaciones y amenazas son muchas y de diverso orden; hay una guerra espiritual no solo en nuestro interior, sino también allá afuera. Esto siempre ha sido así y ahora con mucha más furia.


Velcardo Rock
La Victoria (V),
Sábado, 7 de Abril de 2012.

1 comentario: