jueves, 26 de marzo de 2015

Exhortación A Los Poetas

Rafael Sánchez Mazas



¿Os acordáis, amigos míos, de lo que nos dice San Pablo: «Vemos todas las cosas en espejo y por enigmas»? Vemos todas las cosas en nosotros mismos y todas las cosas en Dios. Así la poesía no es más que un juego –porque los juegos son lo verdaderamente necesario- entre el espejo humano y el enigma divino. Sus mejores prodigios son los que han logrado encerrar –circunscribir, como Miguel Ángel diría-, captar la intención o la inspiración misteriosa, en una forma cristalina. Se verifica entonces el peregrino hallazgo: la invención, la aclaración poética. Se dijo bien: dolce stil nuovo. Se dijo bien trouver, hallar, por trovar, ya que la poesía tiene siempre algo de hallazgo, y el hallazgo, de novedad y de frescura.

Mientras la poesía falsa –según la distinción de Galileo- ofrece láminas de herbario, la verdadera trae rosas frescas cubiertas de rocío. La fragancia de la sorpresa parece indispensable a su cifrada sencillez. Ni la más rigurosa servidumbre a figuras antiguas y estrictas de composición pone trabas a la novedad esencial; antes bien, la fija, aclara y ennoblece. Baste recordar a qué efectos nunca oídos de innovación y gracia llega el soneto de Mallarmé: «Reformaos –explica el apóstol- en la novedad de vuestra mente.»

La buena poesía es siempre nueva y antiquísima como el amor. Hasta su fin último posible, su escala luminosa, nos hará ir –con las palabras del mismo apóstol- «de claridad en claridad, reflejando como un espejo la gloria de Dios». Pues ¿qué dice Calixto enamorado cuando ve aparecer a Melibea? «En esto veo, Melibea –dice-, la magnificencia de Dios.» ¿Qué se pudo decir de Helena, de Beatriz, de Laura, sino que eran divinas y que no parecían mortales? Lo primero que dice el último enamorado de arrabal es como lo último que dicen los primeros maestros de la poesía. Esta es una prueba de la cristiandad esencial de lo poético, cuando aquí también los últimos acaban por ser los primeros. La poesía se reduce a llamar divinas a las cosas, a buscarles, queriendo, o sin querer, su destello de divinidad, su partícula celeste, su razón inexplicable de amor, su naturaleza en el espejo encantado, en aquel espejo de la gracia, que llevamos nosotros mismos. Así, en este sentido esencial no hay más que poesía religiosa. Ni tampoco hay más que universalidad religiosa. Por eso, la poesía solamente puede y debe hacer claras y universales las oscuras palabras de la tribu. Queriendo o sin querer, la lírica se subordina siempre a una mística, y hasta se confunde con ella cuando toca los últimos grados de su perfección. De una suprema fuente dimanan, por modo más o menos recóndito y abstruso, todas las corrientes inspiradas e inspiradoras, aunque no se sepa fácilmente de dónde vienen ni adónde van, mientras oímos su sonido, «porque esto sucede –dice San Juan- a todo lo que nace del espíritu». Solamente por virtud religiosa se transfigura nuestra total actitud contemplativa: desde el orden cósmico, hasta la idea del amor humano o del cerco nativo. El milagro poético se produce en el centro del ser de las cosas, y la poesía vive de milagro. A cada momento necesita, como en la bodas de Caná, que las cosas usuales y corrientes, como el agua, se le conviertan en embriagadoras. Lo milagroso no es sino la corriente en poesía.

Así, toda voluntad seria de renovar una vida poética –mucho más si se trata de una vida poética común- está condicionada por una voluntad más o menos latente y resuelta de renovación religiosa. Lo demás son Arcadias tardías, casi siempre sin Rambouillet.

En nuestra poesía moderna, desde Shelley, desde Leopardi, desde Baudelaire y Verlaine, hasta los más diversos de hoy, hasta Claudel y Stefan Georges o Miguel de Unamuno, la nota más profunda y decisiva está en su estremecimiento religioso. Uno de nuestros mejores hermanos contemporáneos, Rainer María Rilke, se hizo poeta eremita. Pero nosotros, para no ir a la isla desierta ni renunciar a la isla irreducible, que es toda conciencia de poeta, queremos formar un archipiélago.

Ningún hecho esencial de la Historia se ha explicado ni se ha movido nunca por la mera razón, sino en pro o en contra de la fe sobrenatural, o sea de la religión, con su natural compañía de poesía y heroísmo. Omnia religione moventur, decía Cicerón, y de San Pablo a Juan Bautista Vico, pasando por Bossuet, no hallaréis nunca otra explicación satisfactoria. Y Goethe o dirá maravillosamente lo mismo, y aun Husserl, si de ello o pagáis.

En las grandes crisis de la patria o del mundo, sólo el poeta, el santo, el héroe pueden lo que el político no puede. Esto quiere decir, con los ejemplos del valor y del sacrificio, retorno de palabras vivas, inagotables y radiantes, pero no en vanas apariencias de versificadores peritos y rezadores rutinarios, que son a veces mercaderes del templo de las Musas y del Templo de Dios.

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