viernes, 16 de noviembre de 2018


Helcías Martán Góngora
(1920-1984)


Poeta caucano (Guapi, febrero 27 de 1920 - Cali, abril 16 de 1984). Helcías Martán Góngora creció en el hogar formado por don Helcías Martán Arroyo y doña Enriqueta Góngora de Martán. El poeta caucano, conocido como el "Poeta del mar", decía: «Nací a ocho kilómetros de la desembocadura del río Guapi, en el mar del sur. La población negra me infundió, conjuntamente con el ritmo de las mareas, el sentido de la justicia social. De allí que mis poemas no puedan renunciar al acompañamiento táctico de marimba y tambor y que pregone en otros, el pregón del esclavo de ayer y de hoy».

«Evangelios Del Hombre y Del Paisaje»
[Fragmento]



Noche mía.

Escultura viviente de mármol negro. “Torre de ébano”, levantada por la mano del artista divino. Recta caña de bambú trasplantada del África remota a la sensual y acariciante América. Mujer: canción de cuna. Tibio poema de pasión.

Costeñita morena y pecadora, como Cam, el padre de tu estirpe.

Noche mía, ardiente como el trópico en que vives.

Tu cuerpo tiene el vaivén de las ondas marinas, y como el mar que representas, posees profundidades insondables, borrascas interiores y momentos de calma.
Eres como una antena milagrosa: captas las palpitaciones de los cosmos estelares y las devuelves a los hombres en el albo torrente de tu voz, creada para dormir serpientes.

Hay en tus ojos la extraña fosforescencia de los crepúsculos marinos y cuando miras causas miedo al hombre que extático te contempla.

Son tus piernas dos remos poderosos con los que fácilmente ganarías más de una carrera de velocidad, en un torneo olímpico.

Y tus brazos redondos y musculados, las aspas de un molino, con los que bien pudieras ahogar al hombre blanco que te admira, y que sin embargo te sirven para prodigarle caricias y agasajos.

Es tu ser un filón inexplotado de poesía, de donde nacen todas las canciones del recóndito litoral de Balboa.

Tu cuerpo fue amasado con arcilla negra, en un momento de oscuridad y de misterio, cuando, lejos, el bombo, el cununo, el guasá y la marimba, tocaban el currulao, la fuga o el bunde, que tú bailas tan bella y emocionadamente, ahora.

La leche que mane de tus senos cuando seas madre, armonizará con tus dientes blancos y perfectos.

Noche mía, poema tibio de pasión, tú eres la Costa toda, y ella sin ti no sería más que un desierto sitiado por el mar.

***

Cuando tus ojos iluminaron, abrió sus pétalos el crepúsculo. Como dos lámparas de oro, así fulgían tus ojos en el atardecer. Y yo te dije: Niña, han congregado tus ojos las golondrinas y han hecho que los navíos sigan su ruta sin naufragios.

Cuando tus ojos me miraron, sentí sobre mi ser tu ternura inefable. Es tu ternura como el rocío en el cristal de las ventanas y en las hojas del trébol.

He asistido al prodigio de tu sonrisa. En ella he visto tu alma, como si fuera un ruiseñor. Por tu sonrisa las campanas alzaron su canción en el ángelus que hiere el firmamento con las agujas de sus torres.

Llama, incendio tus labios. Quiero ser de las brasas de tus besos. Ser carbón tuyo y ser de tu ceniza. Consumirme en su fuego, porque tus ósculos sólo fueron Para la frene materna y las frentes de los parvulillos. Sobre ellos se alzaban como columnas de fragancias, si era en el huerto al mediodía; como columna luminosa, si era en la noche.

Tu rostro tiene la dulcedumbre de hermanos que se encuentran después de muchos años.

Como la vara del Profeta, como la estela de las naos, así es tu cuerpo. Como rayo de sol y como y como tallo de azucena, tu grácil cuerpo. Para escuchar su música el mar detuvo el movimiento de sus olas, los peces la gestación de sus escamas. La brisa se hizo menos que si fuera la sombra de un rumor.

Toda la arquitectura de tu cuerpo es obra del Señor. Del Señor que le dio curvas de manzana y deleitoso olor.

Tus brazos, yacentes en la arena, son dos ríos inmóviles. Tus brazos y tus manos hacen florecer la arena.

Yo te alzaré sobre mi corazón, como una estatua. Mi corazón será tu pedestal. Que estoy muerto de amor por tus amores, pero vivo al dolor.

Sobre la tierra firme que besa el ronco mar, levantaremos nuestras tiendas nómades, hechas de blancas lonas. Contra ellas se quebrará la lluvia y la luz de los astros descendida. El viento las confundirá con las velas de un barco.

Ella: Espera, extraño. Calla. No quieras escalar la torre altiva de mi silencio, que hace abrir sus pétalos al crepúsculo.

***

En este mar sin islas está mi corazón, velero loco. Capitán de mí mismo he puesto rumbo al norte. Para mis ojos sólo mar y cielo. Cielo y mar.

Y pienso en ella, de clavel y de nardo, con sus miradas largamente dulces. Pienso en su isla de cristal, donde sus dedos, urdirán nerviosos: linos de olvidos, túnicas de olvidos.

Tiene su isla forma de puñal o de lanza. Forma de jabalina frente al estadio azul del mar que la circunda. Con sus mansiones blancas y sus frutales huertos, un barco a la bolina se diría.

Alzase en ella, como un mástil o un fino campanario. Sus manos del adiós se agitaban como veletas, y un viento Sur infló mis lonas náuticas. Mas, este adiós me duele aún sobre la piel. Yo quise grabarlo en un pañuelo, y nada! Grabarlo quise sobre el torso del pecho, con un tatuaje de banderas y anclas.

Pero izadas las velas, me perdí mar adentro, yo que soñé que a mí se enredaría, como el mar de las islas.

Pido el don de las lágrimas. Mi llanto se hizo arista y guijarro en la honda del verso, que no podré arrojar. Si pudiera volar sobre una lágrima, como sobre el ala de un pájaro gigante!

Toda mi sangre es un rumor de olas. Capitán de mí mismo, he puesto rumbo al Norte.

***

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